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– No. Te veré en el desayuno. El conde Boris asintió y desapareció. Entonces, ella se dirigió hacia su paciente.

– Ya era hora de que volvieras -protestó Damián al sentir su presencia-. Espero no haber interrumpido el tradicional beso de buenas noches…

Sara estaba tan contenta de verlo sano y salvo que no reparó en el tono de su voz. Era obvio que tenía celos de Boris.

– ¿El beso? Has interrumpido más que un beso. Estábamos a punto de hacer el amor apasionadamente en el jardín, pero a Boris se le han quitado las ganas al verte -bromeó.

Damián sonrió.

– Sea como sea, me presento voluntario para sustituirlo. Donde quieras, como quieras y cuando quieras, exceptuada precisamente la rosaleda… detesto clavarme las espinas.

Ella rió y observó que efectivamente se había clavado una espina de rosa. Tenía sangre en un dedo.

– Será mejor que vayamos a curarte ese dedo…

– No importa, no creo que me desangre. Sara sonrió. Le encantaba que hubiera salido de la casa sólo para verla.

– Damián, me siento muy orgullosa de ti. Has sido capaz de llegar al jardín tú solo, sin más ayuda que el bastón.

– No me felicites por esas cosas, Sara. No soy un niño.

– Lo siento, no pretendía molestarte…

– Está bien.

Sara lo quería tanto que decidió animarlo a toda costa. Y de repente, tuvo una idea.

– Dime una cosa, ¿había algo que te gustara especialmente antes del accidente con la lancha?

– Sí, muchas cosas. Pero echo de menos volver a montar a caballo.

– ¿A caballo?

– Sí.

– En ese caso, prepárate. Mañana llamaré a un especialista que está acostumbrado a trabajar con caballos y con personas con discapacidades. Si te parece bien, podríamos salir a montar.

Damián se quedó asombrado.

– ¿Podríamos hacerlo?

– Desde luego que sí. Puedes hacerlo de sobra. Estar ciego no te impide hacer tantas cosas como crees. Pero si no quieres hacerlo…

– ¿Bromeas? Por supuesto que quiero. Estoy tan contento que no sé si seré capaz de pegar ojo esta noche.

– Bien. Entonces, te veré por la mañana.

Damián asintió, se dio la vuelta y caminó hacia la entrada de la mansión. Sara lo observó mientras se alejaba, sintiendo un profundo cariño por él. Sabía que su relación era imposible. Pero también sabía que, ocurriera lo que ocurriera, aquel siempre sería su príncipe azul.

La mañana amaneció despejada. Una fresca brisa moderaba la temperatura veraniega y olía a heno y a caballos.

Habían tardado tres días en conseguir que Damián montara a caballo y se sintiera seguro, pero por fin lo habían logrado y ahora montaba una yegua que avanzaba tranquilamente por un sendero. Ella lo seguía en su montura y no dejaba de maravillarse por la evolución de su paciente.

Habían planeado estar fuera la mayor parte de la mañana. Annie les había preparado un pequeño picnic y la idea consistía en llegar al parque Griffith, comer y volver a la mansión. Sara estaba muy contenta. Se sentía libre.

Pero entonces, algo pasó. Damián cayó del caballo y se dio un buen golpe al caer al suelo. Preocupada, desmontó a toda prisa y corrió hacia él.

– ¡Damián! OH, Dios mío…

Damián se incorporó y se sentó en el suelo.

– Damián…

– Estoy bien, estoy bien -dijo entre risas-. Ha sido culpa mía. Todavía no estoy acostumbrado a montar en estas circunstancias.

– ¿Estás seguro de que te encuentras bien?

– Segurísimo.

Ella le tendió una mano para ayudarlo a levantarse, pero los acontecimientos se sucedieron de una forma bien distinta. Y antes de que se pudiera dar cuenta de lo que estaba pasando, Damián la besó.

El efecto fue eléctrico e inmediato. Sara se apretó contra él y lo besó, a su vez, apasionadamente. Respondió a sus caricias sin duda alguna, aceptando su lengua y sus labios, dejando que sus manos la exploraran y arqueándose contra su cuerpo. Podía sentir la dura anatomía de Damián contra toda su piel, y la sensación era sencillamente mágica.

Pero a pesar de lo mucho que deseaba dejarse llevar, se apartó.

– Cualquiera diría que has planeado todo esto.

– OH, no, no he planeado nada -murmuró él de forma seductora-. Me he limitado a dejarme llevar por mi instinto.

– ¿Y no te ha advertido nadie que la naturaleza puede ser muy cruel? -se burló.

– Me arriesgaré.

Damián se inclinó sobre ella y la besó de nuevo, suavemente.

– Damián, no podernos hacer esto. Estás comprometido.

– Sólo formalmente.

– Es lo mismo.

– Olvídate de eso, por favor.

– No puedo.

– ¿Ni siquiera por una vez?

– No.

Damián dudó y se quedó pensativo.

– Está bien. ¿Qué te parece si jugamos a que yo no soy un príncipe ni tú mi terapeuta? Ya lo tengo… Yo podría ser un vaquero, Sam. Y tú, te llamarás Margarita.

– ¿Margarita?

– Claro, llevo días diciéndote que hueles a margaritas -respondió con una sonrisa.

Sara estaba tan hechizada con él que se sentía como si estuviera a punto de derretirse.

– ¿Y en qué consiste mi papel?

– Veamos… Digamos que tu padre posee un rancho donde yo trabajo. Un día, sales al campo a montar y te encuentras conmigo.

Ella rió.

– Soy una buena chica. Si me encontrara con un hombre en mitad del campo, probablemente volvería corriendo a mi casa.

Damián la abrazó.

– No, no lo harás porque estás secretamente enamorada del vaquero aunque tu padre se opone.

– Ah, comprendo… Y por eso, tenemos que vernos a escondidas…

– Ya lo has entendido.

– Muy bien, vaquero, juguemos entonces. Pero en primer lugar, vuelve a montar a caballo. Aún nos queda un buen trecho por delante.

– Está bien, pero ve tú delante, abriendo el camino.

Sara rió.

– ¿De qué te ríes ahora?

– De nada. Todo esto me parece muy divertido y no dejo de pensar en el nombre que me has puesto. Margarita…

– Yo, en cambio, no dejo de pensar en besarte otra vez.

– Damián…

– Ahora no me llamo Damián, sino Sam. Y los dos somos libres, así que puedes besarme todo lo que quieras.

Sara no pudo resistirse a la tentación y lo besó. Necesitaba volver a sentir el especiado sabor de su boca.

Al cabo de un rato, retomaron el camino. Y a cierta distancia encontraron un lugar perfecto para comer, en una colina con vistas al parque, rodeada de robles. Extendieron una manta en el suelo, se sentaron y se dispusieron a disfrutar del día y de la conversación.

Damián le recitó poemas de Shakespeare, Keats y Coleridge. Al parecer, era un saco de sorpresas.

– No sabía que fueras tan bueno recitando…

– Una de las cosas buenas de ser de la realeza es que recibes una educación muy clásica.

– Cuéntame algo sobre tu padre -dijo ella, mientras se tumbaba en la hierba.

– Qué puedo decir… Que era rey. Un rey alto y atractivo. Y algunos piensan que también fue un héroe.

– Pero tú no…

– ¿Cuándo he dicho eso?

– No hace falta que lo digas. Lo llevas escrito en la cara.

Él se encogió de hombros.

– Tendré que ser más cuidadoso con mis expresiones faciales.

– ¿Y qué me dices de tu madre? El rostro de Damián se suavizó.

– Ah, ella era un ángel, un refugio, toda belleza y calidez. Aún puedo recordar el sonido de su risa. Era una mujer encantadora. Todo el mundo lo dice.

– ¿Era feliz con tu padre?

– Bueno… estaba enamorada de él.

Sara no quiso preguntar al respecto. Resultaba evidente que a Damián no le apetecía sacar el tema.

– ¿Es verdad que la madre de Sheridan era hermana de tu madre?

– Sí, eran hermanas gemelas.

– Gemelas. Qué interesante. Supongo que eso te fue de gran ayuda cuando te marchaste a vivir con ellos.