Él se levantó de mala gana, pero ella lo tomó de la mano y lo fue llevando de una punta a la otra, le señaló algunos puntos de referencia y lo dejó reconocer el terreno. Entre tanto, Sara disfrutaba de verlo completamente desnudo y trataba de fijar la imagen en su memoria.
– Aquí está tu bastón blanco por si lo necesitas -dijo ella, mientras regresaban al dormitorio-. Tengo que acordarme de comprar algunas bombillas. La luz del pasillo está estropeada y no se ve nada.
– Algo que, por cierto, a mí me concierne especialmente -comentó él, con sequedad-. Pero compra una nueva bombilla, si es necesario. Ya sabes cómo le teme la gente a la oscuridad.
Sara se rió del comentario, apuntó lo que necesitaba comprar, besó a Damián y cerró la puerta. Él la escuchó salir y caminó hasta el baño. Había decidido que una ducha fría le sentaría bien. Abrió el grifo, entró con cuidado en la bañera y dejó que el agua fresca le masajeara la piel. Cinco minutos más tarde, cerró la ducha, tomó una toalla y comenzó a secarse. Tenía una sensación de paz interior tan profunda que se preguntó qué habría ocurrido con la rabia que solía invadirlo. Al menos de momento, parecía haber desaparecido. Ahora se daba cuenta de lo desgraciado que había sido hasta entonces por culpa de su rencor.
De repente, comprendió que la acumulación de culpas y resentimientos se había convertido en algo casi palpable. La inquina hacia su padre, sumada al dolor por la muerte de su madre, a sus sentimientos de rebeldía y a la impresión de estar solo en el mundo, habían actuado como un elemento de tortura permanente.
Se dijo que necesitaría tiempo para sanar esas heridas. Tiempo para olvidar y perdonar. Pero que, como fuera, no tenía que preocuparse. Sencillamente, no debía volver a caer en esa trampa amarga.
Acto seguido, se puso los vaqueros, se recostó en la cama y cerró los ojos. Se sentía feliz de estar allí, esperando a que Sara volviera para hacerlo más feliz aún. Estaba casi dormido cuando, de pronto, oyó un ruido extraño.
Abrió los ojos a su oscuridad permanente y contuvo la respiración. Alguien estaba entrando al piso y no era Sara.
En ese momento, Damián recordó todo lo que había pasado en el último tiempo. Su accidente; las sospechas que tenía al respecto; el informe oficial que confirmaba sus temores; y la certeza de que alguien había querido herirlo, o incluso matarlo. Había hecho lo imposible para no pensar en ello y, de pronto, un ruido lo devolvía a ese horror.
Sin pensar, metió la mano en la lámpara de la mesita de noche para asegurarse de que no estuviera encendida. Se tranquilizó al sentir que la bombilla estaba fría. Después, se movió despacio en la cama para alcanzar la perilla que estaba junto a la puerta. Por suerte, también estaba apagada. Pensó que entonces tendría alguna oportunidad de mantenerse a salvo.
En la oscuridad, estaba en igualdad de condiciones. Tratando de no hacer ruido, se paró detrás de la puerta y esperó a que el intruso fuera por él.
Siguió esperando inmóvil por un buen rato. La otra persona fue primero hacia la cocina y luego salió al balcón. Cada paso que daba era una señal, alta y clara, para los nuevos sentidos que Damián había desarrollado desde el accidente. El príncipe esperaba que el intruso se volviera y fuera a buscarlo, pero eso nunca sucedió. Confundido, frunció el ceño mientras trataba de descifrar la situación.
La respuesta lo golpeó como un rayo. Aquella persona no iba tras él. Probablemente, ni siquiera sabía que allí. Estaba buscando a Sara. A Damián se le hizo un nudo en el estómago. Se sentía un idiota por no haberlo pensado antes. Había pasado bastante tiempo y ella debía estar al volver. Tenía que encontrar el modo de advertirla lo antes posible. No podía arriesgarse a que le pasara algo.
Por un momento, el príncipe vaciló. Le preocupaba estar equivocado. Existía la posibilidad de que se tratase de alguien a quien Sara conocía y, sencillamente, la estuviera esperando. Tal vez, era una persona que acostumbraba visitarla con frecuencia.
Entrecerró los ojos y trató de concentrarse.
No tardó en comprender que, definitivamente, no se trataba de una visita amistosa. Estaba seguro de eso porque sentía el ambiente cargado de vibraciones de enfado y maldad. Era una situación peligrosa y Damián debía tomar medidas. Si el bastardo no había ido hasta allí por él, podría salir y hacer algo para evitar que cumpliera su cometido. Pero necesitaba un arma con la que defenderse.
Buscó en la mesita de noche y sólo encontró una lámpara de cerámica y un libro. Consideró que no serían de ayuda. La tapa de vidrio de la cómoda, tampoco serviría mucho. Con cuidado, fue hasta el baño y encontró algo sobre la encimera. Le pareció que se trataba de un cepillo con mango de metal. Era demasiado liviano, pero serviría. Internamente, maldijo el día en que los artefactos del hogar dejaron de ser de hierro.
Con el cepillo en una mano, Damián avanzó por el pasillo hacia la sala, pegado contra la pared. Después, golpeó deliberadamente una mesa para atraer al enemigo.
No se oía ningún sonido en la sala. El príncipe contuvo la respiración e intentó adivinar qué haría el intruso. Finalmente, oyó pasos acercándose a él y se puso tenso, con todos los sentidos alerta, tratando de establecer velocidades y distancias.
Damián supo exactamente cuándo el visitante atravesaba el pasillo y lo golpeó en el momento preciso. Al menos, eso parecía porque después de sentir que el cepillo chocaba con carne humana, oyó un grito y un segundo después sintió que un puño le rozaba la mandíbula. El hombre no acertó con el puñetazo, de modo que giró sobre sus pies e intentó escapar. Damián se abalanzó sobre él pero erró en los cálculos y se fue de bruces contra el piso. El intruso aprovechó la situación y corrió a la cocina. En ese momento, se abrió la puerta y Sara entró al piso.
– ¿Damián? Espero que te gusten las anchoas.
Él alcanzó a oír cómo el hombre huía hacia el balcón.
– ¡Sara! ¡Sal de aquí! ¡Rápido! -gritó.
El príncipe trataba de alejarla del peligro pero no se dio cuenta de que estaba gritándole a una pared.
– ¿Qué? ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? -se alarmó Sara.
La mujer soltó las bolsas del mercado y corrió hacia el lugar en el que estaba Damián.
– ¿No lo has visto? En el balcón…
Acto seguido, ella fue hasta el balcón y hecho un vistazo a la calle. Estaban en un primer piso y bastaba un salto para alcanzar la calle.
– ¿Quién era? -preguntó Sara.
Al notar que él seguía sosteniendo el cepillo metálico como un garrote, intentó tranquilizarlo:
– Ya se ha marchado.
Damián no estaba seguro de si estaba alegre o apenado. El corazón le latía tan fuerte que temió que fuera a darle un infarto. Continuaba tan alterado que quería golpear al hombre una vez más, aunque más fuerte y certeramente.
– No tienes ningún novio que pueda entrar cuando no estás, ¿verdad? -preguntó, para no arriesgarse a meter la pata.
– No. Además, soy la única que tiene llave del piso.
El príncipe asintió con la cabeza. La respuesta de Sara no hacía más que confirmar sus sospechas. El sabía quién era el intruso y, también, que el peligro no había terminado. El hombre volvería y, la próxima vez, probablemente estaría más preparado.
– Tenemos que salir de aquí, Sara.
Seguidamente, Damián volvió a la habitación, buscó su ropa y comenzó a vestirse mientras le contaba los detalles de lo ocurrido.
– ¿Había entrado algún intruso antes? – preguntó él.
– Nunca jamás.
Damián asintió con la cabeza.
– Entonces me temo que ha estado aquí por mi culpa -reflexionó-. Es obvio que sabe que me lastimaría si te hiere. Por eso tenemos que irnos.
– ¿Irnos? ¿Adonde?
La pregunta de Sara lo hizo vacilar. Todos en la mansión de Beverly Hills se habían marchado hacia Arizona y Karina estaba con las prisas de la boda. No estarían a salvo en una casa vacía.