Las limusinas que los llevarían al hotel llegaron al anochecer. Los Roseanova habían reservado una planta entera del hotel y allí era donde se vestirían y darían los toques finales a peinados y maquillajes. En cuanto se registró, Sara aprovechó para ir hasta el salón de fiestas a revisar la logística. Iba a estar instalada en la cabina de proyección. Desde allí, podía ver casi todo el lugar. Mientras estaba reconociendo el terreno encontró a Marco haciendo algo parecido.
– Está noche es muy importante -comentó él -. ¿Crees que todo saldrá bien?
Ella inclinó la cabeza hacia un costado y pensó unos segundos antes de responder.
– Creo que tenemos las armas necesarias para cantar victoria.
Él asintió, aunque no parecía muy convencido.
– Estoy más preocupado por esta fiesta que por la coronación -dijo Marco.
Sara arqueó una ceja.
– ¿En serio? -preguntó, con cierta ironía.
– Sí. Muchas veces estuve tentado de hacerme cargo de todo y quitar a Damián de este asunto. Si no hubiese sido tan categórico con lo de que podía manejarlo, lo habría retirado de todo esto.
Después, la miró avergonzado y agregó:
– Pero sabía que apartarlo de esto le habría destrozado la confianza que pudiera haber adquirido después del accidente -hizo una mueca de dolor-. Lo único que espero es que no nos falle.
Sara suspiró. Entendía perfectamente lo que Marco quería decir. El fracaso de la fiesta pondría en peligro la posibilidad de que Damián recobrara el espíritu y comenzara a rehacer su vida. Le dolía el corazón de sólo pensarlo, así que se dijo que no permitiría que el príncipe fracasara. No, si ella podía hacer algo para evitarlo. Era una promesa.
– Una cosa que tenemos a nuestro favor es la manera en que Damián mira -apuntó Marco-. No tiene el gesto ausente de la mayoría de los ciegos. Si no sabes lo que le ha pasado, piensas que te está viendo.
– Sí, es algo fuera de lo común.
Para Sara, todo en Damián era algo fuera de lo común. Sin embargo, aquella sería la última noche que estaría con él. No recordaba haber sentido nunca tanta renuencia a dejar a un paciente. Por lo general, dejarlos era un alivio, pero esta vez sería una tortura.
Dos horas más tarde, con el vestido azul puesto, el pelo recogido y maquillada, Sara estaba preciosa. Ella misma se sentía obligada a reconocerlo. Y, al parecer, el resto opinaba igual.
– ¡Dios mío! -dijo Boris al verla.
– Veo que por fin te has bañado -bromeó Tom.
– Sara Joplin, pareces una princesa -afirmó la duquesa.
Hasta el duque hizo un comentario. A pesar de su avanzada edad, el hombre había aceptado concurrir a la fiesta porque sabía lo vital que era para la familia conseguir el apoyo de los inversores.
– Pareces salida del paraíso, querida. Tantos elogios comenzaban surtir efecto y Sara se sentía verdaderamente bella. Después de todo, tal vez Karina tenía razón.
Seguidamente, la terapeuta se dirigió a la cabina de proyección y organizó todo su equipamiento para poder trabajar con comodidad. Cuando estaba terminando de revisar los controles, entró Damián. El esmoquin negro realzaba el tono de su piel. Estaba guapísimo, y a Sara casi se le paró el corazón al verlo.
El la tomó de la mano.
– Deséame suerte -dijo.
– Te deseo toda la suerte del mundo.
– No, así no -protestó. – Así…
Acto seguido, la apretó contra él y la besó con pasión.
El sonido de unos pasos detrás de la puerta los forzó a separarse. Un segundo después, Jack entró en la cabina y comenzó a instalar el cable del micrófono por debajo de la camisa de Damián. Sara se dio vuelta, cerró los ojos y trató de evocar la sensación del beso.
En cuanto estuvo listo, Damián fue hasta el centro del salón para probar cómo funcionaba el intercomunicador. Desde su posición privilegiada, Sara sonreía mientras lo observaba pasear por el lugar cuidando de no chocarse con los trabajadores que estaban terminando de colocar la decoración. Encendió el transmisor rápidamente, lista para guiarlo a través del laberinto.
– Probando, probando. ¿Me oyes bien?
Él levantó la cabeza.
– Hola, preciosa -dijo, con voz sensual.
Ella sintió que el corazón se le salía del pecho. Estaba a punto de contestarle, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, oyó una voz toscamente afeminada que decía:
– Hola, guapo.
Sara no se había dado cuenta de que justo cuando Damián estaba haciendo esa broma, había un atractivo camarero cerca. El hombre se dio vuelta con brusquedad y lo insultó, ofendido.
– OH, OH -murmuró el príncipe en el micrófono -.Tienes que advertirme de estas cosas. De lo contrario, me pasaré la noche diciendo cosas que no debo a quien no debo.
– Lo siento -contestó ella, nerviosa-. Prometo poner más atención.
Un par de minutos de práctica bastaron para aplacar la tensión. Y entonces, llegó la hora. La familia real en pleno se ubicó en el vestíbulo del salón. Una vez que el lugar estuviera repleto de invitados, serían anunciados por los altavoces y entrarían en la fiesta, ordenadamente y de dos en dos. Annie se reunió con Sara en la cabina. Dado que conocía a la mayor parte de los miembros de la comunidad nabotaviana de vista, iba a ayudar identificándolos.
Las puertas se abrieron y comenzó a entrar gente vestida con sus mejores galas.
– Allá vamos -murmuró Sara y le guiñó un ojo a Annie-. ¿Damián? ¿Me oyes?
– Te oigo -respondió-. El cabeza del Carlington Financial Group acaba de ser anunciado. Voy a ir a saludarlo. ¿Estás lista?
Ella respiró hondo y afirmó: -Estoy lista.
– Entonces, vamos allá.
Capítulo Doce
Damián sabía muy bien que hacerse el listo tenía sus riesgos, pero no lo podía evitar. Podía decirse que casi lo estaba disfrutando. Todo fluía con naturalidad, la música sonaba sin parar y había gente bailando a su alrededor. Por lo demás, se había pasado la última hora discutiendo asuntos de negocios y en ningún momento había metido la pata.
En un principio, se había sentido incómodo al estar fuera de sus espacios cotidianos. Le recordaba la sensación que tenía de pequeño cuando iba a nadar a algún lago lleno de barro y sentía que se perdía bajo el agua, nadando con los ojos cerrados.
De hecho, al entrar por las escaleras, estuvo a punto de tropezarse con un macetero. Pero por suerte, Jack estaba detrás de él para sostenerlo y evitar que se cayera. Apenas unas semanas atrás, Damián se habría sentido humillado por la torpeza. Sin embargo, esta vez apenas se había inmutado. Sencillamente, se había reído y había seguido adelante como si no importara. Sin duda, algo lo estaba haciendo cambiar.
En aquel momento, un comentario de Sara en su oído y él sonrió. Sara Joplin era lo que estaba modificando a Damián. Ella era la respuesta a todas las preguntas. Ahora, él sentía que tenía las cosas bajo control. Había asumido que tenía que practicar para poder desenvolverse con naturalidad a pesar de su ceguera y lo había conseguido. Ahora, tenía más confianza y seguridad que nunca. Ahora, podía hacer cosas sólo.
Si el baile se hubiera celebrado dos semanas atrás, Damián habría llegado, se habría acomodado en una silla y habría pasado toda la noche sentado ahí, esperando que la gente se le acercara y sintiéndose tenso, incómodo e incapaz. En cambio, se estaba moviendo por todo el salón con absoluta naturalidad. De alguna manera, había recuperado su vida.