– Es verdad -aceptó, complacido.
En ese momento, el joven Ludfrond recordó por qué estaban discutiendo y cambió el tono.
– Damián, lamento todo lo que ha sucedido. No pretendía lastimarte y mucho menos dejarte ciego. Sólo quería que entendieras que no puedes ser el ganador en todo -declaró-. Quiero decir, ¿por qué siempre tienes que salir bien parado? Mírate, estás ciego y aun así sigues en la cima. Además, recibiendo elogios de todo el mundo. ¿Acaso no pierdes nunca? No importa lo que haga, siempre tú serás el primero.
Sheridan hizo una pausa, se llevó las manos a la cabeza y bajó la vista. Cuando volvió a mirarlos, tenía el pelo completamente revuelto. -Lo tienes todo -continuó-. Tienes una familia enorme, todos te aman. Y por el modo en que te mira, es evidente que Sara también te ama. En cambio yo… yo no tengo nada.
– Sheridan, no estás pensando con claridad. Tu vida está llena de cosas buenas -afirmó Damián.
Después, miró por un segundo a Sara y volviendo a su primo, sugirió:
– ¿Por qué mejor no vamos a hablar a la casa? Apostaría a que soy capaz de hacer una larga lista con las cosas buenas que hay en tu vida.
– ¿Sí? Dime una.
Damián se encogió de hombros.
– Me tienes a mí.
Sheridan lo miró con detenimiento. De repente, se le llenaron los ojos de lágrimas.
– ¿De verdad, Damián? -preguntó, con la voz quebrada.
– De verdad.
Acto seguido, el príncipe se adelantó, pasó un brazo por encima de los hombros de su primo y dijo:
– Vamos, entremos a comer algo y…
– ¡Espera un minuto! -gritó Sheridan.
Se libró del abrazo y se paró frente a Damián.
– Puedes ver, ¿verdad? Ya no estás ciego.
– Sí, he recuperado la vista hace un par de días. Así que, como ves, no es el fin del mundo, no me has hecho un daño permanente.
Sheridan se quedó mirándolo. No parecía estar muy contento con la noticia.
Damián no le dio importancia y lo abrazó de nuevo.
– Vamos, primo…
– ¡No!
Intempestivamente, Sheridan se soltó del brazo y comenzó a gritar una catarata de insultos que parecían provenir del fondo de su alma.
– ¡Maldito seas, Damián! ¡Ni siquiera has podido permanecer ciego!
– Sheridan…
El príncipe trató de detenerlo, pero su primo estaba completamente desquiciado. Cuando Sheridan le asestó el primer puñetazo, Damián perdió el control, lo agarró con ambas manos y lo empujó al suelo. Comenzaron a rodar por el césped, gruñendo mientras intentaban golpearse el uno al otro. A pesar de la rabia, la situación resultaba de lo más familiar. De pequeños habían tenido cientos de peleas como esa. Entre ellos siempre había habido mucho aprecio, pero también mucho rencor.
Damián se golpeó la cabeza con una piedra y por un momento temió perder el conocimiento. Sintió que se quedaba sin fuerza y que perdía el control de los brazos. Pero la sensación le duró poco y volvió a empujar a Sheridan contra el suelo. Después, se lanzó sobre él, le pegó un cabezazo en la frente y lo dejó fuera de combate. Se quedó recostado encima de su primo, jadeando y sintiéndose increíblemente agotado en cuerpo y alma.
La escena parecía sincronizada intencionalmente. No había pasado ni un minuto desde el fin de la pelea cuando Marco, Garth y Jack llegaron al lugar y corrieron a asistir a Sheridan. Damián se apartó un poco y, al sentarse, se topó con Sara.
La mujer le pasó los brazos por detrás de la nuca y lo abrazó con fuerza mientras lloraba aliviada.
– Dios mío -le susurró el príncipe al oído-. Tenía tanto miedo de que te lastimara.
– Pero no lo hizo -aseguró-. Lo único que quería era hablar. Te quiere mucho pero, de alguna manera, eso parece dolerle demasiado. No sé qué podrías hacer para ayudarlo.
Damián todavía estaba enojado aunque sabía que Sara tenía razón. Quería a Sheridan como el hermano que efectivamente era. Y estaba seguro de que encontrarían la forma de ayudarlo.
De momento, todo lo que deseaba hacer era abrazar a la mujer que amaba y sentir los latidos de su corazón. Tal vez más tarde pensaría en cómo ocuparse de Sheridan.
Sara se entregó al placer de aquel abrazo. Miró el rostro del príncipe y se preguntó si era posible amarlo cada día más. No tuvo que pensar mucho para saber que, no sólo era posible sino que así quería vivir sus días. Al menos, todo el tiempo que pudiera. Damián levantó la cabeza, la miró a los ojos y sonrió. Ella no observó ningún signo de arrepentimiento o segundas intenciones. Él parecía estar realmente feliz de verla. Sara sintió que un rayo de esperanza le atravesaba el corazón.
Se dijo que acaso Mandy tenía razón. Quizás, si tenía el valor suficiente para confiar en él, la amaría para siempre. En cuanto a su amor por Damián, no tenía ninguna duda de que era eterno.
Capítulo Dieciséis
– Supongo que os estaréis preguntando por qué os he hecho venir aquí -dijo el príncipe Marco en un tono misterioso.
– ¿Somos sospechosos? -bromeó Karina-. Para mí ha sido el duque, con el candelabro de la biblioteca. ¡Confiésalo, tío!
El anciano la miró con mala cara.
– Puedo entender que todos estemos algo alterados esta noche -comentó-. Pero creo que Su Majestad ha convocado a una reunión de la familia real para que no quede ningún cabo suelto antes de tu boda. Y considerando que ya es casi medianoche, diría que prosigamos.
– Estoy completamente de acuerdo. Por primera vez en años, la duquesa le daba la razón a su marido.
Los seis estaban agrupados en una esquina de la biblioteca. Todos estaban acostumbrados a esas reuniones. De hecho, las tenían con frecuencia porque servían para mantener los asuntos familiares bajo control.
– La próxima vez que tengamos una reunión como esta, Jack estará con nosotros – dijo la princesa, sonriendo de satisfacción-. Será uno de la familia.
– Yo no estaría tan seguro -bromeó Garth-. Quizá decidamos expulsarte a ti.
Karina le sacó la lengua. La duquesa suspiró con fastidio y se abanicó con un papel.
– El primer punto del temario tiene que ver con el conde Boris -informó Marco-. Me ha llamado anoche para contarme que por la tarde se había casado con Annie en Las Vegas.
La duquesa se quedó pasmada, soltó el abanico y gritó: -¿Qué? El duque se volvió hacia ella y le tomó la mano.
– Es verdad, querida. Yo estaba al tanto de todo desde el principio. Cuando intentó llevarla consigo a Europa para que se hiciera cargo del personal de su casa, ella le exigió un anillo. Una chica sensata la tal Annie. Sabe lo que está haciendo.
– Pero es un ama de llaves -protestó la mujer.
– Eso es lo que tú crees -dijo Damián-. A menos que me equivoque, en breve Annie será el poder en las sombras del Departamento de Comercio.
Garth asintió.
– Lo cual estaría muy bien porque Boris es torpe con los números.
– Sí -afirmó el duque-. Creo que todos nos beneficiaremos con este cambio, por mucho que a la duquesa se le parta el corazón. Ya sabéis, esperaba que Boris se casara con una princesa.
– Hay tantas que podrían haber aprovechado la oportunidad…
La duquesa hablaba con voz lastimera. Todavía estaba demasiado impactada como para contraatacar con su habitual acidez.
– No entiendo por qué te sorprendes, tía – afirmó Karina-. Tarde o temprano iba a terminar así. Era tan obvio que hasta un chico de dos años se habría dado cuenta de que estaban perdidamente enamorados.
– Cerrado ese punto, pasemos a un tema más serio -intervino Marco-. Necesitamos decidir qué vamos a hacer con Sheridan. Ahora mismo, está internado en una clínica y está bien. Podemos llamar a la policía y levantar cargos en su contra, o bien, resolver el tema entre nosotros.