Выбрать главу

– Eres como un niño que cree que puede librarse del examen por el procedimiento de distraer a su profesora -declaró ella-, pero te advierto que no va a funcionar. Haremos esos ejercicios te guste o no.

Damián sonrió.

– Está bien, mujer dura… Enséñame lo que quieras.

Sara se sintió muy aliviada. No sabía cómo habría reaccionado si él hubiera insistido en su ejercicio de seducción, pero fuera como fuera, Damián necesitaba ayuda y estaba dispuesta a dársela.

Estuvieron trabajando un buen rato y el príncipe se mostró muy comunicativo y decidido a trabajar. Pero a pesar de ello, Sara se encontraba exhausta al final de la sesión.

En determinado momento, se detuvo y lo miró.

Aquello estaba resultando mucho más difícil de lo que había esperado y seguía sin saber por qué. Había solucionado muchas situaciones bastante más complicadas.

Y sin embargo, aquella se le resistía.

De haberse tratado de cualquier otra persona, ya habría encontrado la forma de acceder a su corazón y de convencerla para que se entregara a la terapia en cuerpo y alma. Pero con Damián, se sentía insegura.

Sara sabía que se estaba engañando. Por muchas veces que se repitiera aquellos argumentos, por mucho que insistiera en decirse que no sabía lo que estaba pasando, lo sabía perfectamente. Se sentía atraída por él. Ya no podía negarlo. Podía hacerse todos los votos y todas las promesas que quisiera, pero ni siquiera podía prever lo que podía suceder al segundo siguiente si se acercaba demasiado.

La pregunta del millón, entonces, era si debía admitir su derrota y salir corriendo.

Capítulo Siete

– ¿A qué viene esa cara? -preguntó Damián.

Sara dudó. Se había prometido que iba a ser sincera con él y había llegado el momento de demostrarlo.

– Intentaba decidir si me quedo o si me marcho y busco a otra persona para que te ayude.

– ¿Cómo? -Preguntó él, arqueando una ceja-. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué quieres marcharte?

– Porque creo que nuestra conexión no se ha establecido… en los términos que había imaginado -confesó-. Y pienso que tal vez fuera mejor que te dejara en manos de otro profesional.

– Piensa lo que quieras, pero nunca llegaríamos a saberlo porque no aceptaría estar con ninguna otra persona. Eres tú o nadie.

Ella se mordió el labio inferior. -No estás siendo muy razonable.

– Tal vez no, pero te digo la verdad.

– Si al principio no querías que me quedara…

– No quería. Pero he cambiado de opinión.

Sara carraspeó y comenzó a recoger sus papeles con nerviosismo.

– Bueno, supongo que el transmisor llegará esta tarde y que podremos empezar con él.

– Espero que sí. Hasta ahora, todo va muy bien. Y cuento contigo para salir de esta pesadilla.

Ella asintió.

– De acuerdo. Sin embargo, debes saber que cuando haya terminado de enseñarte lo que sé, tendré que marcharme y dejarte en manos de otro terapeuta.

El rostro de Damián se oscureció.

– Acabo de decirte que no quiero a nadie más.

– Damián, tienes que comprenderlo, por favor. Yo no me dedico a las terapias de largo plazo. Mi trabajo consiste en establecer una rutina, desarrollar un plan de trabajo, y dejar al paciente con un profesional que pueda hacerse cargo de él en el día a día de la recuperación.

– Pero te quedarás hasta después del baile, ¿verdad?

Damián no habló con tono de pregunta, sino de orden.

– Haré lo posible por ayudarte durante la gala -respondió ella-. Sé que esa fiesta de compromiso es muy importante para ti.

Sara lamentó haber pronunciado aquellas palabras en voz alta. Ahora había dejado bien claro que su compromiso matrimonial no la hacía precisamente feliz.

– No tengo más remedio que casarme. Me queda poco para cumplir los treinta y es una obligación familiar.

– Haces que suene muy romántico -se burló.

Por el gesto de extrañeza de Damián, Sara supo que el príncipe no podía creer que fuera tan ingenua.

– Esto no tiene nada que ver con el romanticismo. Es una cuestión de dinero.

– ¿Qué? Me temo que no te comprendo…

– Es un acuerdo económico, nada más. Cuando nos casemos, ella seguirá con su vida y yo seguiré con la mía. Apenas nos conocemos el uno al otro, Sara… De hecho, a ti te conozco mejor que a Joannie Waingarten. Es un matrimonio organizado por abogados y financieros. Ella quiere mi título y yo necesito su dinero.

– ¿Su dinero?

Sara no salía de su asombro. Nunca habría imaginado que pudiera tener problemas económicos.

– ¿Para qué necesitas su dinero? Si no lo tienes, eres un joven inteligente y muy capaz que podría obtenerlo con cierta facilidad si se lo propusiera. Búscate un trabajo. Es algo que la gente suele hacer, ¿sabes?

Damián rió.

– Soy un príncipe, Sara. Yo no puedo trabajar, no me dejarían. Además, me pasaría la vida recibiendo ofertas sólo por mi título y mi posición social. Sería un franco abuso de poder.

Sara se dijo que en ese punto tenía razón. Pero de todas formas, no entendía que tuviera que casarse para sobrevivir.

– Entonces, crea tu propio negocio y gana una fortuna.

Damián volvió a reír. Le encantaba aquella mujer.

– Tienes una forma muy divertida de ver el mundo, Sara.

– Yo diría que soy sencillamente práctica, nada más.

– No. Yo soy tan práctico como cualquiera, créeme. Pero tengo la impresión de que no has entendido para qué necesito el dinero de Joannie. No es para mí, sino para mi país y para financiar nuestra vuelta al trono -le explicó con calma-. Establecer un nuevo gobierno va a costar una pequeña fortuna. Y como futuro ministro de Economía, debo encargarme de que el Estado disponga de fondos para funcionar, porque actualmente se encuentra en una situación bastante problemática.

– Comprendo lo que dices y respeto tu sentido de la responsabilidad, pero eres demasiado joven para ser ministro.

– Todos somos jóvenes en mi país. Los viejos se cansaron de la política y los políticos de edad media sufrieron tanto durante estos años que no es fácil que se comprometan. Así que el problema ha quedado en nuestras manos. En manos de Marco, Garth, Boris, Karina y yo mismo. Por no mencionar a unos cuantos más a los que todavía no has conocido.

Sara dejó volar su imaginación y casi pudo verlos regresando a su país, todos tan altos y regios.

Pero la conversación le recordó otra cosa.

– Ah, lo había olvidado… Me han dicho que tu primo Sheridan está aquí.

– ¿Sheridan?

La actitud de Damián cambió de inmediato. Ella no supo por qué, pero ahora parecía estar alerta, como preparado para entrar en acción.

– ¿Lo has visto?

– No. El duque me dijo que había llegado ayer por la noche, nada más.

Damián se quedó pensativo durante unos segundos. Después, sacó su teléfono móvil y llamó al mayordomo de la casa.

– Kavian, ¿podrías decirme si lord Sheridan se encuentra en este momento en la casa? Ah, sí… comprendo… Gracias, Kavian.

Damián cortó la comunicación y añadió: Se ha marchado a Los Ángeles a ver a un abogado o algo así. Pero volverá hacia las dos, según me han dicho. ¿A qué hora piensas empezar nuestra sesión de la tarde? Sara dudó.

– Había pensado que a las dos, pero si tienes un compromiso…

– No, no, de ninguna manera. Ven a las dos en punto. Te estaré esperando -dijo-. Además, necesito que estés a mi lado cuando venga a verme. Necesito tus ojos, por así decirlo.

– ¿Mis ojos?

– No puedo usar los míos, así que necesito que alguien vea por mí. Necesito que lo vigiles con atención.

– No sé si te estoy comprendiendo…