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– Intentaré explicarte cuanto pueda. Pero mucho de lo ocurrido se debe a emociones, no a hechos tangibles, así que tendrás que tenerme paciencia -hizo una pausa y respiró hondo-. Por diferentes motivos, siempre me he sentido la oveja negra de la familia. En parte, supongo que por haber pasado demasiado tiempo con la gente de Sheridan en lugar de estar en Arizona con mi hermano o aquí, con Karina. A eso, súmale que el ser el más joven en la familia no facilitaba las cosas. Siempre sentí que Marco y Garth ya lo habían hecho todo y que yo apenas era el hermanito menor que los seguía a todas partes.

Se detuvo unos segundos y rezongó: – Por Dios, parezco un viejo protestón… En fin, sólo intento explicarte lo que ha sucedido. Y, en cierta forma, también estoy tratando de entenderlo yo mismo -reconoció-. Cuando el año pasado todos viajamos a Nabotavia para ayudar con la revuelta contra la facción que había asesinado a mis padres, los mismos que habían administrado el país durante veinte años, soñé con vengarme y hacer grandes cosas. Ya sabes, las típicas fantasías del guerrero que vuelve a su tierra para salvar el honor de la familia y esas cosas… Sin embargo, a pesar de haber mantenido cientos de peleas a puñetazos, terminé negociando con los empresarios y haciendo tratos a cambio de financiación. No se puede decir que eso me haya hecho sentir cubierto de gloria. Marco y Garth eran los héroes del regreso. Yo, el tipo del dinero.

Más que resentido, Damián sonaba confuso. Sara se mordió el labio inferior. Deseaba poder reconfortarlo aunque supiera que cualquier intento sería un desatino. Hasta el momento, él había estado describiendo un conflicto relativamente lógico para un hermano menor y ella sabía que el asunto tenía otras aristas de las que aún no había hablado.

– Y entonces -continuó el príncipe-, cuando me quedé ciego creí que mis posibilidades de hacer algo grande eran nulas. Pero todavía no había hecho mi parte y necesitaba hacer algo que sirviera a mi familia y a mi país. Así que cuando ellos comenzaron a insinuar que realmente necesitábamos el dinero de Waingarten y que yo podía garantizarlo con una boda, creí que sería lo mejor para todos y acepté el compromiso. Me parecía una tontería en comparación con lo mucho que habían hecho los demás. Además, sentía que mi vida ya no valía la pena y por tanto no tenía nada que perder.

Acto seguido, se acomodó en la cama, pasó un brazo por debajo de Sara y se apretó contra

– Pero todo cambió cuando tú apareciste en mi vida -concluyó.

Después, el hombre se inclinó hacia adelante para besarla en la boca y, sin quererlo, la besó en la oreja. Ella rió y giró la cara para acercarle los labios.

– Es agradable saber que tengo poderes para cambiar la vida de alguien -dijo Sara con dulzura-. Y eso que sólo me he limitado a hacer mi trabajo.

– Has hecho tu trabajo y mucho más -aseguró Damián-. Sara, tu me has mostrado que estar ciego no era la muerte. En muchos aspectos, ha sido un nuevo y mejor comienzo para mí. Has ampliado tanto mi mundo que soy incapaz de concebir que no estés en él.

Entonces, ella le tomó la cara y le acarició las mejillas. Entre tanto, se le caían las lágrimas por la emoción.

– Damián, me alegra tanto que hayas comprendido que hay un potencial infinito en tu interior. Sabes que todavía estás a tiempo de hacer cumplir tus sueños de grandeza.

– Lo sé -dijo él, con confianza-. He descubierto que tengo recursos que jamás había imaginado. Aquí mismo.

A continuación, tomó una mano de Sara, se la llevó al pecho y repitió:

– Aquí mismo, en mi corazón.

Ella lo amaba, amaba estar en sus brazos y en su pensamiento, y amaba que él creyera que la amaba. Pero sabía que no duraría mucho, que era una relación imposible. Y, por mucho que intentase convencerse de que lo mejor era dejar que todo siguiera su curso, tratando de disfrutarlo mientras durase, su naturaleza práctica le impedía quedarse callada.

– Damián… como ya te he comentado, la gente suele confundir la empatia con su terapeuta y creer que…

Él la interrumpió con un gruñido.

– No, por favor, no vuelvas con eso. He pensado acerca de lo que dijiste antes de partir. Me he tomado dos días para pensarlo seriamente. ¿Y sabes a qué conclusión he llegado? – se detuvo por un momento y la besó intensamente-. Sara, te amo. Quiero estar contigo. Quiero hacer el amor contigo. No con mi terapeuta, contigo. Y dado que tú quieres lo mismo, ¿por qué diablos deberíamos negarnos esa posibilidad?

Sara no sabía qué responder. Todo lo que se le ocurría era que no debían estar juntos porque no sería correcto y, además, porque sabía que él le rompería el corazón aunque en aquel momento se creyera incapaz de hacerlo. Si seguían juntos, si se permitían esa posibilidad, tendrían que convivir con ese sino y, cuando quisieran evitarse el dolor, sería demasiado tarde.

Le temblaban las manos. Le habría encantado rendirse a la admiración que él decía profesarle, pero seguía sin poder creer que fuera cierta. Al menos, no totalmente.

– Damián, no lo entiendes -dijo, apenada-. No soy la persona indicada para ti. No es sólo porque no pertenezca a la nobleza… Es que no soy el tipo de mujer al que estás acostumbrado

– Menos mal -exclamó-. Porque no me gustan esas mujeres, me gustas tú.

– Lo que intento decir es…

A Sara se le quebró la voz en un sollozo. Cerró los ojos y se armó de fuerzas para seguir.

– Damián, no soy una mujer bonita. Soy alguien demasiado común para ti.

Él se recostó sobre ella y sonrió de oreja a oreja.

– Eres la mujer más bella que he conocido en toda mi vida.

– No, me temo que no lo soy.

– Sí, lo eres -insistió él, acariciándole la cara-. Te conozco, Sara. Puedo sentir tu belleza. La conozco con mis manos. Pero más que eso, la conozco con mi corazón.

Después, le dio tres tiernos besos en la barbilla y agregó: – Será mejor que lo entiendas, porque te amo y no acepto discusiones al respecto.

Sara suspiró. Lo amaba profundamente. Sin embargo, no veía un futuro posible para ellos. De hecho, temía que su idea de un futuro común fuese diametralmente distinta a la de Damián. Aunque llevaba toda la tarde y parte de la noche dejando que las cosas fluyeran y permitiéndose disfrutar de la compañía de su amante, sentía que tenía que hacer o decir algo para marcar la diferencia de algún modo.

– Por ejemplo, nunca he cocinado para ti -dijo de repente.

Él frunció el ceño con desconcierto. – ¿Eso te parece importante?

– Por supuesto -afirmó y se sentó en la cama-. Tengo que cocinar para ti.

Por el tono de voz de Sara, Damián comprendió que para ella se trataba de algo realmente significativo. Pero le parecía un tanto extraño. Prefería hacer el amor otra vez antes que comer. Hasta que de pronto se dio cuenta de que para ella, cocinar para él era un regalo. Un regalo de amor. Trató de recordar si alguna vez alguien le había hecho un regalo semejante y si acaso en ese momento había comprendido lo que significaba. Al parecer, había necesitado quedarse ciego para ver cuánto no había mirado antes.

– Tenemos que comer. Piensa que tienes que recuperar energía -argumentó Sara mientras se levantaba de la cama-. Iré hasta la tienda de la esquina a comprar algunas cosas. No me demoraré mucho. Y luego, te prepararé la cena.

Damián se recostó sobre la cama, cerró los ojos y proyectó la imagen de Sara en su mente. Ella se estaba vistiendo y él podía ver lo que estaba haciendo por el sonido de los movimientos, el ritmo de la respiración y las leves inflexiones en la voz. En cierta medida, veía mucho más que antes. Las cosas a las que jamás había prestado atención, ahora se revelaban con una claridad indiscutible. Y a Damián le gustaba lo que veía.

– Ven -le ordenó Sara-. Levántate para que puesta enseñarte el piso, así sabes dónde estás cuando me haya ido.