Sara y Mandy estallaron en carcajadas. Sin embargo, ninguna de las dos lo encontraba divertido. Además, Sara estaba molesta con ellos porque se encontraban en Los Ángeles y no habían sido capaces de acercarse a ver a Mandy.
Los quería mucho. Pero de todas formas, se dijo que si alguna vez tenía hijos, los trataría con más cariño. Y que haría lo que fuera para que no tuvieran una infancia tan fría y solitaria como la de ellas.
Sara regresó a la mansión con tiempo de sobra para la sesión de terapia, y Damián le dio una gran sorpresa cuando la pidió que cenaran juntos. Por lo visto, Sheridan tenía un compromiso con un banquero y no volvería hasta muy tarde.
– Me apetece una pizza -dijo el príncipe-. Podríamos pedir algo al Wong Pizza, en el bulevar de Santa Mónica.
– ¿El Wong Pizza? ¿Eso qué es, un chino medio italiano?
– Algo así. Preparan pizzas con sabores a comida china. Te encantará. Lo malo es que no sirven a domicilio.
– Puedo ir yo, si quieres.
– No seas tonta. Se lo pediré a algún criado.
Sara lo miró, divertida.
– Hay que ver lo fácil que es tu vida…
– Bueno, tiene sus lujos, sí.
– Y que lo digas.
– Creo que le das demasiada importancia a esto de la realeza, Sara -comentó Damián-. Ser un príncipe es una simple casualidad de nacimiento, algo que no puedes elegir. Y cuando te toca, no puedes escapar.
– ¿Lo dejarías si pudieras? -preguntó con interés.
Damián permaneció en silencio durante unos segundos. Después, sonrió y dijo:
– Pidamos esa pizza.
No tardaron mucho en comenzar a cenar.
Ella le habló del embarazo de Mandy y él le contó lo que le había sucedido cuando nació la hija de su hermano Marco. Al parecer, una tormenta de nieve cayó sobre él cuando se dirigía en coche al hospital y acabó en pleno Cañón del Colorado sin darse cuenta.
– Cuando llegué al hospital, Kiki ya tenía tres días -dijo, sonriendo.
Después de cenar, se sentaron en el sofá. Estaban satisfechos y felices, y Damián decidió bromear un rato.
– Podríamos hacer algo interesante para variar. Mi cama está muy cerca…
– OH, sí, no lo dudo. Y me sorprende que no tengas escondida a ninguna mujer.
– Claro que la tengo… Sara rió.
– Ah, el duque me ha contado que ha averiguado algunas cosas interesantes sobre tu familia. ¿Qué se siente al crecer en California?
– No lo sé, porque no crecí en California.
– No te entiendo…
Sara le explicó que sus padres siempre se habían mantenido lejos de ellas y que en realidad habían crecido solas.
– Ah, claro -dijo él, cuando terminó-. Y como ellos estaban ciegos a vuestras necesidades emocionales, decidiste dedicar tu vida a ayudar a otro tipo de ciegos.
– OH, vamos, eso es ridículo.
– ¿Tú crees? Me parece evidente.
– Lo único evidente es que, por lo visto, te encanta la psicología barata…
Damián sonrió.
– Deberías hacer caso a lo que digo. Soy ciego, lo que significa que el resto de mis sentidos están mucho más desarrollados. Hasta puedo notar cosas en tu voz que los demás no notarían.
– No dudo que eso pueda ser posible en otros casos. Pero en el tuyo, no lo creo -espetó.
– ¿Quién está siendo ahora grosera, Sara? -preguntó él, divertido.
Sara estuvo a punto de golpearlo, pero no lo hizo. Sabía que deseaba tocarlo y no quería perder el control.
– Sin embargo, comprendo que estés enfadada. Lo que os hicieron vuestros padres no tiene nombre… me extraña que no te rompieran el corazón -comentó él -. Dime, ¿cuándo fue la última vez que saliste con un hombre?
– La verdad es que no lo sé. No me acuerdo…
– Pues deberías salir más a menudo. Ojalá pudiera sacarte yo…
– Ojalá, pero no puedes. Te recuerdo que estás comprometido con Joannie comosellame.
– ¿Por eso guardas las distancias conmigo? ¿Porque estoy comprometido?
– En parte, pero no es la única razón -respondió, mientras se levantaba-. En fin, gracias por la pizza. Nos veremos más tarde.
– OH, sí, desde luego que sí.
Sara cerró la puerta a sus espaldas y bajo al piso inferior. Aquello era una locura. Sin darse cuenta, poco a poco, había permitido que sus sentimientos la dominaran. Y ahora, estaba enamorada de un cliente que, para empeorar las cosas, era un príncipe de otro país.
Intentó tranquilizarse pensando que tal vez fuera como un catarro, que un día habría desaparecido cuando despertara. Pero la idea de perderlo le resultaba insoportable. No podía imaginar su mundo sin sus ojos, su cuerpo, su presencia, sus besos ocasionales.
Ahora ya sólo quedaban dos semanas para el baile. Después, se marcharía de allí y probablemente se pondría a trabajar en seguida con un nuevo cliente. Pero nada sería igual. Pasara lo que pasara, sospechaba que su vida había cambiado para siempre.
Aquella noche, Karina, la duquesa y Sara cenaron a solas y dieron buena cuenta de un par de botellas de vino. De hecho, bebieron tanto que hasta la propia duquesa, en general contenida, se relajó un poco.
Las tres mujeres comenzaron a contarse todo tipo de secretos. Y Annie, que siempre había sido muy atenta con esas cosas, despidió al resto de los criados para que no oyeran conversaciones tan indiscretas.
Karina contó una historia sobre la primera novia de Damián y la duquesa les regaló los oídos con anécdotas sobre su juventud en Nabotavia. A Sara le habría gustado haber llevado una vida tan interesante como las suyas, aunque sólo hubiera sido para poder contar algo digno, pero se divirtió mucho con ellas.
Cuando terminaron de cenar, la princesa la llevo a la biblioteca para enseñarle el trabajo biográfico que había hecho sobre su madre. Tenía montones de notas y de libros de referencia, y había reunido muchas fotografías que Sara devoró con la mirada.
Sus padres habían sido muy atractivos, e incluso pudo ver una fotografía de la reina Marie, la madre de Karina, con su hermana, lady Julienne. Nadie podía negar que fueran gemelas.
– ¿Qué tal te va con mi hermano? ¿Es buen alumno? -preguntó Karina en determinado momento.
– Sí, muy bueno. Aprende rápido.
Karina asintió.
– Me alegra que te vaya bien con él, porque con mi hermano nunca se sabe. Seguro que has notado la ira que alberga.
– Sí, lo he notado, pero es normal en sus circunstancias.
– No se trata de una actitud nueva en él. Siempre ha sido más distante que los demás. Se comporta como si hubiera algo en la familia que no le gustara… No sé, tal vez sólo sea que creció con Sheridan en lugar de hacerlo con nosotros. Es posible que todo cambie cuando regresemos a Nabotavia. Aunque para entonces se habrá casado.
– Tengo entendido que apenas la conoce…
– Es verdad. Y no sé cómo se puede prestar a casarse por conveniencia. No lo entiendo en absoluto, sobre todo porque siempre le han disgustado las obligaciones familiares.
– ¿En serio?
– Sí. Se pasa la vida burlándose de la realeza y de nuestras costumbres. Pero el día que se comprometió con esa mujer, me llevó a un aparte y me contó que lo hacía por ayudar a la familia – explicó Karina-. Al principio pensé que estaba bromeando. Sin embargo, no bromeaba.
– Te entiendo. Yo he hablado con él y está convencido de la importancia de ese matrimonio.
La princesa negó con la cabeza.
– Es absurdo. De hecho, pretendían hacer lo mismo con el conde Boris y conmigo. ¿Te lo imaginas? Menos mal que conocí a otro hombre, del que me enamoré.
– ¿Y qué pasó con él? Karina sonrió con tristeza.
– Se llama Jack Santini y trabajaba como jefe de nuestro equipo de seguridad -le explicó-. El caso es que estaba dispuesta a fugarme con él, y lo habría hecho… Pero él desapareció antes. Y ahora, pienso dedicarme en cuerpo y alma a mi adorado país, Nabotavia.