– Si no te dijera lo que tienes que hacer, estarías perdido y dándote golpes contra las paredes -se defendió Sara-. Salgamos de aquí.
Sin más, fueron al hospital. Una vez allí, Mandy fue ingresada rápidamente en una habitación individual y medicada a través de un goteo, con la esperanza de que las contracciones disminuyeran o cesaran por completo.
– Si el bebé naciera ahora, no sería un desastre -explicó el médico-. No obstante, preferiríamos que esperara una o dos semanas más antes de traer a ese angelito a este mundo desquiciado. Cuanto más a término llegue con el embarazo, mejor. Mandy necesita descansar, así que os pediría que os vayáis a la sala de espera. Tendremos que esperar una hora para ver cómo evoluciona. En cuánto lo sepamos, os avisaré.
Unos minutos más tarde, los tres acompañantes se instalaban en las sillas de la sala de espera. Estaban ansiosos, pero esperanzados. Jim tomó una revista, la hojeó casi sin mirar y la regresó a la mesa. Después se puso de pie, luego se sentó unos segundos y volvió a pararse. Sara movió la cabeza de lado a lado y esbozó una sonrisa. La enternecía el modo en que su cuñado se preocupaba por Mandy, aunque había que admitir que no era muy bueno afrontando una crisis. Todo lo contrario que le ocurría Damián.
Volvió a pensar en el modo en que el príncipe había defendido su piso de aquel intruso, a pesar de que la ceguera aumentaba las dificultades y el peligro. Por momentos, Sara sentía la imperiosa necesidad de tocarlo para comprobar si era real. Lo ocurrido aquella noche era una prueba de los avances de Damián. Sin embargo, todavía no había aprendido el lenguaje Braille y por tanto no podía leer. La terapeuta sentía que esa falta le quitaba independencia y sabía que debía hacer algo al respecto.
En ese momento, tuvo una idea. Por alguna razón, seguía teniendo con ella el bolso de Mandy y recordó que había visto que Jim metía un grabador y unos auriculares. Revolviendo en el bolso, encontró el aparato y cambió la cinta que estaba puesta por una de poesía de Nabotavia que el duque había llevado para Damián. Acto seguido, le puso el grabador en las manos y dijo:
– Ya que no puedes leer una revista, podrías entretenerte escuchando algo.
Él asintió y se puso los auriculares. Sara lo miró con aprensión porque no estaba segura de cómo reaccionaría al comprender lo que ella había hecho. Cuando la cinta empezó a correr, el príncipe arqueó una ceja pero no hizo más comentarios. Tras observarlo durante algunos minutos, la mujer se levantó a buscar una revista. No sabía si estaba oyendo algo o no. En cualquier caso, agradecía el buen gesto del duque.
Damián estaba escuchando con atención. Eran poemas que había leído cientos de veces. Las palabras eran bellas, llenas de ideales y valores que reflejaban la edad de oro de Nabotavia. Se preguntó si él y sus hermanos serían capaces de reconstruir ese tiempo para su pueblo.
De repente, sintió que algo resplandecía ante sus ojos. Contuvo la respiración. Le había ocurrido antes y, como entonces, apenas había sido un centelleo. Había sido tan rápido y pequeño que se dijo que debía ser una ilusión provocada por su propio deseo. Anhelaba recuperar la visión con todo su ser. Desde que aquella mujer había llegado a su vida había aprendido mucho y sabía que su ceguera no era el fin del mundo. Pero sentía que la vista era un don casi divino. Estaba dispuesto a darlo todo a cambio de poder mirarse en los ojos de Sara.
Suspiró y volvió a los poemas.
Media hora después, se quitó los auriculares y le devolvió el grabador a Sara.
– Me duele la cabeza -dijo.
Ella lo contempló por unos instantes y pensó que al menos había hecho el intento.
El médico regresó una hora más tarde para informarlos de que no había habido cambios y que lo mejor era que Mandy se quedara en observación hasta la mañana, con la esperanza de que para entonces las contracciones hubieran cesado. Como el obstetra accedió a que Jim se quedara con ella en la habitación, Sara y Damián se llevaron el coche y volvieron a la casa de los futuros padres.
Poco después, los amantes estaban recostados en el sofá cama de la sala. Era tarde y estaban agotados por las emociones del día.
– ¿Cómo está tu dolor de cabeza? -preguntó ella en voz baja.
El príncipe se encogió de hombros.
– Sigue ahí, aunque ya no es tan intenso. En cuanto descanse un poco se me quitará.
Pero Sara sospechaba que Damián no volvería a descansar hasta que quien trataba de herirlos estuviera tras las rejas. De hecho, al llegar a la casa había llamado a Jack en Arizona para que le recomendara a alguien de confianza que pudiera revisar si efectivamente en el coche había una bomba. Supuestamente, lo sabrían por la mañana.
– ¿Por qué simplemente no llamas a la policía e informas de lo ocurrido?
Ante la falta de respuesta, la mujer se volvió para mirarlo a la cara. A pesar de la ceguera, el príncipe tenía la mirada llena de angustia. Sara creyó que conocía el motivo de esa pena.
– Piensas que se trata de Sheridan, ¿no es así?
Él permaneció en silencio por un momento y luego asintió lentamente.
– Desde el principio, ese ha sido mi mayor temor -confesó, mientras la abrazaba-. Sheridan es tan difícil de entender como de explicar. Ha sido mi mejor amigo, un hermano para mí y, a la vez, mi mayor enemigo. Es rápido, inteligente y divertido.
Antes de continuar, Damián suspiró y movió la cabeza en sentido negativo.
– Sin embargo, no siempre es alguien equilibrado. Le he visto hacer cosas sin sentido. De hecho, la familia estuvo a punto de internarlo en un psiquiátrico. Aun así, sigo sin poder creer que quiera lastimarme.
Sara respiró hondo y luego confesó lo que estaba pensando.
– Entiendo que te cueste creerlo, pero si de verdad era él quien estaba en mi piso, probablemente tenga algo que ver con tu accidente. Tienes que decírselo a la policía.
– No puedo.
Ella se incorporó y lo miró con detenimiento.
– Damián, no seas necio. Estás en peligro.
– Es como un hermano para mí. ¿Serías capaz de entregar a tu hermana?
Sara tragó saliva.
– Si creyera que va a lastimar a alguien…
– Pero al único al que realmente quiere herir Sheridan es a mí.
– ¡Pretende asesinarte!
– No -dijo él, con vehemencia-. Yo no creo que sea así.
– Pero…
– No lo entiendes.
– Entonces, explícamelo.
El príncipe volvió la cabeza hacia Sara y, durante una fracción de segundo, creyó que había podido verla. Al menos, su contorno. El corazón comenzó a latirle a toda velocidad. No era la primera vez que le ocurría. En los últimos días, había visto fogonazos de luz en varias oportunidades. Al principio creyó que era producto de su imaginación, una consecuencia de su deseo desesperado por recuperar la visión. Pero cada vez eran más frecuentes y comenzaba a pensar que quizá, por fin, la estaba recuperando. Todavía no sabía en qué condiciones ni por cuánto tiempo; sin embargo, el presentimiento de que volvería a ver lo cambiaba todo.
Había aprendido que podía ocuparse de su vida aunque fuera ciego. Sara se lo había enseñado. No obstante, si pudiera ver se sentiría mucho más seguro frente a la amenaza que lo acechaba. Por eso, la evidencia de que estaba recuperando la vista le permitía confiar en su habilidad para manejar a su amigo.
Más temprano que tarde, Sheridan tendría que vérselas con él. De todo, lo que más le preocupaba a Damián era el momento en que la verdad que tan cuidadosamente había ocultado a su familia saliera a la luz. Sabía que tendría que haberlos advertido desde un primer momento. Al igual que el secreto que estaba a punto de revelarle a Sara.
– Cuando digo que Sheridan y yo somos como hermanos, hablo en serio, Sara. Lo que intento decirte es que tenemos el mismo padre.
Ella lo miró con sorpresa y dio un grito ahogado.
– OH, Damián…