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– Quiero que lo observes con detenimiento, que estudies sus reacciones en todo momento y que me hagas partícipe de tus conclusiones en cuanto se haya marchado.

Sara pensó que todo aquello era ridículo. No comprendía qué sentido podía tener la invitación de observar a un amigo suyo. Pero sospechó que aquel asunto ocultaba algo extraño, de modo que se limitó a preguntar:

– ¿De dónde te has sacado la idea de que tengo muy buena memoria?

Él arqueó una ceja.

– ¿Es que no la tienes?

– No.

– Pues desarróllala antes de las dos.

Ella se levantó, dispuesta a marcharse.

– Muy bien, señor. Como quiera, señor – se burló-. ¿Alguna otra orden, señor?

Damián rió.

– No. Sólo que no estés mucho tiempo lejos de mí. Sé que te echaré de menos.

Damián le había confesado que la echaría de menos.

Estaba tan contenta que tenía ganas de gritar y de bailar. El príncipe podía ser ciego, pero sabía perfectamente qué botones pulsar en el arte de la seducción. Por lo visto, tenía mucha práctica.

Sin embargo, Sara estaba sobre aviso y no tenía intención de caer en la trampa así como así. De manera que intentó olvidarse del asunto y decidió aprovechar el tiempo que faltaba hasta las dos para echarse una pequeña siesta.

Despertó una hora más tarde y durante unos segundos pudo recordar retazos del sueño erótico que había tenido. Pero lo olvidó rápidamente.

Se desperezó un poco y bajó por la escalera. La casa estaba muy silenciosa, como si todos se hubieran marchado. Y estaba a punto de echar un vistazo a la biblioteca cuando oyó un ruido a su derecha.

– Eh, Sara… Ven por aquí. Corre, date prisa…

El que hablaba en voz baja era el duque. Le indicó que la siguiera por un oscuro pasillo, cosa que ella hizo, y de repente se encontró a solas en mitad de ninguna parte.

Al ver que se abría una puerta, se estremeció.

– Ven por aquí, Sara. -OH, me has asustado…

– Lo siento, pero quiero enseñarte algo y preferiría que los criados no se enteraran – explicó con una dulce sonrisa-. Si nos oyeran, alguien podría contárselo a la duquesa y créeme… es mejor que mi esposa no sepa ciertas cosas. A veces parece un ogro.

Sara sonrió.

Unos segundos después, se encontró en una sala que parecía una combinación de laboratorio y biblioteca, con montones de libros y papeles desparramados por todas partes. En el suelo, junto a una de las paredes, había varias jaulas con ratones. Y sobre una mesa se veía un extraño líquido azul en unas probetas y un ordenador.

El duque se puso unas gafas, recogió un enorme libro y dijo:

– Veamos… Sí, aquí está. He descubierto que los Joplin procedéis de Jonathan Joplin, un europeo que vino a Estados Unidos en 1759 y que se estableció en Nueva Jersey. Pero lamentablemente, no he encontrado ninguna conexión con los músicos… Es una pena.

Sara lo miró con asombro. No podía creer que se hubiera molestado en investigar el pasado de su familia.

– ¿Cómo lo has descubierto tan deprisa?

El duque sonrió.

– Bueno, casi todo lo encontré en Internet. Después, comencé con la familia de tu madre, cuyo apellido, por lo visto, era Harkinora… Mira, todo está aquí si quieres verlo.

Sara se había quedado sin habla. Se inclinó sobre el libro y comenzó a leer con avidez sus páginas. Todos aquellos eran sus ancestros, personas con las que estaba relacionada de forma directa.

Emocionada, no pudo resistirse a la necesidad de expresarle su gratitud y se arrojó a sus brazos.

– OH, querida, no es necesario que hagas esto. No ha sido difícil, de verdad. De hecho, me divierten estas cosas. Se podría decir que he dedicado toda mi vida a la investigación de lo desconocido.

– Eres un hombre maravilloso, sean cuales sean tus motivaciones -acertó a decir ella-. Este es uno de los regalos más bellos que me han hecho en toda mi vida.

El duque la informó de que esperaba haber encontrado más información para la hora de cenar, y Sara se sintió tan feliz por todo aquello que no se molestó demasiado cuando, más tarde, comprobó que el transmisor seguía sin llegar.

La casa, que había permanecido muy tranquila durante un buen rato, se llenó súbitamente de gente. Sara estaba paseando por los jardines cuando se cruzó con el conde Boris, que se dirigía a la entrada en compañía de un joven pelirrojo.

– Hola -dijo el desconocido-. Supongo que tú debes de ser Sara… Yo me llamo Tom.

– ¿Qué es eso de tutear a la señorita Joplin, bellaco? -Protestó el conde-. Deberías mostrar más respeto.

– Lo siento -se excusó el joven.

– No te preocupes, puedes tutearme si quieres -dijo Sara-. Eres el ayudante del príncipe, ¿verdad?

– Sí, y es un trabajo muy bueno. No me necesita con frecuencia, y además, hay un montón de gente que viene a verlo… Hasta estrellas de cine -dijo, con un brillo de alegría en sus verdes ojos.

Sara sonrió.

– Tal vez podrías ayudarme con los métodos que debo enseñar al príncipe…

El chico se encogió de hombros.

– Si quieres… Llámame cuando me necesites e iré. En fin, encantado de conocerte. Ya nos veremos…

Tom se marchó y Sara se quedó a solas con Boris.

– Es increíble lo de estos jóvenes. Antes, los criados siempre nos hablaban de usted.

– Bueno, es posible que sus modales dejen algo que desear en vuestro mundo, pero ciertamente tiene una buena actitud. Y eso podría ser de gran ayuda.

Después de dejar al conde, Sara se dirigió a las habitaciones de Damián. Ya la estaba esperando, y aunque pareció algo decepcionado cuando supo que el transmisor seguía sin llegar, tampoco le dio demasiada importancia.

Estuvieron trabajando un buen rato con los sonidos y Sara pensó que cada vez aprendía más deprisa. Se concentraba totalmente en lo que hacía, aunque en varias ocasiones detuvo la clase para preguntarle la hora: al parecer, estaba preocupado por la visita de Sheridan.

A eso de las cuatro, terminaron la sesión.

– Es raro que tu primo no haya venido – observó ella.

– Ya vendrá.

– Dime una cosa… ¿Por qué estás tan interesado en la reacción que tenga al verte?

Damián se quedó pensativo durante unos momentos, como si no supiera si contarle algún secreto.

Por fin, dio un golpecito en el sofá donde estaba sentado, para que se acomodara con él, y dijo:

– Ven aquí y siéntate un momento. Tengo algo que contarte.

Sara se sentó y él la tomó de una mano, pero ella no protestó esta vez. Si estaba a punto de contarle algo importante, era normal que quisiera saber cuál era su reacción. Y como no podía verla, no tenía más remedio que tocarla.

En gran medida, era una excelente forma de recrear una conversación por medios físicos.

Damián estaba avanzando mucho. Y eso la alegraba.

– Te voy a contar algo sobre Sheridan, Sara. Su madre era hermana gemela de mi madre y los dos teníamos la misma edad. En algunos aspectos, se podría decir que para mí es más un hermano que un primo, incluso más que Marco y Garth -explicó el príncipe-. Cuando mis padres murieron, yo era demasiado pequeño y la familia prefirió que me marchara a casa de los Sheridan en lugar de reunirme con ellos en Arizona. Nos hicimos inseparables y estudiamos juntos en el colegio, en el instituto y luego en la universidad.

Damián se detuvo un momento y sonrió.

– Éramos tan amigos como puedan serlo dos hombres, pero al mismo tiempo, desarrollamos un intenso instinto de competencia. Siempre nos estábamos retando. De hecho, corríamos el uno contra el otro en la carrera en la que sufrí el accidente.

– OH, no lo sabía…

– Pues bien, no lo he visto desde entonces y me preguntó por qué se ha mantenido alejado de mí. No sé si ha tenido alguna razón para ello.

Damián le apretó la mano y el corazón de Sara se aceleró. Intentó calmarse y respirar lentamente, pero sabía que no podía permanecer mucho tiempo en semejante posición: él le gustaba demasiado.