No aparecieron más fantasmas, ni se oyeron lejanos aullidos de lobo. Quizá si hubiera vuelto a mirar en el estanque Indigo podría haber vislumbrado otra vez el misterioso jardín y su ocupante; pero era muy consciente de los peligros latentes en tal tentación, y se limitó a permanecer sentada mirando al negro páramo, hasta que Fran se agitó y se despertó.
Fran, descansado después de su sueño, estaba inquieto y ansioso por hacer algo. Aceptó de inmediato la sugerencia de Índigo de renunciar a la tercera guardia —que hubiera debido hacer Esti— y seguir adelante sin más dilación; y cuando la misma Esti se despertó, también ella parecía ansiosa por marchar, Índigo se sorprendió y se sintió algo preocupada por su rápido asentimiento, pero intentó alejar esta preocupación de su mente mientras recogían sus cosas y se preparaban para marchar.
La única manzana de la discordia entre ellos fue la ruta que debían tomar. Fran estaba a favor de seguir en la misma dirección por la que habían llegado al estanque: no tenía una razón para esta sensación, dijo, sólo que le parecía lógica si querían evitar el riesgo de andar en círculos y regresar al punto de partida. Pero Esti tenía otras ideas. Tenían que desviarse hacia la izquierda de aquella dirección, dijo, y mientras hablaba Índigo vio de nuevo cómo esa apenas perceptible expresión de disimulo aparecía en sus ojos. Al igual que Fran, carecía de motivo para aquella sugerencia; era simplemente una intuición.
Fran se encogió de hombros y miró a Índigo.
—Si Esti tiene una intuición, estoy dispuesto a apostar por ella —dijo con despreocupación—. Le sucede de vez en cuando: tiene intuiciones, como lo llama mi padre.
Y la mayoría de las veces tiene razón. —Sonrió—. Después de todo, no tenemos nada que perder, ¿no es así?
Sus palabras resultaban involuntariamente irónicas, pero Índigo no podía discutirlas sin revelar sus sospechas.
—Muy bien —concedió—. Que Esti nos guíe.
¿Se produjo un destello de triunfo en los ojos de Esti? Era difícil estar segura; y muy fácil dejarse llevar por la imaginación. No obstante, mientras completaban sus preparativos tuvo la clara sensación de que Esti tenía buen cuidado de mantener la distancia entre ambas, hasta que, mientras recorrían con minuciosidad el terreno en busca de cualquier cosa que hubieran podido olvidar, Índigo oyó crujir los guijarros a su espalda, y Esti se colocó de inmediato a su lado.
—Lo sabes, ¿verdad? —dijo la muchacha con una curiosa voz tensa—, que Fran está enamorado de ti.
Índigo se quedó rígida; luego, no muy segura del terreno que pisaba, decidió fingir.
—¿Qué quieres decir?
—¡Oh! —Esti sonrió, con una sonrisa peculiar—, no creas que me disgusta la idea. Al contrario. Es maravilloso. Pero claro, el amor lo es, ¿no es así? Jamás deberíamos rechazar el amor, ¿no estás de acuerdo?
Antes de que Índigo pudiera responder, Esti se dio la vuelta y, echándose hacia atrás los cobrizos cabellos como si acabara de soltárselos, se alejó en dirección al lugar donde Fran las esperaba.
CAPÍTULO 10
—¡Esti! —La voz de Fran sonó llena de irritación—. ¡Deja de hacer el tonto y ven! No hay nada ahí; estás perdiendo el tiempo.
Esti hundió la cabeza poniéndose a la defensiva, pero regresó avanzando por la negra hierba con mucho cuidado. No dijo nada, se limitó a lanzar a su hermano una mirada despectiva, luego le dio la espalda y siguió adelante a grandes zancadas.
Fran contempló la mata que su hermana había estado investigando, al tiempo que se preguntaba exasperado qué habría llamado su atención —o más bien, su imaginación— esta vez. No vio nada digno de mención, y dirigió a Índigo una mirada de impotencia mientras se ponían en marcha en pos de Esti.
—No sé qué es lo que le sucede —dijo en voz baja dolido—. Si no la conociera, pensaría que le ha estado dando al aguardiente.
Para Índigo era otro signo inquietante. Llevaban andando un buen número de horas, o al menos eso parecía; el estanque quedaba ya muy atrás e incluso su aureola nacarada había quedado ya fuera de su vista; no obstante el curioso estado de ánimo de Esti se había intensificado en lugar de disminuir. Al principio había impuesto un paso rápido a través del páramo, como si tuviera prisa por llegar a una cita de vital importancia; luego, justo cuando Fran iba a protestar diciendo que no había necesidad para tales apresuramientos, la joven se había dedicado a perder el tiempo; andaba despacio, se detenía cada pocos pasos —o al menos eso parecía— para salirse del sendero en persecución de algún hallazgo imaginario, o sencillamente para levantar los ojos al cielo. Respondía cuando se le hablaba, pero o bien lo hacía con vaguedades o con mordaz irritación; y ahora Fran, que no se caracterizaba precisamente por su paciencia, estaba ya a punto de estallar.
—Que me muera si sé qué es lo que le ha dado —insistió—. ¡ Cualquiera pensaría que representa otra vez el maldito papel de Chalila!
—¿Chalila? —Índigo se sentía desconcertada.
—¡Oh! Eso fue antes de que te unieras a nosotros —Fran volvió a mirar malhumorado a Esti, que se contoneaba delante de ellos—. Nunca has visto la obra que acostumbrábamos hacer llamada «Chalila y el Demonio», ¿verdad?
Índigo sintió un helado hormigueo al escuchar la palabra demonio.
—No —respondió con cautela.
—Ah. Es curioso; en la zona más occidental es una de las piezas más populares de nuestro repertorio; siempre lo ha sido. Pero más hacia el este nunca la hemos representado. Papá dice —una expresión de dolor apareció fugazmente en su rostro al recordar de repente que los había traído a este mundo; algo que, desde que las ilusiones y los fantasmas habían empezado a atormentarlos, había resultado muy fácil de olvidar—. Papá dice que es demasiado compleja para la gente sencilla; se aburren y empiezan a gritar en demanda de canciones tabernarias. Pero a lo que iba... es una historia sobre una muchacha a la que rapta un demonio que se ha enamorado de ella, y ésta descubre que se trata en realidad de un príncipe sobre el que ha caído una maldición. Siempre ha sido el relato favorito de Esti, pero papá jamás la dejaba representar a Chalila. Se supone que es una joven recatada, inocente... ya sabes a lo que me refiero. Papá decía que Esti jamás podría ser recatada aunque le fuera la vida en ello, así que siempre era Cari quien representaba el papel. Pero hubo una ocasión en que Cari contrajo bronquitis y se quedó sin voz. Esti se sabía el papel de memoria, de modo que papá se lo dejó hacer. —De repente pareció animarse y lanzó a Índigo una rápida mueca llena de regocijo—. Actuó de una forma horrible. Pero antes del inicio del espectáculo, estaba en tal estado que hubieras creído que realmente esperaba que un enamorado de cuento de hadas penetrara en la carreta y se la llevara. Nos volvió medio locos a todos con su comportamiento; igual como se comporta ahora.
El helado hormigueo se repitió por segunda vez, e Índigo creyó comprender. Durante mucho tiempo, Esti había albergado un romance secreto en el que se veía a sí misma como a Chalila. Ahora el demonio enamorado de Chalila había llegado, un fantasma en el espejo de un estanque irreal, para mostrarle su rostro y llamarla a su mortífero jardín. Vulnerable, impresionable, Esti no había podido enfrentarse a la perversa inteligencia que se ocultaba tras el fantasma, y se había enamorado de un horror que se alimentaba de sus más profundos anhelos y despacio pero con firmeza la obligaba a servir a sus propósitos, Índigo se había atrevido a pensar que si se alejaban del estanque liberarían a Esti del encantamiento; pero debería haberlo sabido; debería haberse dado cuenta de la verdad cuando Esti insistió en que siguieran la ruta por la que iban ahora. Era el demonio quien la guiaba, y Esti, ciega, toda inocencia y amor, lo seguía. Era una hermosa trampa mortal.