Выбрать главу

Solo había disponibles cien amarres en aguas de la bahía, en la dársena para embarcaciones menores, y casi eran tan apreciados como los del muelle, aunque existía el inconveniente de tener que trasladar arriba y abajo la embarcación amarrada. Roosevelt había subarrendado un espacio a Dieter Gessel, un pescador cuyo palangrero estaba amarrado en la punta norte con el resto de la flota de pesca, pero que tenía un trasto de bote en el amarre para el día que se retirara y comprara una embarcación de recreo. Se rumoreaba que Roosevelt estaba pagando cinco veces más de lo que le costaba el arriendo a Dieter.

Hasta entonces nunca me lo había cuestionado porque no era asunto mío.

– Todas las noches saca el Nostromo del amarre y duerme allí. Todas las noches sin falta, excepto esta noche, porque me estaba esperando. La gente cree que va a comprar otra embarcación, más pequeña y más rápida, una embarcación de recreo. Cuando empezó a salir todas las noches a dormir abajo, en la litera, la gente pensaba: «Bueno, está bien, el viejo Roosevelt es un poco excéntrico, habla con los animales, por qué no».

Siguió en silencio.

Él y Orson aparentaban una fascinación tal por aquellas tres galletas, que podía casi imaginármelos rompiendo la disciplina y agarrando las golosinas.

– Ahora ya sé por qué se va a dormir allí. Se imagina que está a salvo. Quizá porque los monos no nadan bien, o al menos no les divierte hacerlo.

– Muy bien, chico, aunque no quieras hablar conmigo, puedes coger tus bocaditos -dijo, como si no me hubiera oído.

Orson arriesgó un intercambio de miradas con su inquisidor, buscando una confirmación.

– Adelante -le urgió Roosevelt.

Orson me lanzó una mirada vacilante, como preguntándome si creía que el permiso de Roosevelt era un truco.

– Él es el anfitrión -dije.

El perro agarró la primera galleta y la masticó con expresión de felicidad.

Finalmente fui el centro de su atención y con esa irritante expresión de piedad en el rostro y en los ojos, Roosevelt dijo:

– Las personas que están detrás del proyecto de Wyvern… quizá tuvieran buenas intenciones al principio. Al menos algunas de ellas. Creo que podían haber obtenido algo bueno de su trabajo -alargó la mano hacia el gato, que se relajó bajo su caricia, pero no apartó de mí sus brillantes ojos- Aunque en todo este asunto existe un lado oscuro. Un lado muy oscuro. Según me han contado, los monos son sólo una manifestación de este lado.

– ¿Sólo uno?

Roosevelt clavó en mí su mirada durante un buen rato, en silencio, mientras Orson se comía la segunda galleta, cuando al fin dijo algo, lo hizo con una voz muy suave.

– En esos laboratorios había algo más que gatos, perros y monos.

Ignoraba lo que había querido decir.

– Sospecho que no se refiere a cerdos de Guinea o a ratones blancos.

Desvió la mirada y se concentro en algo que estaba más allá de la cabina de la embarcación.

– Habrá muchos cambios.

– Se dice que el cambio es bueno.

– Algunas veces.

Cuando Orson se hubo comido la tercera galleta, Roosevelt se levantó de la silla. Cogió al gato, lo apretó contra el pecho, lo acarició con suavidad, parecía considerar si yo necesitaba -o debía- saber más.

Cuando finalmente volvió a tomar la palabra, lo hizo otra vez con aquel tono misterioso.

– Estoy cansado, hijo. Debería estar en la cama hace horas. Pero quería avisarte que tus amigos estaban en peligro si seguías adelante.

– El gato le pidió que me avisara.

– Es cierto.

Me levanté y empecé a darme cuenta del movimiento de la embarcación. Durante un instante me dominó una sensación de vértigo y me agarré al respaldo de la silla para mantenerme en equilibrio.

Aquel síntoma físico se unió a la confusión mental y la noción de la realidad se fue haciendo cada vez más tenue. Me sentí como si estuviera corriendo por el borde superior de un remolino que iba a succionarme rápido, rápido, rápido, hasta hacerme atravesar el fondo del embudo -mi versión del tornado Dorothy- y me encontré no en Oz sino en Waimea Bay, Hawai, discutiendo solemnemente delicados asuntos de la reencarnación con Pia Klick.

– Y el gato, Mungojerrie… ¿no se relaciona entonces con los de Wyvern? -pregunté, aunque era perfectamente consciente de la extrema inconsistencia de la pregunta.

– Huyó de ellos.

Relamiéndose para asegurarse de que ninguna preciosa miga de las galletas se le quedaba adherida a los labios o en el pelo del hocico, Orson abandonó la silla del comedor y vino a mi lado.

– A primeras horas de la noche, me han descrito el proyecto de Wyvern en términos apocalípticos… como el fin del mundo -le expliqué a Roosevelt.

– Del mundo tal y como lo conocemos.

– ¿Lo cree así?

– Podría suceder, si. Pero quizá cuando todo esto suceda, los cambios serán para mejor y no para peor. El fin del mundo que conocemos no es necesariamente lo mismo que el fin del mundo.

– Como los dinosaurios después del impacto del cometa.

– Tengo mis momentos de duda -admitió.

– Si tiene tanto miedo como para soltar amarras y salir a dormir todas las noches, si cree realmente que lo que estaban haciendo en Wyvern era tan peligroso, ¿por que no se ha ido de Moonlight Bay?

– Consideré la posibilidad. Pero aquí tengo mis negocios. Mi vida está aquí. Además, no hubiera podido escapar. Solo comprar un poco de tiempo. Nadie esta a salvo.

– Es una perspectiva sombría.

– Es lo que creo.

– Y, sin embargo, no parece deprimido.

Con el gato en brazos, Roosevelt salió de la cabina principal y atravesó la sala de popa.

– Siempre he sido capaz de dominar los bandazos de la vida, hijo, sus vaivenes, siempre que fueran interesantes. He disfrutado de una vida plena y variada, y lo único que me espanta de verdad es el aburrimiento -salimos a cubierta de popa, en medio del abrazo viscoso de la niebla-. La vida puede resultar muy peligrosa aquí en la Joya de la Costa Central, pero vaya como vaya este asunto, te aseguro que no resultara aburrida.

Roosevelt tenía más en común con Bobby Halloway de lo que hubiera imaginado.

– Bien, señor, gracias por su advertencia. Eso creo -me senté en la brazola de escotilla y me deslice de la embarcación al muelle un par de pies más abajo, Orson lo hizo a mi lado.

La gran garza ya se había ido. La niebla se arremolino a mi alrededor, las aguas negras se rizaban bajo la embarcación y todo lo demás permanecía tan inmóvil como un sueño de muerte.

Solo había recorrido dos pasos hacia la pasarela cuando oí a Roosevelt.

– ¿Hijo?

Me detuve y me volví.

– La vida de tus amigos está realmente en peligro. Pero tu felicidad también esta en juego. Créeme, no quieras saber más de todo esto. Ya tienes bastantes problemas… el modo en que has de vivir.

– No tengo ningún problema -aseguré- Solo más ventajas y desventajas que otros.

Tenia la piel tan negra que podía haber sido un espejismo en la niebla, una jugarreta de las sombras. El gato que sostenía en sus brazos era invisible, solo se veían sus ojos, incorpóreos, misteriosos, brillantes órbitas flotantes en el aire.

– Otras ventajas… ¿realmente estas convencido? -pregunto.

– Si -conteste, aunque no estaba muy seguro de que me lo creía, de hecho podía ser verdad o me había pasado parte de la vida convenciéndome de que era cierto. Durante mucho tiempo la realidad es como tu quieres que sea.

– Te diré algo mas -dijo- Una cosa mas para que te convenzas de que debes abandonar y hacer tu vida.

Esperé.

– La razón por la que la mayoría de ellos no quiere hacerte daño, la razón por la que quieren controlarte asesinando a tus amigos, la razón por la cual la mayoría te venera es por lo que fue tu madre -añadió con expresión de pena en la voz.

El miedo, tan blanco y frío como un grillo de Jerusalén, ascendió por la parte inferior de mi espalda y por un momento los pulmones se me contrajeron tanto que no pude respirar. No sabía por qué pero la enigmática revelación de Roosevelt me afecto profundamente. Quizá porque comprendí más de lo que imaginaba. Quizá la verdad estaba esperando ser reconocida en los cañones del subconsciente… o en el abismo del corazón.

– ¿Que quiere decir? -pregunté cuando recobré el aliento.

– Si piensas en ello un momento -contesto-, si piensas de verdad quizá comprendas por qué no vas a ganar nada si sigues con tu idea y en cambio si tienes mucho que perder. El conocimiento de uno mismo nos trae la paz, hijo. Hace cientos de años no sabíamos nada de la estructura atómica o del ADN o de los agujeros negros y sin embargo, ¿somos mas felices ahora que estamos enterados?

Cuando dijo la ultima palabra la niebla llenó el espacio en cubierta donde el había estado. La puerta de una cabina se cerró suavemente, con un sonido mas fuerte se corrió un pestillo.

24

Alrededor del crujiente Nostromo, la niebla hervía en lento movimiento. Monstruosas criaturas parecían formarse más allá de la bruma, aparecían y luego se disolvían.

Inspirado por la revelación de Roosevelt Frost, cosas más temibles que monstruos en la niebla cobraron forma en la brumas de mi mente, pero no quise concentrarme en ellas para que fueran adquiriendo consistencia. Es posible que tuviera razón. Si me enteraba de todo lo que quería saber, después podría lamentar haberme enterado de la verdad.