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– Mal asunto -dijo para sí-. Pero tendré que arriesgarme.

Damián tenía el presentimiento de que Sheridan tenía a Sara y la única forma de recuperarla sana y salva era recurriendo a la policía.

No esperó más. Sacó el móvil del bolsillo y comenzó a marcar.

– Damián y yo pasábamos aquí las Navidades cuando éramos pequeños -contó Sheridan.

Aunque estaba mirando al cielo, tenía la mirada perdida en el pasado.

– Solíamos contar los días que faltaban hasta dejar el aburrimiento del instituto y subirnos al avión que nos traía a Arizona – continuó, con una sonrisa-. Los veranos también veníamos. Nos sentíamos libres de hacer lo que quisiéramos. Cabalgábamos por el desierto, acampábamos, cazábamos, perseguíamos pumas, visitábamos las reservas de los indios y sólo volvíamos al castillo cuando nos quedábamos sin comida. Eran buenos tiempos. En ocasiones, rezaba para que me permitieran ser un niño eternamente.

– ¿Tus padres también venían?

Sara estaba sentada junto a él, mirando las montañas rojizas que rodeaban la propiedad de los Roseanova. De tanto en tanto, algún relámpago atravesaba el cielo e iluminaba las cimas espectacularmente.

– ¿Mis padres? -replicó Sheridan -. Mis padres no vendrían a Arizona aunque les pagaran. Son incapaces de poner un pie fuera de su mansión sin tener confirmadas sus habitaciones en algún hotel de cinco estrellas. Y, siempre y cuando, se trate de ciertos hoteles.

– De modo que Damián y tú erais los dueños y señores del lugar.

– Absolutamente. A veces, venían los otros también, pero a nosotros no nos importaba. Vivíamos en nuestro mundo.

Cuando hablaba de esos días, el hombre no dejaba de sonreír.

– Suena como la niñez ideal. Algo así como una historia de Tom Sawyer en el desierto.

Él asintió. Después, la miró como si repentinamente hubiera recordado por qué estaba con él.

– Damián y yo estábamos muy, muy cerca -dijo, casi a la defensiva.

Sara lo miró con pretendida ingenuidad.

– Erais como hermanos.

En ese momento, Sheridan la miró con desconfianza, temiendo que ella supiera más de lo que debía sobre ese asunto.

– Sí… como hermanos -repitió

– Y seguís estando tan cerca como entonces -le recordó la terapeuta.

A él se le llenaron los ojos de lágrimas.

– Sí -reconoció a regañadientes-. Pero… Tienes que ayudarme, Sara. Quiero hablar con él pero no puedo.

– ¿Por qué no?

Sheridan sollozó e hizo un gesto de dolor.

– No comprendes cuánto quiero a Damián. Él es todo lo que tengo. A mi madre sólo le importa reavivar las llamas de su resentimiento. Y el barón se pasa la mayor parte del tiempo borracho. Pero siempre tengo a Damián. Es mi hermano.

Pero entonces, su rostro se llenó de sombras y volvió la mirada al horizonte.

– Lo malo es que él tiene mucho más – continuó-. Tiene a Garth, a Marco y a Karina. Damián tiene más hermanos, pero yo sólo lo tengo a él. ¿Comprendes, Sara?

Ella asintió. Lo que Sheridan acababa de decir explicaba muchas cosas. Sin embargo, ninguna explicación valía como excusa. Además, el tema más importante ni siquiera se había planteado. Si la conversación seguía sin llegar a ese punto, alguien iba a tener que traerlo a colación. Sara lo pensó un poco y decidió ser quien asumiera esa responsabilidad.

– Si lo quieres tanto, ¿por qué tratas de lastimarlo? -preguntó, con dulzura.

Él negó con la cabeza y se mostró sorprendido de que ella pudiera decir algo así.

– No, Sara. Damián es la última persona en el mundo a la que lastimaría. Sólo quiero ganar alguna vez. ¿Es tan difícil de entender?

– ¿Ganar?

– Sí, ganar. Ser el mejor.

La mujer no salía de su asombro.

– ¿Por eso has saboteado su lancha? ¿Para poder ganar? Podrías haberlo matado.

– No -afirmó, afligido -. Nunca he querido hacerle daño. Eso es lo que tengo que explicarle. Tienes que ayudarme…

Ella se quedó mirándolo. Sheridan acababa de admitir que era el responsable del accidente de Damián y Sara no sabía si quedarse allí o salir corriendo. Respiró hondo para contener la agitación y siguió con el improvisado interrogatorio.

– ¿A qué fuiste a mi piso la otra noche?

El estaba tan incómodo y avergonzado que apenas podía mirarla a los ojos.

– Te ví salir y… -balbuceó-. No sabía que él estaba allí, lo juro. De haberlo sabido…

– ¿Y mi coche? -lo interrumpió-. ¿Por qué pusiste una bomba en mi coche?

Sheridan la miró con miedo.

– Iba a ponerla en tu piso, pero no tuve tiempo. Tenía que ponerla en algún lado. No era una bomba muy grande, sólo quería que te asustaras.

Sara se quedó sin aire. Él lo estaba confesando todo.

– ¿Porqué? -exclamó indignada.

Sheridan respondió con una sarta de incoherencias.

– Porque tenía que hacerlo. No sé cómo explicarte lo mal que me siento en algunas ocasiones. Debía hacer algo para que las cosas mejoraran. ¿Entiendes?

– Sheridan.

Al oír la voz de Damián, ambos se levantaron de un salto y al darse vuelta lo vieron parado en un pequeño claro detrás del banco.

– Hola -dijo Sheridan, con miedo-. Sólo estaba hablando con Sara.

– Damián… -susurró ella.

Sara dio un paso adelante y le extendió una mano. Por la expresión del príncipe, supo que debía anticiparse para evitar que la situación se complicara todavía más.

– Sólo estábamos conversando -confirmó-. No me ha hecho nada.

– Nunca la lastimaría -aseguró Sheridan.

– ¿Qué nunca la lastimarías? -repitió el príncipe, furioso-. Al poner una bomba en su coche podrías haberla matado.

– No -insistió su hermanastro-. Sólo…

– Sólo estaba tratando de asustarme -interrumpió la mujer.

Damián se acercó un poco más. A cada paso, parecía más grande.

– ¿Y se puede saber por qué era tan importante asustarla?

– Porque no puedes tenerlo todo, Damián – dijo Sheridan, con crispación -. Porque es injusto que siempre ganes.

El príncipe quería partirle la cara de un puñetazo. Sin embargo, respiró hondo e hizo un notable esfuerzo para controlar sus impulsos.

– Yo no siempre gano, primo.

Damián había conseguido hablar con calma pero con los puños cerrados y listos para la pelea.

– Sí, siempre ganas. Sabes que es así.

– Eso es ridículo, Sheridan. Tú me superas en muchas cosas.

– Una vez te derroté en este mismo bosque – se ufanó el otro-. Era una carrera de caballos, ¿te acuerdas?

– Claro que me acuerdo. Mi caballo metió la pata en un nido de serpientes y quedó cojo.

– Eso no es verdad -refutó Sheridan -. Yo iba en la delantera antes de que le ocurriera nada a tu caballo. Te derroté de una manera justa y limpia. Era Navidad, ¿recuerdas?

Damián miró a su primo con detenimiento. Por su culpa había pasado varias semanas ciego. Además, se había metido en casa de Sara, le había puesto una bomba en el coche y los había aterrorizado a ambos. Por un momento, creyó que comprendía parte de la pena que había empujado a Sheridan a esa locura. Probablemente, él conocía mejor que nadie los demonios que habitaban en el alma de su primo. Pero tendría que lidiar con ellos porque no podía seguir amenazando a la gente de esa manera.

De modo que asintió con la cabeza y dijo:

– Tienes razón, ahora lo recuerdo bien. Me superaste a la altura del estanque.

– Exacto -exclamó Sheridan, con una amplia sonrisa-. Me alegra que lo recuerdes. ¿Lo ves? No siempre ganas.

El príncipe se quedó mirándolo como si, por primera vez en mucho tiempo, lo viera de verdad.

– Por supuesto que no siempre gano. Sheridan, tú siempre has sido mi mayor reto. Siempre he tenido que esforzarme mucho para superarte.