Damián había vivido con la familia el tiempo suficiente como para padecer el resentimiento de su tía en carne propia.
– Disculpa, tío, pero si vamos a seguir discutiendo obviedades, prefiero dedicarme a otros asuntos.
El duque frunció el ceño y suspiró resignado:
– La impaciencia de la juventud… ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí, hablaba de tu tía y su rencor. Bueno, con el correr de los años, ella y tu madre se fueron alejando cada vez más, fundamentalmente, porque Julienne dificultaba las cosas. Después, los Radicales de diciembre secuestraron a tu padre y lo tuvieron encerrado en un calabozo durante un mes.
Damián asintió.
– Conozco la historia. Es una leyenda entre nosotros.
Inmediatamente recordó que el duque había sido uno de los que habían rescatado a su padre y se lamentó por lo dicho. Aun así, siguió preguntándose si aquella charla le aportaría alguna información nueva.
– Sabes que los radicales querían que tu padre les diera detalles de la alianza secreta que nuestro gobierno tenía con el de Alovitia. Creían que existía un depósito de oro oculto en alguna parte y no recuerdo qué otra sarta de tonterías. Al ver que no conseguían sacarle información mediante la tortura física, lo narcotizaron para ver si de ese modo obtenían algún dato.
– Sí.
– Todo eso lo sabes. Lo que desconoces es que Julienne, motivada por su espíritu rebelde, tenía cierta simpatía por los radicales. Supongo que jugar con fuego la hacía sentir joven y excitante – argumentó el duque-. Se rumoreaba que tenían reuniones secretas en su mansión, que los financiaba y cosas así. Al parecer, llegó un momento en que los radicales consideraron que estaba muy comprometida con su causa y le pidieron que los ayudara con tu padre.
Damián se enderezó, pero no dijo ni una sola palabra. Efectivamente, no conocía esa parte de la historia.
– Julienne se encerró en el calabozo con tu padre y se hizo pasar por tu madre. Como él estaba en un estado de semi delirio por culpa de las drogas, creyó que se trataba de Marie. Así es como tu primo fue concebido.
El príncipe estaba paralizado por la impresión.
– ¿Cómo pudo hacer algo así? -susurró.
El viejo se encogió de hombros y dijo:
– Tal vez porqué seguía enamorada de él.
– No te equivoques, tío. Julienne no amaba a nadie salvo a su hijo y a ella misma. He vivido con ellos y sé por qué lo digo.
De pequeño, Damián había querido aferrarse a su tía. Fantaseaba con ella como una imagen materna. Después de todo, era la hermana gemela de su madre y al estar alejado de ella, había intentado transferir sus sentimientos hacia Julienne. Sin embargo, la madre de Sheridan siempre lo trató como un bulto que se veía obligada a cargar y, rápidamente, se ocupó de amedrentarlo, dejando en claro que su hijo era lo único que le importaba, no había vuelto a pensar en esos días durante años, pero en aquel momento recordó cuánto lo había lastimado ese rechazo.
– Lo hizo por rencor -afirmó -. Es una traidora y debería ser enjuiciada.
El duque le apoyó una mano en el hombro.
– Eso pasó hace mucho tiempo, Damián. Todos se han perdonado.
El príncipe miró al anciano con detenimiento.
– No es cierto, ni todos han perdonado ni el problema está resuelto.
Damián tuvo que contenerse para no revelarle a su tío que Sheridan estaba intentando asesinarlo.
– ¿Qué pasó cuando mi padre se dio cuenta de lo que Julienne había hecho? -continuó-. ¿Mi madre lo sabía?
– Claro que sí. Tu tía se aseguró de que lo supiera.
– ¿Lo ves? Es una resentida.
– Puede ser. En cualquier caso, tu madre la perdonó. Pero tu padre no volvió a hablarle nunca -dijo y sonrió -. Y, por supuesto, tú fuiste concebido poco después que Sheridan. Eso debiera decirte algo.
Damián movió la cabeza en sentido negativo. Estaba aturdido por la revelación.
– Desearía que me lo hubieras contado antes.
– No me había dado cuenta de que sabías que Sheridan era tu hermano hasta hace poco -esgrimió el duque, apenado-. Y cuando intenté hablar contigo, no quisiste oírme.
El príncipe hizo una mueca de dolor porque sabía que su tío decía la verdad.
– He sido un tonto.
– Quería que contártelo para que dejaras de odiar a tu padre, no para que empezaras a odiarte a ti -protestó-. Sólo sabías una parte de la verdad y es lógico que sacaras tus propias conclusiones. No te culpes por eso. Ahora que conoces la totalidad de los hechos, deja de martirizarte.
Damián se levantó dispuesto a marcharse, pero antes se inclinó para abrazar al anciano.
– Gracias, tío.
Mientras se enderezaba, recordó una frase y la evocó en voz alta.
– Tener piedad es ganarse el perdón. Y esa moneda conduce al paraíso.
El duque lo miró complacido.
– Has escuchado la cinta de poesía nabotaviana de Jan Kreslau -dijo, con emoción -. Creí que nunca lo harías.
– Sara se las ingenió para que la escuchara. El príncipe sonrió al pensar en ella.
– Sara, Sara… qué criatura más adorable… Dile que sigo trabajando en el árbol genealógico de su madre. Me está costando más de lo que pensaba, pero se lo daré en cuanto termine.
– Se lo diré. Y sí, Sara es maravillosa y sabía que el escuchar esa poesía me ayudaría a poner las cosas en perspectiva. Esos versos están llenos de belleza y sabiduría.
– Tu padre se sabía de memoria casi todos los poemas de Jan Kreslau y me los recitaba cada vez que podía. Odiaba sus sesiones de tortura poética -relató el duque entre risas -. Sin embargo, ahora daría cualquier cosa por volver a oír su voz profunda y grandilocuente pronunciando otra vez esas palabras.
En aquel momento, Damián le dio una afectuosa palmada en el hombro y abandonó el jardín. Estaba emocionado y le habría gustado tener a Sara a su lado. Al entrar en la casa, se detuvo a mirar uno de los retratos de su padre y sintió que se le hacía un nudo en la garganta. A pesar de la angustia, era un alivio poder amarlo de nuevo.
Al llegar al aeropuerto de Arizona, Sara llamó a la casa para confirmar con la princesa Karina que la invitación seguía en pie. Luego dejó el equipaje junto al del resto de los invitados a la boda, tomó un taxi y se dirigió al palacio Roseanova. Una vez allí, caminó hacia la entrada principal mientras admiraba la belleza del edificio. La luz del atardecer le aportaba un toque mágico a la escena.
Sara estaba ansiosa por ver a Damián, pero a la vez, le aterrorizaba la manera en que pudiera reaccionar al verla. De todos modos, no sabía cómo encontrarlo. El lugar estaba lleno de gente paseando, hablando y riendo y ella no reconocía a ninguno de los presentes. A primera vista, parecía más un parque temático que una casa. Había balcones y torretas en los pisos superiores, jardines que rodeaban la mansión, un lago artificial, decenas de estatuas clásicas y seis o siete fuentes pequeñas.
La imagen estaba enmarcada por el desierto de Arizona. El cielo estaba casi violeta y el eco de los truenos en la distancia parecía augurar una tormenta eléctrica. Sara no estaba segura, pero tenía la impresión de que los Roseanova habían tratado de construirse una pequeña Nabotavia para ellos.
Lo que sí tenía claro era que necesitaba encontrar a Damián. Acto seguido, se mezcló entre los invitados y comenzó a recorrer patios y jardines mientras observaba cómo los empleados acomodaban las mesas en el lugar donde suponía se celebrarían la ceremonia y la recepción.
Cuando estaba a punto de entrar en la casa, alguien oculto entre las sombras le tomó el brazo y Sara se sobresaltó.
– Pero miren a quién tenemos aquí -dijo el hombre, con la voz cargada de sarcasmo -. Ni más ni menos a que a la mismísima Sara Joplin.
A la mujer se le paró el corazón.
– Sheridan -exclamó, aturdida-. Creía que estabas en Europa.
– Lo estaba, pero he vuelto.
– Ah, qué bien…