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—Ven a verlo por ti misma. —Esti se puso en pie y se dirigió hasta el borde del estanque, donde se agachó sobre los guijarros para mirar el agua—. En un principio no veremos más que nuestros rostros. Pero al cabo de un rato, algo parece cambiar. Es bastante hermoso.

Índigo se arrodilló cautelosa junto a ella y miró al estanque. Sus imágenes, recortándose sobre el vacío reflejo negro del cielo, las contemplaron desde la superficie; su rostro angular y huesudo; el de Esti, más delicado, más felino y juvenil. Pero alguna propiedad del estanque había eliminado el color de sus reflejos, dando a su piel —que en realidad ambas tenían tostada por el sol del verano— un enfermizo aspecto apergaminado, y apagando la brillante cabellera roja de Esti hasta darle un tono de bronce sucio.

Esti se inclinó un poco más hacia adelante, y sopló sobre la superficie de modo que las dos imágenes se fraccionaron en un puñado de ondas. Mientras las ondulaciones desaparecían, la imagen volvió a formarse, y justo antes de que volviera a aparecer con nitidez Índigo vislumbró —o le pareció que vislumbraba, ya que apareció y desapareció en un santiamén— lo que parecía un extraño y encantador jardín detrás de sus propios reflejos. Un césped lleno de flores conducía hasta una puerta situada en medio de una rancia pared, a la que daban sombra unos gráciles árboles cuyas ramas descendían suaves hasta casi tocar el suelo. Y, enmarcada por la misteriosa belleza del jardín, un rostro sin cuerpo, fantasmagórico y vago, flotaba entre ella y Esti.

—¡Ahí! —siseó Esti con un jubiloso susurro, señalando—. ¿Lo has visto?

Índigo miró de reojo a la excitada muchacha.

—He visto un jardín. Y el rostro de alguien. O pensé que lo veía, pero...

—Sí. Oh, sí. —Esti tenía la mirada clavada aún con más interés en el estanque, como si intentara concentrar toda su fuerza de voluntad silenciosa y frenéticamente en hacer que el fantasma reapareciera—. Era él otra vez; tal y como lo vi antes.

—¿El? —inquirió preocupada Índigo. El corazón le había dado un vuelco ante la sorpresa producida por la momentánea visión; ahora parecía latir con una lentitud sofocante—. Esti... ¿quién es?

Esti meneó la cabeza.

—No lo sé. Pero es tan hermoso, y está tan triste... —Se inclinó peligrosamente hacia adelante y lanzó otro grito ahogado—. ¡Ahí! Ahí está otra vez..., mira.

Esta vez no había ni rastro del sobrenatural jardín; pero el rostro se había rehecho, algo borroso a causa del agua pero claramente visible, no obstante. Era el semblante de un hombre joven, pero delgado y escuálido y de una palidez cadavérica, con ojos que no parecían ser más que vivas pero incoloras puntas de alfiler en cuencas huecas y profundas. Su expresión combinaba salvaje intensidad con un espeluznante e inhumano anhelo, y una oleada de repulsión se apoderó de improviso de la momentánea fascinación de Índigo. Extendió la mano, con la intención de apartar a Esti, pero la muchacha malinterpretó el movimiento y sujetó sus dedos con fuerza, como si correspondiera a un profundo secreto compartido por ambas. Luego levantó la otra mano en un gesto que imponía silencio a

Índigo, y despacio, con mucho cuidado, se volvió para mirar a su espalda. Con el pulso acelerado, Índigo se volvió, también; pero no había nadie allí, sólo sus débiles e insustanciales sombras que la luz del estanque arrojaba sobre el suelo, y el siniestro refulgir del páramo a lo lejos.

Esti se volvió para mirar otra vez el agua, encorvándose de tal forma que la abundante mata de sus cabellos le ocultó el rostro. Pero Índigo ya había visto la expresión de su rostro: la extraordinaria llamarada de ávido placer, seguida de frustración y disgusto al verse truncada la esperanza. Rápidamente, Índigo volvió a mirar al estanque; pero el rostro sin cuerpo se había desvanecido y la superficie reflejaba tan sólo sus propias imágenes descoloridas.

—¡Ahhh... ! —El suspiro de Esti resultó apenas audible, y algo en él hizo que a Índigo se le pusiera la carne de gallina—. Pensé que a lo mejor... —Se interrumpió y sacudió la cabeza.

Índigo la contempló con silencioso horror. Por un momento, cuando la aparición había hecho acto de presencia por segunda vez, sus ojos habían parecido fijarse como clavos ardientes en los de ella hasta penetrar en su cerebro, bloqueando su mente y su cuerpo con la ardiente intensidad de su mirada. Y al igual que Esti, había sentido una oleada de emoción que era en parte lástima, en parte anhelo y en parte deseo. Una terrible necesidad, una atracción inhumana.

Pero el hechizo carecía de poder para aprisionarla, Índigo estaba muy familiarizada con la naturaleza de los demonios, y en el mismo instante en que rechazaba la atracción de la visión había percibido cómo ésta se daba cuenta y la dejaba estar. La muchacha no era una víctima fácil; por lo tanto no interesaba. Esti, por su parte, era otra cuestión.

—Esti. —Se volvió hacia la muchacha y la sujetó por ambas manos, con mucho cuidado de que su voz no delatara su alarma—. Esti, no había nadie ahí. Lo que hemos visto no era real. Era otra ilusión; como los lobos, y el Jachanine.

Esti la miró cuidadosamente; luego dijo con calma:

—Sí. Tienes razón, Índigo; eso es lo que debe de haber sido.

Desvió la mirada mientras hablaba, bajando las pestañas de modo que sus ojos no resultaran visibles, Índigo vaciló, no muy segura de si la muchacha había comprendido sus palabras, luego añadió con suavidad, lisonjera:

—Comprendes lo que quiero decir, ¿verdad? ¿Y lo crees?

Esti levantó los ojos de nuevo y le sonrió con una curiosa viveza.

—Claro que sí —respondió.

Pero se trataba de un asentimiento demasiado fácil, de una capitulación demasiado rápida. La expresión de Esti mostraba un ligerísimo atisbo de disimulo; algo que Índigo no había visto antes jamás en ella. Fingía, evocaba de nuevo el rostro del fantasma y el poder de su susurrante y tierno encanto. Se le ocurrió la posibilidad de que a lo mejor aquella aparición era algo más que pura ilusión. La había mirado a los ojos, y había visto un poco de lo que acechaba allí. Era suficiente —más que suficiente— para atrapar a un espíritu impresionable e incauto igual que una araña se apodera de una mosca.

Abrió la boca para apelar de nuevo a Esti, pero las palabras murieron en su garganta. Sus razonamientos no estaban de acuerdo con lo que Esti deseaba oír, y ningún tipo de persuasión la haría cambiar. Esti se limitaría a fingir estar de acuerdo con cualquier argumento expuesto, mientras mantenía en secreto sus auténticos sentimientos.

Una vez más, Índigo miró en el estanque. La superficie era ahora un inocente espejo que reflejaba sólo el monótono brillo de hojalata del cielo. No podía hablar con Esti; y sintió que, de momento, sería más aconsejable no decir nada a Eran. Después de todo, no poseía más que una sospecha no demostrada; y además, no deseaba alertar a Esti y que se mostrara más reservada aún; pero, a partir de ahora, tendría que vigilar a la muchacha con mucha atención. Y, lobos o no, pensó, se sentiría muy feliz cuando esta parada para descansar finalizara y pudieran seguir adelante; ya que si su creciente temor tenía algún fundamento, entonces aquella cosa ávida e inhumana que habitaba el estanque podía resultar mucho más peligrosa que cualquiera de las cosas con que se habían tropezado.

Con gran alivio por parte de Índigo, el resto de la guardia transcurrió sin el menor incidente. Esti, a pesar de sus anteriores protestas, se durmió al poco rato, enroscada como un gato junto a los guijarros, Índigo la miraba de vez en cuando, e intentaba ignorar la helada sensación que la recorría al contemplar le extraña sonrisita de los desprevenidos labios de Esti.