Y todo gracias a Sara.
– Se está acercando un hombre corpulento por la derecha -le dijo Sara al oído -. Es Grover Berrs de Industrias Venngut. Está extendiendo la mano para saludarte… tómala.
Damián giró levemente hacia la derecha y le dio un apretón de manos al hombre. Las indicaciones de Sara eran perfectas.
– Grover -dijo Damián, con simpatía-, tanto tiempo…
Grover quería los derechos de importación de Nabotavia para su línea de artefactos de cocina. Damián lo tenía todo memorizado. Sabía perfectamente qué quería cada uno de los empresarios y cuáles serían las exigencias de Nabotavia para cada caso. Hasta entonces, las cosas parecían estar marchando bien. Todos se mostraban optimistas con el nuevo régimen y deseosos de entrar en acción.
Después de llegar a un acuerdo con Grover, se volvió hacia donde estaba Sara a la espera de la siguiente indicación. El duro trabajo que habían realizado juntos había valido la pena. Se complementaban como una vieja pareja de baile, como si supieran exactamente cuál sería el próximo movimiento del otro.
– ¿Sabes qué, Sara? Somos un gran equipo.
– Se acerca una mujer por la derecha -dijo ella, sin hacer caso al comentario-. Alta, curvilínea, pelirroja… Según Annie, se trata de Gilda Voden, una de tus antiguas amantes. Está alzando los brazos y tiene el ceño fruncido. Intenta mantenerte lejos de su alcance si no quieres que se te cuelgue al cuello.
Damián siguió los consejos de Sara con una sonrisa que, al parecer, Gilda interpretó iba dirigida a ella porque, con tono efusivo, le expresó lo mucho que lo extrañaba. Él sonrió y asintió, pero apenas la estaba oyendo. Estaba pensando en esa noche, en cómo aquel acontecimiento tan temido se había transformado en un triunfo. No había bebido ni un solo trago de alcohol, aun así, tenía una sensación de embriaguez absoluta.
En cuanto consiguió librarse de las garras de Gilda, hizo contacto con otro empresario. Mientras atendía a las instrucciones para poder llegar al bar a pedir un vaso de agua, oyó una conversación entre dos voces que no le resultaban familiares.
– Creo que ha quedado ciego como consecuencia de un accidente -murmuró uno de los hombres.
– Pero míralo. El accidente pudo haberle dañado la vista pero lo está manejando maravillosamente – apreció el otro.
Damián sonrió.
– Acabo de escuchar que alguien decía que me estoy manejando maravillosamente -le comentó a Sara.
– Asegúrate de recordarle que se lo debes todo a tu terapeuta ocupacional -dijo ella, con aspereza-. Ahora, presta atención. Tienes que caminar diez pasos en línea recta. Uno, dos…
Con las directivas de la mujer, Damián pudo llegar hasta la barra, pedir agua y tomar el vaso sin problemas. Bebió un largo trago, suspiró y pensó un momento en Sara. Hacía días que estaba con él, habiéndole al oído constantemente. Y a Damián le gustaba eso. De alguna manera, ella se había convertido en una parte suya, en parte de su cabeza y también en parte de su corazón. Quizá se debía al modo en que le hablaba al oído, pero lo cierto era que Damián parecía haber adoptado la actitud de Sara frente a la vida, su optimismo, su bondad.
Entretenido con sus pensamientos, se atragantó con el último sorbo de agua. Tosió, mientras se repetía mentalmente que Sara estaba repleta de bondad. No estaba seguro de que fuera algo contagioso, pero sentía que esa bondad lo estaba transformando. Tal vez, irremediablemente.
– Hay una rubia de piernas largas a tu espalda. Annie no sabe quién es. Se está acercando a ti -advirtió la terapeuta.
– ¡Damián! ¡Querido!
Él conocía esa voz, era la de Thana Garnet, una actriz de cine muy guapa. Era gracioso lo poco interesante que le resultaba a Damián ahora. Se volvió para darle la bienvenida como si se tratase de una obligación y quisiese sacársela de encima antes de volver a los negocios.
Sin lugar a dudas, los tiempos habían cambiado.
– Lo mejor sería que intentaras bailar con ella -dijo Sara.
– ¿Qué?-preguntó, sorprendido.
– Deberías hacerlo. Tendrás que bailar con la joven Waingarten cuando llegue y estaría bien que practicaras antes.
– De acuerdo -gruñó él.
– Damián, ¿con quién estás hablando? – interrogó Thana con recelo.
– Con mi sexto sentido. Me estaba diciendo que te morías por bailar. ¿Eso es verdad?
Damián tuvo que contenerse para no salir corriendo al escuchar la risa histérica de la actriz. Se había acostumbrado tanto a Sara que para entonces las mujeres como Thana le parecían insoportablemente estúpidas. Con todo, bailó con ella y la práctica no estuvo del todo mal.
Poco después de que Damián dejara a Thana en las atentas manos de Boris, comenzaron a surgir las primeras dificultades técnicas. Sara hablaba, pero todo lo que se oía era ruido.
– Te estoy perdiendo, Sara. Hay algo mal con la frecuencia.
– Espera que pruebe con la otra. En el auricular de Damián se escuchó un clic y luego Sara preguntó:
– ¿Me oyes mejor ahora?
– Tu voz sale algo distorsionada, pero puedo oírte.
– Sería conveniente que te apartases un poco hasta que hayamos resuelto este problema. Ve hacia el guardarropa. Gira a tu derecha y camina dos pasos. Bien, ahora gira a tu izquierda y avanza. Sigue… sigue… detente.
Él se detuvo, aunque tuvo la súbita sensación de que no estaba solo. De hecho, se sentía rodeado.
– Sara -murmuró en el intercomunicador-, creo que me he topado con una multitud. ¿Qué se supone que debo hacer?
Pero no obtuvo respuesta. Al parecer, iba a tener que arreglárselas solo. Sonrió y, mientras movía su cabeza a un lado y otro, dijo en voz alta:
– ¿Hola? ¿Qué sucede?
– No lo sé -le respondió un hombre de voz ronca-. He recibido instrucciones de venir aquí.
– Igual que yo -agregó otro-. Lo mejor será esperar hasta tener en claro cuál es el próximo paso a seguir.
– También lo he escuchado, -dijo un tercero-. Alto y claro en mi oído: «Ve hacia el guardarropa. Gira a tu derecha y camina dos pasos». Ha sido muy explícito.
El hombre hizo una pausa y luego agregó en voz baja:
– ¿Creen que quien nos ha hablado era Dios?
Damián gruñó.
– Decidme, amigos -comentó, tratando de mantener la calma-, por casualidad ¿lleváis puesto un audífono?
– Sí -reconoció uno de los hombres.
– Por supuesto. Uno igual al vuestro – puntualizó otro.
– Mmm… Creo que es una prueba -dijo Damián-, pero descarto que Dios esté implicado en ella. ¿Por qué mejor no regresáis a vuestros lugares?
Acto seguido, el príncipe se dio media vuelta y, acercándose el micrófono del intercomunicador a la boca, preguntó:
– Sara, ¿puedes oírme?
– Sí -respondió la mujer- He vuelto a la frecuencia original.
– Magnífico. Pase lo que pase, no se te ocurra volver a utilizar la otra, a menos que pretendas que me pase la noche rodeado de extraños con audífono y delirios místicos. Por lo que más quieras, dime cómo hago para salir de aquí.
Damián oyó cómo Sara se reía al otro lado de la línea antes de darle las instrucciones para salir del aprieto.
– Pobrecitos, siguen dando vueltas alrededor del guardarropa, preguntándose por qué los convocaron a ese sitio -relató ella-. Sin embargo, tenemos que ocuparnos de otro asunto. Ludwing Heim va directo hacia ti. Prepárate para un abrazo de oso.
El abrazo de marras por poco le cuesta las costillas, pero como Sara lo había prevenido, Damián rió y le dio la bienvenida al gerente financiero de una de las industrias más importantes de Nabotavia. A pesar de todo, el príncipe se sentía complacido y tranquilo. Tenía la certeza de que, sin importar la gravedad del problema, Sara siempre estaría allí para ayudarlo. En silencio, bendijo la aparición de aquella mujer en su vida.
Sara empezaba a sentirse exhausta. Las casi tres horas que llevaba guiando a Damián habían sido agotadoras. Sin embargo, cuando Annie le avisó que Joannie Waingarten había llegado, el golpe de adrenalina que le generó la noticia bastó para reanimarla por completo. Ansiosa, Sara estiró el cuello para ver cómo era la joven.