Un poco más tarde, estando solo con Sara en su habitación, él príncipe se permitió mostrar lo que sentía.
– Estoy tan harto de estar todo el tiempo sumergido en la oscuridad -sollozó-. Siento que tengo las manos atadas. No puedo hacer nada. Ni siquiera puedo ocuparme de mi propio accidente, tengo que dejar que los demás lo hagan por mí.
El príncipe parecía estar lleno de rabia.
– ¿Cómo voy a defenderme, Sara? ¿Cómo puedo proteger a las personas que a amo a salvo?
Con la última palabra, se le quebró la voz. Sara no intentó responder a las preguntas. Sabía que él no quería oír perogrulladas. De modo que se sentó tranquila y dejó que Damián liberara su furia. En determinado momento, le tomó las manos y permaneció en silencio. Él se aferró con fuerza y desahogó toda la rabia que había estado reprimiendo durante semanas. Cuando Sara vio que estaba agotado de tanto sollozar, se puso de pie y se inclinó para besarlo dulcemente en los labios y darle las buenas noches. Él se levantó, la empujó hacia atrás y la beso apasionadamente. Pero ella se apartó y lo dejó con lágrimas en los ojos. Ahora no estaban jugando a ser Sam y Daisy. Y Sara sabía que quedarse era jugar con fuego.
Llegó el día de la fiesta de la fundación y Sara no conseguía quitarse la sensación de tener el corazón en la boca, latiendo aceleradamente. Ya no tenía escapatoria, aquella noche comprobaría si su trabajo había valido la pena. La coordinación estaba saliendo bien y Damián parecía tranquilo y confiado. Sin embargo, ella sabía que todo el ardid podía fallar en el último minuto.
La policía estaba investigando el accidente del lago y Damián parecía estar más calmado que nunca. Aparentemente, la diatriba de la otra noche había servido para aliviarlo y para permitirle disfrutar de las cosas en paz. Habían pasado los últimos días entrenándose arduamente en el uso del transmisor y preparándose para librar todas las contingencias que pudieran surgir. Marco había tenido que volver a Arizona, pero llamaba a Sara cada noche para que lo informara de los avances y para asegurarse de que ella entendiera la importancia de ese acontecimiento para su gobierno.
Por suerte, Damián había pensado en que Jack Santini se ocupara de organizar la seguridad de la fiesta y el policía había tenido algunas ideas brillantes. Había llevado un pequeño micrófono que el príncipe podría utilizar discretamente y que le permitiría estar comunicado con Sara en todo momento, lo cual convertía a la operación en un éxito casi asegurado. Todo lo que tenían que hacer era llegar temprano para montar el sistema de intercomunicación en la cabina de proyección. Eso era todo. Aún así, Sara estaba muy nerviosa.
Tal vez, era porque el plan seguía teniendo algunos puntos débiles o porque sentía que era una responsabilidad que excedía a sus posibilidades. Lo cierto era que a pesar de la lógica excitación que le causaba la fiesta, Sara estaba inquieta por algo más. Había comprendido que después del baile, tenía que marcharse. La decisión no había sido fácil. A pesar de que sus temores por la integridad física de Damián casi habían desaparecido al enterarse de que Sheridan estaba en Europa, el secuestro de Karina había probado que podía pasar cualquier cosa en el momento menos esperado. Y Sara odiaba dejarlo en una situación tan vulnerable. Pero tampoco podía pasarse el resto de su vida cuidándole la espalda porque, ni siquiera así, estaría completamente a salvo. Debía marcharse, no tenía más alternativa. Se había quedado mucho más tiempo que el que se suponía y había dejado que Damián se acercara demasiado. Tenía que irse antes de que ocurriera algo peor.
Y además, estaba el fantasma de la pedida de mano de Joannie Waingarten. Si bien era uno de los temas centrales de la fiesta, nadie hablaba demasiado de eso. La idea era hacer el anuncio durante la cena de medianoche. Sara se preguntaba si iba a ser capaz de mantener la compostura una vez que el pacto estuviese sellado. No podía saberlo porque nunca había estado en una situación semejante.
No obstante, se estaba alistando y armándose emocionalmente para afrontar lo que surgiera. El vestido azul metalizado que Karina había encargado para ella le quedaba perfecto e incluso la costurera se había dado el gusto de improvisar algunos detalles que le realzaban la figura. Apenas después de comer, la princesa le pidió a Sara que se reuniera con ella. La terapeuta fue a su encuentro sin saber qué era lo que Karina escondía bajo la manga. Al llegar, descubrió que había un peluquero contratado especialmente para ella. Trató de protestar argumentando que solía ocuparse sola de esas cosas, pero Karina sonrió y le indicó que se sentara a su lado.
– Vamos a hacer esto juntas -dijo con alegría-. Acostúmbrate a eso.
Justamente, lo que Sara quería evitar era acostumbrase a esa clase de lujos. Aunque tratándose de la princesa, sólo cabía suspirar y dejar que la mimaran. Al rato, estaba encantada de haber aceptado. La manicura le estaba arreglando las uñas, el asistente del peluquero le había lavado la cabeza y hasta había llegado un maquillador para hacer una lista con lo que ella creía que podía llegar a necesitar. Después, llegó Donna, la gran amiga de Karina. La princesa no permitía que otra persona se ocupara de su cabello y quería que hiciera lo mismo con Sara. La muchacha no dejó de hablar ni un solo segundo, pero en todo momento las hizo reír.
Karina estaba en las nubes, aquellos días. Jack y ella habían programado casarse casi de inmediato. Apenas terminara la fiesta, partirían hacia Arizona para preparar la boda.
– Sobre todo es para eludir a la prensa del corazón -confesó la princesa-. Después del secuestro y todo eso, creímos que era mejor casarnos cuanto antes para evitar que los chismosos de siempre nos molestaran.
– Sin mencionar el hecho de que quieres estar segura de que Jack no se te va a volver a escapar -bromeó Donna. Karina sonrío.
– ¡Ni que lo digas!
Cuando Donna salió a buscar algo, Sara se volvió hacia la princesa y sonrió mientras pensaba en lo diferente que había sido su vida de la del resto de las chicas de su edad. De no haber sido tan cariñosa, probablemente Sara habría sentido algún tipo de resentimiento. Era mucho más guapa, mucho más adinerada y encima estaba felizmente enamorada.
– Cuéntame cómo se siente una siendo una princesa gloriosa a la que desean todos los hombres que la rodean.
– No seas tonta -contestó Karina, entre risas-. No es así para nada. Te diré un secreto: Jack Santini ha sido el primer hombre al que me creí capaz de amar. Lo supe en el momento en que lo vi. Y, como ves, estaba en lo cierto.
– Eso es muy romántico. Pero eres tan bella que estoy segura de que sintió lo mismo cuando te vio por primera vez.
La princesa asintió y sonrió alegremente.
– Tú también eres bella, Sara.
La terapeuta se sonrojó. Nadie le había dicho algo así antes. Al menos, nadie que pudiera ver.
– Karina, por favor…
– ¿Piensas que no? OH, Sara, las dudas están todas en tu cabeza. ¡Deshazte de ellas!
– Ojalá fuera tan fácil.
– Lo es, Sara. Toma esta noche como ejemplo. Vas a estar deslumbrante. Damián se va a quedar mudo cuando aparezcas.
Sara ignoró las consecuencias que podía generar que la princesa supiera lo que sentía por su hermano, Sara negó con la cabeza y sonrió con vergüenza.
– Eso no tiene ningún sentido. Sabes que no me puede ver.
Karina rió a carcajadas.
– ¡Sara! No se trata de lo que él vea, se trata de cómo te sientes contigo misma -suspiró, con resignación -. ¿No sabes que la belleza es una ilusión? Utiliza esa verdad a tu favor. Yo siempre lo hago.
La terapeuta pensó que para la princesa era fácil decir algo así, aunque era preferible que no lo hiciera en voz alta. De todas maneras, tenía que admitir que estaba empezando a sentirse más bonita que nunca. Era probable que tuviera algo que ver con las atenciones que estaba recibiendo. Aunque quizás, lo que en verdad la embellecía era estar enamorada. Sara se estremeció. Ya de por sí, la idea de estar enamorada la aterrorizaba por completo; pero el hecho de estar enamorada de un príncipe le generaba un susto de muerte. Tenía que alejarse de él tan pronto como pudiera. Y una vez lejos, averiguar cómo hacer para vivir con el corazón partido.