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– Es posible que a Sheridan le haya pasado algo que no me han contado -continuó él-. Y me siento tan frustrado al no poder ver la cara de la gente… La voz dice mucho de las personas, pero sus caras dicen más. Además, sé que si hubiera pasado algo malo, no me lo diría. Por eso quiero que lo observes y que me cuentes cómo reacciona.

– Lo haré lo mejor que pueda, aunque no puedo prometerte nada.

Él asintió. -No te preocupes.

Acababa de pronunciar la frase cuando Damián se levantó del sofá y añadió:

– Creo que ahí viene.

Damián se dirigió hacia la puerta con intención de abrirla, pero no pudo porque su primo se le adelantó.

– ¡Damián! -exclamó Sheridan al verlo-. Me alegro tanto de verte…

Sheridan abrazó a Damián con fuerza. – ¿Qué tal estás?

– Bien, muy bien -respondió Sheridan -. Pero tú… No puedo creer lo que te ha pasado. No es justo.

– Son cosas que suceden.

– Por lo menos estás vivo… Cuando vimos que tu lancha se alzaba por los aires y que estallaba en pedazos, pensé lo peor.

– Yo también lo pensé, créeme. Pero dime, ¿dónde has estado? ¿Por qué te marchaste?

– No tuve más remedio que irme. Ya sabes que no quería marcharme y dejarte en esta situación.

– He oído que has estado en Europa…

Sheridan asintió, miró a Sara y le sonrió.

– Sí. No quería molestarte con más problemas, porque tú ya tienes bastante con lo tuyo. Pero el día siguiente a tu accidente, me llamaron por teléfono para decirme que mi madre había sufrido un infarto.

Damián palideció.

– ¿Un infarto? ¿Cómo es posible que nadie me haya dicho nada?

– No te preocupes, se encuentra bien. En realidad fue una falsa alarma… no era nada grave. Pero me he tenido que quedar a su lado todo este tiempo. Ya sabes cómo es.

– Maldita sea -protestó el príncipe-. Será mejor que la llame por teléfono.

– Es probable que venga a verte pronto. Tu accidente la dejó muy preocupada y no tengo la menor duda de que se presentará aquí en cuanto el médico le dé el alta.

Sara los observó con detenimiento. Damián le había pedido que vigilara las reacciones de su primo, pero lo cierto es que las suyas eran mucho más interesantes. Mientras Sheridan se comportaba con sincera amabilidad, el príncipe parecía tenso y algo escéptico, como si desconfiara. Al parecer había algún problema que no le había contado.

Los dos hombres charlaron un buen rato. Damián los presentó y Sheridan fue encantador con ella. En cuanto a la tensión del príncipe, desapareció por completo al cabo de unos minutos.

– ¿Qué te parece si vamos al Aeroclub a cenar? Casi todos nuestros viejos amigos estarán allí, y seguro que se alegran mucho de verte.

– No lo sé, Sheridan. No me resulta fácil maniobrar en un local público.

– OH, vamos, tienes que salir de aquí y respirar un poco. Además, yo te ayudaré. Seguro que puedo hacerlo, ¿verdad, Sara?

– Claro que sí. Pero si Tom va con vosotros, será aún más fácil para los dos.

– ¿Tom? -Preguntó Damián-. Excelente idea… Sí, me llevaré a Tom conmigo. Gracias por la sugerencia, Sara.

Sara se alegraba sinceramente por el entusiasmo y la súbita felicidad de su paciente. Y aunque le molestó un poco que no la invitaran a acompañarlos, el sentimiento de alegría fue más intenso.

Sin embargo, había algo que no le gustaba en Sheridan. A simple vista, los dos hombres se parecían mucho. Ambos eran altos, atractivos, inteligentes y encantadores. Pero en la actitud del primo de Damián existía un poso que no fue capaz de distinguir y que no le agradó demasiado.

Sara decidió no darle más vueltas. Y cuando se quedó a solas, se dijo:

– Seguro que son celos, nada más. Está visto que quiero a Damián para mí sola. ¿Verdad, Sara Joplin?

La idea le devolvió la sonrisa. Siempre había sido una mujer práctica y sabía que nunca podría mantener una relación con Damián.

Eso habría sido soñar despierta.

Capítulo Ocho

– El príncipe Marco se ha tenido que marchar de viaje a Nueva York -le dijo el conde a Sara, mientras esperaban a que les sirvieran la cena-. Me ha pedido que lo disculpe en su nombre, porque le habría gustado despedirse en persona. También me ha dicho que Kavian tiene los números de teléfono de los lugares donde se va a alojar, por si necesitas llamarlo por alguna razón.

Sara sonrió y le dio las gracias al conde, aunque le pareció extraño que Marco pensara que podía llegar a necesitarlo por algún asunto relativo a su hermano menor.

La cena fue tranquila. La duquesa y la princesa Karina ya habían regresado y parecían cansadas, así que la conversación se mantuvo en temas más o menos triviales.

Pero, de todas formas, Sara tuvo ocasión de aprender algo más sobre el pasado de Marco.

– Es una historia trágica -dijo Karina-. Se casó con la princesa Lorraine, el amor de su vida, y tuvieron un niño y una niña. Durante algunos años fueron la pareja perfecta y vivieron muy felices, pero ella se mató hace dos años en un accidente de tráfico. Marco ha tardado mucho en recobrarse.

– ¿Qué pasó con sus dos hijos? -preguntó Sara.

– Están pasando el verano con su abuela, la madre de Lorraine. Ha sido muy buena con Marco. No sé qué habríamos hecho sin su ayuda.

– A mí me parece que es una entrometida – declaró de repente la duquesa-. Cuando Marco se case otra vez, seguro que le complica la vida.

– OH, tía…

– Lo digo en serio. Ya está todo arreglado para que se case con la princesa Iliana, que actualmente vive en Tejas. Y cuando eso suceda, ¿crees que la madre de Lorraine va a renunciar a sus nietos para devolvérselos a Marco y a su nueva esposa? No lo creo. Habrá problemas, ya lo verás.

Las dos mujeres discutieron durante un buen rato, e incluso el conde Boris se atrevió a hacer un par de comentarios al respecto.

Poco después, Karina mencionó a Sheridan.

– Ah, sí, he tenido ocasión de conocerlo esta tarde -dijo Sara.

– Sheridan es maravilloso. La vida resulta mucho más divertida cuando se encuentra cerca -declaró Karina.

– Sheridan y Damián crecieron juntos. Sus madres eran gemelas… -explicó la duquesa.

– Sí, pero cuando se juntan, siempre pasa algo -dijo el conde Boris, con ironía-. Seguro que el príncipe no vuelve esta noche.

– OH, Boris, creo que exageras. Sólo han salido a divertirse un poco -observó Karina, antes de volverse hacia Sara-. ¿Has notado lo mucho que se parecen?

Sara no había notado que se parecieran en absoluto. Ambos eran de pelo oscuro y ojos entre verdes y azules; ambos eran excepcionalmente atractivos y los dos tenían una altura similar. Pero Sheridan le resultaba algo superficial. Y Damián, por el contrario, parecía esconder una profunda sensibilidad y desde luego tenía un gran sentido del humor.

En cuanto cayó en la cuenta de lo que estaba pensando, intentó dejar de hacerlo. Por lo visto, Damián le había llegado más adentro de lo que imaginaba. Pero no podía permitirse el lujo de enamorarse de un príncipe; si lo hacía, acabaría con el corazón roto.

Sólo habían transcurrido dos días desde su llegada a la mansión y su vida había dado un vuelco total. Sin embargo, aquello le parecía una locura e intentó tranquilizarse por enésima vez. Era una profesional. Era una mujer madura y seria. Podía controlar sus sentimientos.

Horas más tarde, Sara se sorprendió mucho cuando le dijeron que Damián había regresado y que la estaba esperando.

Tomó la caja con el transmisor, que había llegado justo antes de la cena, y se dirigió directamente a su suite. Cuando entró, lo descubrió tumbado en el sofá, oyendo música.

– Hola Sara… Esta noche salimos a buscar mujeres atractivas, pero luego caí en la cuenta de que ya tengo una en casa -declaró sin más preámbulos.