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Damián rió a carcajadas y le tomó la cara con las dos manos.

– Supongo que en tal caso te sorprenderá saber que Annie y Boris se han casado esta tarde en Las Vegas.

Por fin, Sara abrió los ojos.

– ¡Dios! Sí que es una sorpresa.

– Entonces, ¿qué dices ahora de mi propuesta?

Ella frunció el ceño y, tras pensarlo un momento, lo miró con una sonrisa cómplice y comenzó a quitarse el camisón.

– Vamos, hagamos el amor -aventuró-. Y si después de eso sigues queriendo que me case contigo, te creeré.

Damián soltó una nueva carcajada, comenzó a desvestirse y, una vez desnudo, la abrazó.

– Eres tan bella -dijo.

Mientras tanto, el príncipe se extasiaba con la visión de los senos de Sara y le apartaba el pelo de la cara para poder besarla.

– Me enamoré de ti estando ciego. Pero ahora que puedo verte, te amo mil veces más.

A ella se le llenaron los ojos de lágrimas. -Damián, haces que mi vida valga la pena. El le besó los ojos para borrar la humedad. – ¿Recuerdas el primer día? En cuanto te acercaste a mí, te dije que no te necesitaba. Sara asintió. -Claro que sí. -Estaba ciego. Ella rió.

– Sí, lo sé. ¿Recuerdas que entonces te dije que sólo estaría contigo por un tiempo y luego me marcharía?

– Perfectamente.

– También estaba ciega.

El príncipe sonrió con ternura.

– Dime, Sara, ¿quieres casarte conmigo?

Ella se puso seria y habló con pretendida gravedad.

– No hasta que sacies tu deseo por mi cuerpo, mi querido príncipe. Sólo entonces podré saber si tu aprecio por mí es sincero.

– De acuerdo, encantado de complacerte, mi querida dama.

Damián comenzó a besarla por todo el cuerpo, pero se detuvo al llegar al ombligo.

– Una de las primeras cosas que quiero hacer es contactar con tus padres -dijo, levantando la cabeza para poder verle la cara.

Ella lo miró desconcertada.

– ¿No me digas que quieres pedirle permiso para cortejarme?

– No. El cortejo seguirá su paso, cueste lo que cueste -aseguró-. Quiero ofrecerles un trato. Les daré los derechos exclusivos para comercializar el turismo en la nueva Nabotavia, sólo que con una condición.

– ¿Cuál?

– Quiero verlos en la sala de espera cuando nazca el bebé de Mandy.

Sara rió y lo rodeó con sus brazos.

– Te amo, Damián Roseanova, príncipe de Nabotavia.

– ¿Pero te casarás conmigo?

– ¡Todavía no!

Él comenzó a acariciarla lentamente. Su propio cuerpo estaba tenso y listo para penetrarla y dejarse arrastrar por el deseo y la pasión. Sin embargo, prefirió esperar. Quería aprender a comprenderla en su totalidad y disfrutar del brillo de su piel, del temblor de sus muslos y del sonido de sus gemidos de placer. Y cuando terminó de hacerlo, entró en ella. Después, se estremecieron y disfrutaron en una danza acompasada y llena de rituales mucho más antiguos y fundamentales que los de la realeza de Nabotavia. Aunque por muy primitivos que fueran, Damián no estaba dispuesto a cambiarlos por nada del mundo.

Por fin, cuando estaban a punto de alcanzar el éxtasis, el príncipe le susurró al oído:

– ¿Quieres casarte conmigo?

Ella echó la cabeza hacia atrás y lo miró a los ojos.

– Sí, Damián -respondió, alto y claro-. Me casaré contigo.

La declaración de Sara fue una esperanza y una promesa. Y lo dijo con todo su corazón.

Morgan Raye

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