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Acto seguido, la mujer apoyó una mano sobre el pecho de su amante y lo acarició como si tratase de consolarlo con el roce de los dedos.

– Mi padre y su madre… -dijo él, con la voz entrecortada-. La madre de Sheridan era hermana de la mía.

– Damián, lo siento tanto.

Sara siempre supo que, por alguna razón, el príncipe despreciaba a su padre. Ahora, comprendía por qué.

– No imaginas cuánto sufrí al descubrir todo esto… -afirmó él -. Por cierto, mis hermanos aún no lo saben.

– ¿Y cómo lo supiste?

– Por Sheridan.

– ¿Él te lo dijo? ¿Cómo lo sabía?

– Sheridan tuvo una familia muy particular. Su madre y su padre se odiaban mutuamente. Se arrojaban acusaciones como puñales. En una de esas discusiones, alguno de los dos gritó la verdad y el pobrecito la oyó. Apenas era un niño cuando lo supo. Un día se enfadó conmigo y me lo contó. Desde entonces, siempre sostuvo que era injusto que yo fuese un príncipe y él apenas el hijo de un barón, considerando que teníamos el mismo padre biológico -hizo una mueca de dolor y continuó-. Me trajo pruebas y además, sus padres y me confirmaron que era verdad.

Sara no salía de su asombro.

– ¿Cuántos años tenías entonces?

– Cerca de veinte, creo.

Ella movió la cabeza de lado a lado. La entristecía pensar que Damián hubiera sufrido tamaña desilusión.

– Es una muy mala edad para escuchar algo así sobre tu padre.

– Sí.

– Pero al parecer, tenías la madurez suficiente como para intentar preservar a tus hermanos del dolor.

– No quería que tuvieran que atravesar lo mismo que yo. Quería que siguieran viendo a nuestro padre como un héroe.

Sara frunció el ceño y miró a su amante con ternura.

– Imagino que te sentirías perdido al enterarte de la verdad.

– No imaginas cuánto…

– OH, Damián… -murmuró, mientras le acariciaba el pecho-. Desearía poder aliviar tu pena.

El se acercó tanto como pudo y le susurró al oído.

– Lo haces. Cuando estás conmigo me siento entero y a salvo de cualquier dolor.

Ella sonrió y se hundió en su abrazo.

– ¿Sabes? Sinceramente, lo que me has contado no cambia la admiración que siempre tuve por tu padre. Era un gran hombre.

– Un gran hombre jamás le partiría el corazón a quien lo ama -contestó, con brusquedad.

– Damián, no seas tan severo. Los grandes hombres también tienen debilidades. La perfección es una meta a alcanzar, no una condición inexorable.

Él rió por lo bajo.

– ¿Tienes palabras reconfortantes para cada situación?

– Efectivamente -respondió ella-. Espera y verás.

El hombre la abrazó con fuerza por unos minutos y luego le confesó que se moría de sueño. Sara suspiró y se acurrucó entre los brazos de su amante. Antes de cerrar los ojos, se dijo que debía aprender a disfrutar de lo que tenía sin preocuparse tanto por qué le depararía el destino.

Damián se despertó, se estiró y disfrutó al ver cómo el sol entraba por la ventana de la sala. Le tomó algunos segundos poder reaccionar.

Por un momento creyó que estaba soñando. Entonces, cerró los ojos, contó hasta diez y los abrió de nuevo. No era un sueño, realmente podía ver.

Estaba tan feliz que sintió que el pecho le iba a estallar por la emoción. La oscuridad se había ido y podía ver. Por fin, había logrado escapar de la penumbra permanente. Volvió a cerrar los ojos e hizo una rápida oración para agradecer a los dioses por atender a sus ruegos. Al terminar, los abrió ansioso. Ahora que podía, quería verlo todo.

Sin embargo, no acababa de comprender por qué había ocurrido y se preguntaba qué había hecho y qué debía hacer para asegurarse de no volver a perder la vista. No quería arriesgarse a caer de nuevo en la oscuridad, así que decidió que por un rato se movería con cuidado y disfrutaría del milagro.

En ese momento, Sara se movió a su lado. Damián sonrió y se tomó unos segundos antes de volverse a mirarla. La perspectiva de poder verla realmente era la mejor prueba de que no estaba soñando.

Pero necesitaba ir despacio. Empezó por mirarle los pies, eran delgados y llevaba las uñas pintadas de rosa. Después, recorrió todo el largo de las piernas. Los tobillos delicados, la piel apenas bronceada, cada peca, cada músculo hasta llegar a la imponente belleza de los muslos de su amante. Le bastaba contemplarla para sentirse brutalmente excitado. La deseaba y se moría por hacerle el amor en ese instante. De todas maneras, se contuvo. Aún le quedaba mucho por descubrir.

Acto seguido, levantó un poco la vieja camiseta que Sara se había puesto para dormir. Alcanzó a ver que llevaba unas sensuales bragas de encaje que apenas le cubrían la fascinante curva del trasero. Anhelaba deslizar la mano por debajo de la tela, pero no quería hacer nada que pudiera despertarla.

Le dolía el cuerpo de desearla tanto. Con todo, prefería esperar y seguir estudiándola parte por parte. Por ejemplo, podía continuar con el ombligo. Era pequeño y sobresalía levemente. La mujer tenía un estómago precioso, enmarcado por unas caderas generosas, perfectas para aferrarse a ellas al hacer el amor. Él quería besarle el ombligo, rodearlo con la lengua y explorarlo.

– Ten paciencia -se dijo mentalmente-. Todavía no has terminado.

A continuación, levantó un poco más el borde de la camiseta. La visión de los senos, con los pezones tersos y rozados, lo dejó sin aliento. El deseo se estaba convirtiendo en necesidad desesperada. Comenzó a acariciarle un brazo y fue subiendo hasta la clavícula. Mientras se deleitaba con la imagen podía sentir el pulso y la respiración de Sara.

Después, Damián cerró los ojos e intentó mantener la calma. Había llegado el momento de mirar la cara de la mujer que amaba. Sabía cómo era porque la había estudiado decenas de veces con los dedos. Pero esto sería algo especial. La primera visión real de Sara Joplin.

Se humedeció los labios, abrió los ojos y la miró.

Como nunca antes, ahora podía afirmar que lo suyo era amor a primera vista. Sara tenía la piel rozada y suave como un melocotón. Los labios eran carnosos y exuberantes, la nariz pequeña y respingona, unas pestañas largas y doradas bordeándole los ojos y el cabello rubio platino cayendo sobre una mejilla. Por donde la mirase, le parecía la mujer más hermosa del mundo y sentía que su amor por ella le desbordaba el alma.

El príncipe se quedó contemplándola durante un largo rato. Mientras se llenaba los ojos y el corazón con la imagen, pensaba en lo afortunado que era por tener a Sara en su vida y por haber recuperado la vista para poder disfrutarla completamente. Casi sin darse cuenta, comenzó a besarla en el cuello.

– Mmm… -murmuró ella, adormilada-. Buenos días.

– No imaginas cuánto -afirmó-. Pero tendrás que descubrir por qué lo digo.

Las caricias matinales fueron tornándose cada vez más ardientes hasta convertirse en una nueva sesión de sexo desenfrenado. La energía y la entrega que mostraba Sara sólo servían para intensificar la pasión de Damián. Jamás había estado con una mujer tan receptiva y agresiva a la vez. Era maravillosa y cada vez estaba más convencido de que eran el uno para el otro.

– Sara, Sara -susurró, entre besos -. Nunca había conocido a alguien como tú.

Aunque conservaba la sensación del orgasmo impregnada en la piel, la mujer se divirtió tomándole el pelo a su amante.

– Tanta mujer para ti solo asusta, ¿verdad?

Él rió a carcajadas y mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, comentó:

– Maldita sea, ¿siempre tienes que tener razón?

– Pues estamos empatados -aseguró ella-. Porque tú también me asustas.

Al hablar, Sara miró al príncipe con los ojos llenos de amor. Él sonrió con picardía.

– Creo que te temo desde el primer día, cuando apareciste en la entrada principal – dijo él, acariciándole una mejilla-. Tenía la certeza de que harías cosas que cambiarían mi vida para siempre.