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El anuncio de la llegada de Joannie y su padre provocó un corrillo entre la concurrencia que se volvió entera para mirarlos. Lo que vieron fue a un hombre calvo y regordete tomado del brazo de una adolescente preciosa que parecía una versión moderna de Shirley Temple.

Al verla, a Sara se le paró el corazón. No sabía exactamente qué esperar, así que no sabía cómo reaccionaría cuando la tuviera ante sus ojos, aun así creyó que sería capaz de tomarlo con calma. Después de todo, siempre había tenido en claro que Damián nunca la elegiría como pareja. Sin embargo, se sintió devastada y tuvo que esforzarse para que no se le quebrara la voz mientras lo guiaba hacia los Waingarten. En ese momento, vio cómo la joven se alejaba de su padre y corría a encontrarse con el príncipe.

– ¡Príncipe Damián! Papá quería traerme hasta ti, pero no he sido capaz de contenerme. Tenía que venir a verte. Estás mucho más guapo que la última vez que te vi. Voy a ser una princesa muy feliz, casi no puedo esperar.

Aunque Sara no deseara oír la contestación de Damián, no tuvo más alternativa. No podía dejarlo solo, tenía que seguir en línea para asistirlo. En un primer momento, él se limitó a responder de modo amigable. Después, cuando Joannie le comentó lo admirable de su actitud y lo bien que se desenvolvía a pesar de la ceguera, Damián comenzó a desplegar todos sus encantos y, con la ayuda de Sara, invitó a bailar a su prometida.

A la terapeuta se le partía el corazón y tenía que esforzarse para poder seguir. Habría dado cualquier cosa para no tener que oír los coqueteos y las bromas entre Damián y Joannie; le resultaba una tortura insoportable.

Sin embargo, lo peor estaba por venir.

– Voy a desconectar el intercomunicador – susurró Damián en el micrófono.

Unos segundos antes, Joannie le había preguntado si podían ir a otro sitio para tener algo de privacidad.

– Sólo nos alejaremos un poco del salón principal, Sara. De cualquier manera, podrás verme. Adiós.

Acto seguido, desconectó el aparato. La terapeuta se quedó sentada y contempló el monitor por un largo rato, tratando de asimilar lo que acababa de ocurrir. Él se había desconectado y se había marchado para estar a solas con su futura esposa. La situación no tenía nada de particular, pero Sara no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas.

– Bien, ahí los tienes -dijo Annie.

Al parecer, la asistente disfrutaba al ver cómo Damián y Joannie se ocultaban en una habitación privada.

– Al menos la chica es lo bastante lista como para conseguir una propuesta de matrimonio -continuó Annie-. La mayoría de las bobas que están en la fiesta sería capaz de vender su alma y la de todos los suyos, a cambio de una sonrisa real. Se dejan manosear y utilizar como carne de cañón y parecen estar encantadas. Tienes que estar loco para pensar que alguien de la realeza te prestaría atención sin obtener algo sustancial a cambio.

Cuando levantó la vista, Annie se encontró con que Sara la miraba sorprendida y roja de vergüenza. Al parecer, creía que estaba hablando de ella.

– Discúlpame, Sara. No me estaba refiriendo a… -aclaró, de inmediato-. Escucha, ¿por qué mejor no aprovechas la situación para descansar un poco? Yo puedo ocuparme de esto hasta que regreses.

Sara aceptó de inmediato, agradecida de poder refugiarse en la sala de descanso. Pero en cuanto llegó al pie de la escalera, se topó con el príncipe Garth.

– Ah, la encantadora señorita Joplin -dijo, con desenfado-. ¿Me concede esta pieza?

A continuación, le extendió una mano.

Sara vaciló durante unos segundos. Indiscutiblemente, la música y el baile la reconfortarían mucho más que encerrarse a llorar en el baño de damas. Entonces inclinó la cabeza, sonrió de oreja a oreja y aceptó encantada. Poco después, estaba en el salón rodeada de hombres que la festejaban sin cesar y, de no haber sido porque tenía el corazón destrozado, habría disfrutado de uno de los mejores momentos de su vida. Se reía e intercambiaba bromas mientras sentía que algunos de ellos la desnudaban con la mirada. Todo parecía brillar. De pronto, con la ayuda de su hermano Garth, Damián se acercó a ella, la rodeó con los brazos y comenzaron a bailar. Sara sintió lo fuerte y musculoso que era el cuerpo bajo el esmoquin y se le aceleró el corazón.

– Será mejor que regreses a la sala de proyección – dijo la mujer, casi sin aliento.

– ¿Porqué?

Acto seguido, el príncipe la aferró con más fuerza. Estaban tan cerca que ella podía sentir el aliento caliente de Damián contra su oreja.

– Puedo guiarte -insistió.

– Sara -murmuró él, con paciencia-, puedes guiarme mucho mejor de este modo. Sólo se trata de seguir tu ritmo.

– Pero pronto tienes que hacer el anuncio, así que sería mejor que…

– No -la interrumpió.

Ella se detuvo y frunció el ceño.

– ¿Qué quieres decir con ese no?

– Que no va a haber ningún anuncio -respondió Damián.

– Pero…

– No me voy a casar con ella.

Sara contuvo la respiración por un momento y, sin pensarlo, se apoyó en él, temerosa de que se le doblaran las piernas por la sorpresa.

– ¿Por qué? -susurró, mientras lo miraba atentamente.

– No la amo y ella tampoco me ama. Así que hemos terminado.

– ¿Así, sin más?

La mujer seguía sin dar crédito a sus oídos.

– Pero, Damián, ¿por qué? -insistió.

– ¿Por qué? -repitió él, con una sonrisa. Damián se quedó en silencio por unos segundos y luego le dio un largo y dulce beso en el cuello.

– Te diré por qué -continuó-. Estas últimas dos semanas contigo me han abierto los ojos, metafóricamente hablando, por supuesto. Y esta noche he comprendido algo muy importante. ¿Sabes qué? Que por mucho que me deba a mi familia y a mi país, no tengo por qué vender el alma para hacerlo bien.

Damián se estaba refiriendo al compromiso con Joannie. Sara lo miró con asombro. No se había dado cuenta de que él había sentido que estaba poniendo a su familia en riesgo por su ceguera y que por eso había necesitado hacer algo para evitarlo. Algo como comprometerse con una Waingarten. Entonces, pudo ver que esa noche él se había convertido en un hombre nuevo. Alguien que se sentía capaz de pararse frente al mundo con absoluta confianza en sí mismo. Sara se sonrió al pensar que en ocasiones Damián podía parecer algo arrogante, pero eso no lo hacía menos encantador.

– Lo has hecho muy bien esta noche -dijo ella, con la mirada encendida-. La mayor parte de la gente sabía que estabas ciego, pero ninguno tuvo una imagen de debilidad al verte. No vieron a un discapacitado sino a alguien resuelto y seguro de sí mismo. Puedo afirmar que has salido más que airoso de todas las situaciones y las personas con las que has tratado se han admirado de tu actitud. Van a apoyarte porque han visto que pueden confiar en ti.

Él asintió lentamente.

– Creo que tienes razón.

– Entonces, ¿no te casarás con Joannie?

Sara necesitaba confirmarlo una vez más.

Damián volvió a sonreír, apretó su mejilla contra la de la terapeuta y le susurró al oído:

– ¿Cómo podría casarme con ella cuando tú eres la que me está abriendo los ojos?

Sara lo contempló detenidamente, con el aliento entrecortado y segura de que le estaba tomando el pelo. Los motivos que lo habían llevado a romper con Joannie podían ser infinitos aunque, para Sara, era impensable que la relación entre ella y el príncipe pudiera ser uno de ellos.

– OH, Damián, no…

– Demasiado tarde -murmuró él -. Ya es demasiado tarde para evitarlo.