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– Quiero creer que para mejor, porque… Damián la interrumpió con un beso largo e intenso en la boca.

– Para mejor, por supuesto -acordó.

Después, la envolvió con los brazos. Sara era tan suave y tersa que le parecía de terciopelo. Todo en ella era absolutamente adorable. Por un segundo, Damián evaluó la posibilidad de decirle que había recuperado la vista. Pero no lo hizo.

De pronto, Sara se volvió hacia él con el ceño fruncido.

– Puedes ver, ¿no es así?

El hombre vaciló unos segundos y luego asintió con una sonrisa avergonzada. Poder compartir su recuperación con Sara lo llenaba de felicidad.

– ¿Cómo te has dado cuenta?

Ella movió la cabeza en sentido negativo y se acomodó sobre un codo para mirarlo a los ojos. Estaba visiblemente emocionada.

– No lo sé. Sentí que algo había cambiado y de algún modo supe qué era -explicó, entre risas-. ¡Puedes ver! Es maravilloso.

– ¿Te das cuenta de lo que significa?

Sara parecía confundida con la pregunta.

Él la miró con un gesto de superioridad y argumentó:

– Significa que yo tenía razón. Te había dicho que podía recuperar la vista, ¿recuerdas?

– Tienes razón -admitió, con una sonrisa-. Imagino que ahora pretenderás que me arrodille ante tu inmensa sabiduría.

– Es lo menos que puedes hacer…

– ¡Ni lo sueñes! -exclamó ella, mientras lo golpeaba con un cojín.

Damián tomó otro y le respondió igualmente. La guerra de almohadas estuvo más marcada por la torpeza y las risas que por los golpes certeros. Terminó cuando él la empujó hacia atrás y la obligó a rendirse a besos.

– Así que realmente puedes ver… -dijo Sara, con pretendido pesar-. Me preocupa que ya nunca vuelvas a hacerme el amor como ayer.

– Me vendaré los ojos si así lo quieres – protestó el príncipe.

– Más vale que no te atrevas. La mujer parecía estar tan feliz como Damián.

– ¿Cómo es? ¿Cuánto puedes ver? -preguntó.

Él se encogió de hombros.

– Todo. Siento los ojos algo cansados y veo un poco borroso, pero eso es todo. Es como si al dar vuelta a la página hubiese regresado al punto de partida.

Sara asintió emocionada.

– Es algo que puede pasar, lo he visto en otras oportunidades. ¿Estás contento?

– ¿Tú qué crees? -respondió él, con una sonrisa de oreja a oreja-. El solo hecho de poder ver tu preciosa cara basta para hacerme feliz por el resto de mi vida.

Por primera vez, Damián vio una sombra de duda en los ojos de su amante, aunque no estaba seguro de qué significaba. Con todo, ella no dejó de hablar animosamente durante el desayuno.

Después, mientras Sara se duchaba y se vestía con ropa de Mandy, el príncipe aprovechó para hacer algunas llamadas. Al parecer, ella asumía que irían juntos al hospital.

– Temo que no podré acompañarte -dijo él.

Repentinamente, la alegría de la mañana se había transformado en un gesto adusto. Damián no podía ocultar que estaba preocupado por los asuntos con los que debía lidiar.

– Acaban de darme el resultado de la revisión de tu coche, Sara. Tal como suponía, había una bomba programada para estallar en cuanto encendieras el motor.

Impresionada, la mujer se tapó la boca con una mano. Conocer la verdad era más aterrador que sospecharla.

– No era una bomba muy potente, habría hecho mucho ruido pero nada más. Obviamente, pretendía intimidar más que lastimar. En cualquier caso, habría sido una situación desagradable -agregó Damián-. He decidido que tomaré el primer avión que salga para Arizona.

– ¿Por la boda de tu hermana?

Sara comenzaba a sentirse excluida. Sabía que era una exclusión inevitable, pero saberlo no implicaba que doliera menos.

– En cierta forma, sí. Quiero ver si puedo atrapar a Sheridan -explicó el príncipe-. Como todos piensan que no voy a ir, tendré más oportunidades de agarrarlo con la guardia baja.

– Pero, Damián, si él está plantando bombas en los coches, y si es quien saboteó tu barco, es demasiado peligroso como para que lo afrontes solo. Llama a la policía y deja que ellos se ocupen.

Él frunció el ceño, sorprendido de que ella siguiera sin comprender que no podía hacer algo así.

– No puedo, Sara. Es un asunto de familia. Un crimen de Nabotavia. Tenemos que manejarlo entre nosotros.

Ella lo miró horrorizada.

– Haces que suene como si se tratase de una parte de El padrino. Las sociedades civilizadas no actúan de ese modo.

– Nabotavia es un país tan civilizado como cualquiera -replicó, molesto-. O al menos lo será en cuanto retomemos el control del gobierno.

Hizo una pausa para tratar de recobrar la calma y luego continuó.

– Sara, no puedes comprender cómo son las cosas. Tengo que ocuparme de esto, es parte de mi cultura. Es parte de quien soy. Y, tratándose de un tema que involucra a un miembro de mi familia, es fundamental que evitemos que la prensa se entere.

La mujer estaba roja de rabia.

– Lo siento, pero no estoy de acuerdo. Lo fundamental es evitar que te maten.

Damián se dio media vuelta convencido de que no tenía ningún sentido seguir discutiendo por más tiempo. Sara se mordió los labios, con la certeza de que no podría hacer nada para que cambiara de opinión.

– ¿Quieres que te acompañe? -preguntó, esperanzada.

Él vaciló antes de contestar.

– No, es mejor que te quedes y ayudes a tu hermana. Estaré de regreso tan pronto como pueda. No se te ocurra acercarte a tu piso antes de que vuelva y pueda acompañarte, ¿de acuerdo?

Ella asintió, aunque en el fondo se sentía desconsolada. Damián había recuperado la vista y ya no la necesitaría más. Era maravilloso, por supuesto, pero lo cambiaba todo. Además, le preocupaba que después de haberla visto con sus propios ojos pudiera sentirse decepcionado. A fin de cuentas, ella no era como la mayoría de las mujeres con las que él salía sino, sencillamente, alguien común y corriente llamado Sara Joplin.

Más que preocupada, estaba convencida de que Damián estaba decepcionado. Pero sabía desde siempre que tarde o temprano sucedería. -Te llevaré al aeropuerto -dijo, con frialdad-. Aunque realmente creo que deberías ver a un médico antes de viajar. Él negó con la cabeza. – No tengo tiempo. Te prometo que será lo primero que haré cuando regrese.

Para entonces, Sara había dejado de confiar en las promesas del príncipe.

– Por lo menos, asegúrate de usar las gafas de sol.

– Pensaba hacerlo. Además me llevaré el bastón blanco.

– ¿El bastón blanco? ¿Para qué?

– Nadie en Arizona tiene que saber que puedo ver.

– Ah…

Después, la mujer lo condujo hasta el aeropuerto. Tom lo estaba esperando para acompañarlo, él le dio un beso de despedida pero como ya tenía la cabeza puesta en las cosas que debía hacer en Arizona, Sara sintió que apenas recordaba quién era ella y cuánto habían compartido durante las últimas horas.

En el camino de regreso, comenzó a llorar desconsoladamente. Las lágrimas hicieron que se sintiera furiosa consigo misma. No entendía por qué lloraba de ese modo si siempre había tenido claro que una relación amorosa entre ellos no tendría futuro.

Ella no era exactamente una princesa. De hecho, ni siquiera servía como amante. Había estado viviendo un sueño gracias a la ceguera de Damián. Pero eso había terminado. Al igual que su ilusión.

Se secó las lágrimas con un pañuelo. No quería que su hermana viera que había llorado.

– Han conseguido estabilizarme -contó Mandy, con alegría-. Tengo que quedarme en observación hasta mañana, pero se supone que entonces podré irme a casa.

– Ojalá que sí -dijo Sara y la abrazó -. Apenas puedo esperar para ver a este muchachito, pero será mejor que se fortalezca un poco más antes de nacer.

– Hablando de muchachitos, ¿dónde está tu príncipe? -preguntó la joven-. Es guapísimo. Yo le habría dado el trono con sólo mirarlo.