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Rápidamente, ella encontró su propio ritmo y lo mantuvo, gimiendo, mientras se rendía a la marea de sensaciones que la arrastraba al éxtasis. Damián se contuvo sin dejar de mover la cadera frenéticamente, mientras esperaba a que Sara derramara sus últimas lágrimas de pasión. Entonces, se entregó a su propia liberación. El orgasmo fue tan fuerte e intenso que el príncipe sintió que acababa de descubrir el verdadero placer.

Unos segundos más tarde, ambos estaban tumbados boca arriba, con los brazos entrelazados y jadeando. En cuanto recuperó el sentido, Sara comenzó a reír. Él hizo una mueca de desconcierto.

– ¿Mi manera de hacer el amor resulta tan graciosa?

– No -respondió ella-. Es sólo que esto es exactamente lo que había jurado que nunca ocurriría. Y ahora que ha sucedido, me muero por hacerlo otra vez.

Él sonrió.

– No te preocupes, sólo necesito un par de minutos para estar nuevamente en condiciones -afirmó, mientras le acariciaba los senos-. Pero tendremos que controlarnos.

– ¿Por qué? -preguntó Sara, con inocencia.

Él le acarició el cabello.

– Porque pienso pasarme toda la noche haciéndote el amor y ahora necesito recuperar las fuerzas.

– ¡Damián! -exclamó, entre risas.

Él era tan amoroso y divertido que Sara deseaba poder quedarse allí con él eternamente, alejados del mundo y sus problemas.

El príncipe la apretó contra él.

– Tenemos que recuperar el tiempo perdido – dijo, con tono grave-. Eres tan especial, Sara. Tenía hambre de ti, de todo lo que eres y representas. Ahora, voy a saborearte tanto como pueda.

Ella suspiró. Siempre había soñado que el amor sería de ese modo. Sólo necesitaba encontrar al hombre correcto. Y, definitivamente, Damián parecía ser perfecto para ella.

Él había vuelto a jugar con los senos de Sara. El gesto serio que había acompañado a su declaración anterior, había sido reemplazado por una sonrisa.

– Planeo conocer cada una de tus partes íntimas -declaró-. Y después de haberlas estudiado detenidamente, voy a dedicarme a ellas con toda la pasión de la que soy capaz.

– Estás loco -bromeó ella.

– Por ejemplo, este seno es tan suave y delicioso -dijo, mientras los acariciaba con la mejilla-. Cuando creo que ya no responde a mi estímulo, vuelve a tensarse y a llenar mi boca de ambrosía. Es algo único.

Sara hizo una mueca de escepticismo.

– Todos los senos son iguales…

– No, no lo son. Este es mucho más que una parte del cuerpo. Tiene personalidad propia -explicó.

Acto seguido, le besó los pezones y los endureció tanto que la propia Sara sintió la tentación de tocarlos.

– Y este otro va a requerir su buen tiempo de estudio hasta que pueda definirlo y conocer sus atributos particulares.

Ella lo miró con mala cara y le alejó la mano del pecho. Los juegos de Damián la estaban excitando y pensó que era mejor poner un freno.

– Esto es una tontería -dijo, negando con la cabeza-. ¿Qué diría el vaquero Sam?

– Sam estaría de mi lado. Nos parecemos mucho.

Antes de continuar, el hombre extendió una mano y comenzó a acariciarle el pubis. Sara jadeó, entremezclando la sorpresa y el placer.

– Sin embargo, si quieres que me ponga serio, preciosa, lo haré. Como te he dicho, sólo necesitaba un par de minutos para recuperarme.

Y para probar que no exageraba, en menos de un segundo, Damián se recostó sobre ella, se deslizó dentro y la atrajo hacia él. Era tanta la pasión que los envolvía que Sara tuvo que morder un cojín para no gritar.

– Detente -suplicó, entre jadeos-. No podemos seguir con esto.

– ¿Por qué no? -preguntó él.

La mujer movió la cabeza como si tratase de encontrar un motivo.

– No lo sé. Pero esto me parece decadente.

– ¿Qué dices? Decadencia es mi estilo de vida. Soy un príncipe, ¿recuerdas? -Dijo Damián, con cierto cinismo en la voz-. La realeza es naturalmente decadente.

Sara le acarició la cabeza. Amaba a ese hombre y eso era lo único que importaba de momento.

– No tiene por qué ser así y lo sabes – observó.

Él se recostó junto a ella y se apoyó en un codo para hablarle de frente.

– Cuando estoy contigo, esa misma decadencia parece transformarse en otra cosa de una manera increíble -expuso, mientras le acariciaba el rostro-. ¿Te he dicho ya cuánto te quiero, Sara Joplin?

La mujer contuvo la respiración. Le costaba creer lo que acababa de oír. Pensó que tal vez era algo que Damián decía comúnmente y que lejos estaba de querer significar lo que ella había entendido.

– ¿Sara?

En aquel momento, ella comprendió que frente a la imposibilidad de ver cuál había sido la reacción ante su declaración romántica, Damián necesitaba una respuesta verbal.

– Damián, creo que no deberías decir cosas así. Soy una persona simple y tiendo a tomar las cosas literalmente.

– Así es como quiero que lo tomes -afirmó y la besó con dulzura-. Te amo. ¿Quieres que te lo certifique por escrito? Te amo.

Acto seguido, Damián le tomó la cara entre las manos y agregó:

– No lo he dicho a la ligera, Sara. De hecho, jamás le había dicho algo así a otra mujer.

– ¿Nunca?

La mujer estaba temblando. No podía creer lo que acababa de oír y le costaba pensar con claridad.

– Nunca -reiteró él.

– De acuerdo, te creo -aceptó Sara con voz trémula-. Supongo que ya sabías que también te amo, así que…

Él rió, la rodeó con sus brazos y la acunó suavemente.

– Sara, mi amor, ¿qué te hace suponer que lo sabía si nunca me lo habías dicho?

– Creí que lo sabías.

– Pues te has equivocado. Por favor, dime que me amas.

Ella se humedeció los labios, respiró hondo y exclamó:

– Damián, te amo.

De repente, era Sara quien lo abrazaba, con lágrimas en los ojos.

– Te amo, te amo, te amo… -repitió la mujer.

Después, se pasaron media hora más hablando suavemente, riendo y abrazándose como si buscaran eternizar la magia del momento. Pero poco a poco, el mundo exterior comenzó a filtrarse en su conversación.

– Hay algo que no me has dicho -dijo Sara-. ¿Cómo ha tomado tu familia el que hayas roto tu compromiso con la joven Waingarten?

El gruñó y dejó caer la cabeza sobre la almohada.

– Hubo reacciones de todo tipo. A la duquesa le dio un ataque.

Ella asintió. Había visto algo de lo que Damián le contaba antes de escapar de la mansión. La duquesa había estado con el ceño fruncido en la última parte de la fiesta. Evidentemente, había comprendido que no habría ningún anuncio de casamiento.

– Marco parecía algo molesto. Creo que, en parte, se sentía responsable, pero sobre todo estaba irritado porque odia que le cambien los planes. Sin embargo, Garth y Karina me apoyaron absolutamente. Desde luego, Ted Waingarten amenazó con una demanda. Pero no teníamos ningún compromiso legal ni nada firmado, así que sus gritos e insultos no me preocupan.

Sara suspiró.

– Cuando desconectaste el intercomunicador y entraste con ella en esa habitación, yo pensé…

– Eso te ha pasado por chismosa -se burló Damián-. Había decidido decirle a Joannie que terminábamos y no creí que fuera justo permitir que alguien más escuchara esa conversación.

– Por supuesto. Me alegro de que lo hayas hecho en privado. De otro modo la habrías humillado -acordó ella-. Es sólo que hasta hace unos días, vuestra boda parecía tan importante y la inversión de su padre tan segura que me cuesta comprender qué te hizo cambiar de opinión y arriesgarlo todo.

El príncipe se quedó en silencio durante tanto tiempo que Sara creyó que nunca iba a contestarle. Finalmente, él se volvió, le acarició el cabello y comenzó a hablar en voz baja.