En ese momento, se dijo que probablemente el príncipe lo había pensado mejor y había llegado a la misma conclusión que ella y que su propia desilusión era algo infantil. No obstante, no conseguía quitársela del cuerpo. Le costaba creer que la declaración de amor de Damián pudiera ser tan superficial.
De inmediato, Sara comprendió que aquello no tenía sentido. Era lógico que él actuase de un modo banal, a fin de cuentas era un príncipe y estaba acostumbrado a vivir el presente, sin pensar en las consecuencias futuras. Se dijo que ella no quería a un hombre así en su vida y que sería una locura enamorarse de un miembro de la realeza. De hecho, más que una locura, le parecía un suicidio.
Por muy seductor que pudieran parecer el romance y los sueños junto a Damián, sabía que era una ilusión que no podía permitirse si no quería salir lastimada.
A pesar de la soledad que la rodeaba en su piso de Westwood, estaba orgullosa de la decisión que había tomado. Un viejo poema que hablaba del orgullo como un frío compañero de cama se le vino a la mente, y la mujer movió la cabeza como si intentase librarse de esas ideas. Estaba segura de haber hecho lo correcto y sabía que no debía echarse atrás.
Cuando sonó el timbre de la puerta, Sara se sobresaltó. Después se tranquilizó pensando que quizá se trataba de algún vecino que, al enterarse de su vuelta a casa, quería darle la bienvenida. Fue hasta la puerta y, al abrirla, se encontró cara a cara con el hombre que no conseguía quitar de su pensamiento.
– ¡Damián!
– Hola, Sara. ¿Puedo pasar?
– Es que…
Sin esperar que le diera permiso, el príncipe entró al piso, cerró la puerta, tanteó el lugar con su bastón blanco y se volvió hacia la mujer con una amplia sonrisa en la cara.
Al verlo, Sara se estremeció y tuvo la impresión de que la presencia de Damián llenaba toda la sala. Sus hombros parecían más anchos, y su cuerpo más alto y fornido que nunca.
– Sara Joplin, desde que te fuiste, no he dejado de extrañarte ni un minuto.
– OH…
Ella se esforzó por recordar las explicaciones que tenía planeadas pero, por alguna razón, se le habían borrado de la mente.
A continuación, él dio un paso adelante y la tomó por los hombros. Una vez más, la mujer se estremeció al sentir el contacto de las yemas de los dedos acariciándole la piel.
– Si tienes compañía, Sara, será mejor que le pidas que se marche -dijo Damián en voz baja.
– ¿Por qué? -preguntó ella con el aliento entrecortado-. ¿Qué pretendes?
Él se acercó todavía más.
– Pretendo pasarme horas haciendo el amor contigo, Sara -respondió, con la voz cargada de deseo.
– ¿Qué? -exclamó ella-. ¿Ahora?
– Ahora mismo -dijo y la besó en los labios -.Y a menos que me lleves a tu dormitorio, lo haremos aquí mismo… en el suelo.
– OH, Damián…
Él interrumpió las palabras de protesta con un beso y Sara no opuso ninguna resistencia. Era como si todo su cuerpo se rebelara ante el beso. Suspiró, se recostó en los brazos del príncipe y comenzó a disfrutar del placer del contacto de los labios y el roce con la cálida lengua de Damián. El olor, el sabor y el contacto entre los cuerpos le arrebataban el deseo contenido.
– ¿Dónde está el dormitorio? -murmuró él.
– Por… por aquí -tartamudeó.
Sara se sentía abandonada a la potente seducción de Damián. Su idea de resistirse se había esfumado y, en ese momento, no se lamentaba de que así fuera.
El príncipe comenzó a quitarse la ropa por el camino. Primero la camisa, luego el cinturón y por último los zapatos y los calcetines. Ella se sentó en la cama y se entretuvo mirando el pecho musculoso de su amante mientras él se desabrochaba los pantalones y los dejaba caer al suelo. Damián tenía el cuerpo más hermoso que Sara había visto en su vida. Al mirarlo, sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
– Nadie podría resistirse a tanta belleza – dijo, por lo bajo.
– ¿Qué?
El príncipe se volvió hacia ella. El sol del atardecer que se filtraba por la ventana le iluminaba el cuerpo desnudo.
Sara se quedó en silencio. No sólo había olvidado lo que quería decir, sino que se sentía incapaz de articular palabra. No pensaba en nada, se limitaba a sentir. Y las emociones que la atravesaban eran tan fuertes y profundas que casi le dolían.
Por fin, se atrevió a tocarlo. Dejó que sus manos se deslizaran por la piel dorada de su amante; le acarició el estómago y la pelvis pero evitó, por vergüenza, rozarle el sexo. Resuelto, Damián le tomó la mano y la llevó hasta su centro. Sara apenas podía respirar. Era fuerte, suave y estaba visiblemente excitado. Le rodeó el pene con los dedos y comenzó a moverlos con delicadeza. El gemido de placer de Damián le causó más ansiedad de la que había sentido nunca y, cuando la besó, se aferró a él con total descaro.
Acto seguido, el hombre se sentó sobre la cama y la abrazó por detrás.
– Necesitamos librarte de esta ropa -le dijo al oído.
Sin esperar, Damián deslizó las manos por debajo del jersey de Sara y las llevó hasta el borde del sostén.
– Yo… de acuerdo -dijo ella, con agitación.
Él se detuvo y la miró con preocupación.
– Sara, no eres virgen, ¿verdad? Ella vaciló.
– Bueno, no realmente.
Damián tuvo que contener la risa antes de poder seguir.
– ¿Qué diablos quieres decir con eso?
La mujer se humedeció los labios y trató de explicarse.
– Hace mucho tiempo, creí que estaba enamorada de un hombre y… Intento decir que si bien no soy técnicamente virgen tampoco podría decirse que poseo una gran experiencia en lo relativo al sexo.
Sin dejar de reír, Damián se acercó, la besó en la boca y dijo:
– Sara, Sara… No te preocupes, iremos despacio.
Después, el príncipe empezó a bajarle los pantalones. Mientras lo hacía, no perdió ocasión de acariciarle el redondeado trasero.
– Voy a tomarme tiempo para desnudarte. Quiero ver cómo es cada centímetro de tu cuerpo y tendré que hacerlo con las manos.
Ella sintió un escalofrío de placer.
– Damián, no sé cómo…
– Relájate, preciosa. Yo sí sé cómo hacerlo.
Luego el hombre le quitó el jersey y acercó la boca hasta los senos. Comenzó a lamerle los pezones y la hizo jadear. Damián rió para sus adentros, disfrutando del modo en que aquel precioso cuerpo respondía a sus juegos. El aire estaba cargado de tensión y deseo y, con cada movimiento, la desesperación de los amantes era mayor.
– Recuéstate un poco, Sara -susurró-. Cuanto más lo hagas, será mejor.
Ella no sabía si sería capaz de hacerlo. Ya estaba temblando de deseo por él y el pubis le latía de un modo tan ardiente que no podía evitar sentirse al borde de la locura.
– Tendrás que tener paciencia -dijo él -. Apenas he comenzado a descubrir tu cuerpo y dada mi ceguera, necesitaré tiempo para recorrerlo todo. Mucho tiempo… La mujer gimió complacida.
– Yo podría ver cada centímetro de tu piel con sólo echar un vistazo, pero eres tan bello que…
A Sara le costaba hablar sin arquearse ante el contacto. Había tanta agitación en su cuerpo que parecía poseída.
– ¿Cómo un hombre puede ser tan sensual? -ronroneó-. No creo que sea capaz de esperar…
– Eso me gusta afirmó -Damián, besándole el estómago-. Ten calma, lo estás haciendo bien.
– No, de verdad te necesito.
Mientras Sara se estremecía, él se deleitaba con la reacción que generaban sus caricias y su boca.
– Por favor… Damián, por favor…
El se rindió a las súplicas desesperadas de su amante y la penetró con feroz determinación. De algún modo, parecía estar dedicado a un acto sagrado, lleno de dulzura y de cálido deseo, pero a la vez, lleno de promesas y reverencias; como una ceremonia milenaria de algún dios de las relaciones íntimas, una ofrenda a la tradición, una honra a las pasiones primitivas.