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– Es un bonito lugar -comentó Rebus-. Me gusta oír el rumor del agua.

– Y ahí hay un cañizal que amortigua el ruido de los aviones -dijo ella señalando hacia la oscuridad.

Rebus asintió con la cabeza comprendiendo lo que decía: se encontraban exactamente bajo el pasillo de aterrizaje del aeropuerto de Turnhouse. A aquella hora de la noche habían tardado sólo un cuarto de hora desde Torphichen Place, y ella le había contado la historia durante el trayecto.

– Así que escribí una carta a la página; no es nada ilegal, ¿verdad? Estaba tan harta del sistema… Hacemos cuanto podemos para llevar a esas bestias ante los tribunales y luego los abogados consiguen reducir la pena al mínimo con sus triquiñuelas.

– ¿Y sólo eso?

– ¿Qué, si no? -replicó ella rebulléndose en el asiento del pasajero.

– «Corazón Roto» sonaba a algo más personal.

Ella miró por el parabrisas.

– No, John, era sólo indignación. Con tantas horas como he dedicado a casos de violaciones, agresión sexual, malos tratos en el hogar… Pero tal vez haya que ser mujer para entenderlo.

– ¿Por eso llamaste a Siobhan? Reconocí inmediatamente tu voz.

– Sí, eres muy taimado.

– Es mi apodo…

Ahora, sentados en el jardín al frescor de la noche, Rebus se abrochó la chaqueta y le preguntó sobre aquel sitio de Internet. ¿Cómo lo había encontrado? ¿Conocía a los Jensen? ¿Había hablado personalmente con ellos?

– Recordaba el caso -respondió ella.

– ¿El de Vicky Jensen?

Ella asintió despacio con la cabeza.

– ¿Trabajaste en él?

– No -respondió acompañándolo de un leve movimiento de cabeza-, pero me alegro de que él haya muerto. Si me dicen dónde está enterrado bailaré sobre su tumba.

– Edward Isley y Trevor Guest también han muerto.

– Escuche, John, yo lo único que hice fue escribir a un portal para desahogarme.

– Y ahora tres de los que figuraban en la lista de ese sitio han muerto de un golpe en la cabeza y sobredosis de heroína. Tú has trabajado en homicidios, Ellen… ¿Qué te dice ese modus operandi?

– Alguien con acceso a drogas.

– ¿Y algo más?

Ella reflexionó un instante.

– No lo sé -dijo.

– Que el asesino no quería enfrentarse a las víctimas, tal vez porque fueran de mayor talla y más fuertes, pero tampoco quería que sufrieran: las dejó sin conocimiento y a continuación les puso una inyección. ¿No te parece una actuación de mujer?

– ¿Qué tal está el té, John?

– Ellen…

Ella dio una palmada en la mesa.

– Si estaban en la lista de Vigilancia de la Bestia es porque eran unos hijos de puta de campeonato… No espere que les tenga compasión.

– ¿Y no hay que capturar al asesino?

– ¿Qué quiere que le diga?

– ¿Quieres que quede sin castigo?

Ellen miró de nuevo hacia la oscuridad. El viento agitaba los árboles cercanos.

– ¿Sabe lo que ha habido hoy, John? Una guerra bien definida: los buenos y los malos…

Él pensó: «Cuéntaselo a Siobhan».

– Pero no siempre es así, ¿no es cierto? -prosiguió ella-. A veces la divisoria es ambigua -añadió volviéndose hacia él-. Usted debe saberlo mejor que muchos, porque le he visto meterse en terreno resbaladizo.

– Yo soy un mal ejemplo a seguir, Ellen.

– Tal vez, pero trata de capturarle, ¿no?

– A él o a ella. Por eso necesito que declares.

Ella abrió la boca para protestar, pero Rebus levantó la mano.

– Tú eres la única persona que conozco que entró en esa página. Los Jensen la han cerrado y no puedo saber lo que había.

– ¿Y quiere que le ayude?

– Contestando a unas preguntas.

Ella lanzó una risita sorda.

– ¿No sabe que dentro de nada tengo que ir a los juzgados?

Rebus encendió otro cigarrillo.

– ¿Por qué viniste a vivir a Cramond? -preguntó, sorprendiéndola con el cambio de tema.

– Porque es un pueblo -dijo Ellen-, pero un pueblo dentro de la ciudad, y tiene lo mejor de ambos. -Hizo una pausa-. ¿Esto forma ya parte del interrogatorio? ¿O es su modo de hacerme bajar la guardia?

Rebus negó con la cabeza.

– Sólo tenía curiosidad por saber de quién fue la idea.

– La casa es mía, John. Denise vino a vivir conmigo después de… -Profirió un carraspeo-. Perdón, debo de haberme tragado un bicho… Iba a decir que vino después de divorciarse.

Rebus asintió con la cabeza.

– Sí, desde luego, es un lugar tranquilo -dijo-. Aquí se olvida uno fácilmente del trabajo.

La luz de la cocina incidió sobre la sonrisa de Ellen.

– Me da la impresión de que en su caso no funcionaría. Con usted sólo funcionaría algo así como un mazazo.

– O unas cuantas de ésas -replicó Rebus señalando con la barbilla una fila de botellas de vino vacías bajo la ventana de la cocina.

* * *

Hizo despacio el camino de regreso a Edimburgo. Le gustaba la ciudad de noche, con los taxis y los peatones cansinos, el cálido fulgor de las lámparas de sodio de las farolas, las tiendas apagadas y las casas con las cortinas corridas, ciertos sitios adonde podía ir -una pastelería, un mostrador de recepción, un casino-, lugares donde le conocían y servían té, le daban conversación. Años atrás habría podido hacer una alto para charlar con las prostitutas de Coburg Street, pero ahora casi todas se habían desplazado a otras zonas o habían muerto. También después de que él desapareciera, Edimburgo continuaría y se repetirían las mismas escenas en interminable representación. Capturarían a asesinos y los condenarían, y otros seguirían en libertad: el mundo y el submundo coexistente a lo largo de generaciones. A final de semana, el circo del G-8 iría camino de otro lugar. Geldof y Bono encontrarían nuevas causas, Richard Pennen estaría en su sala del consejo y David Steelforth de vuelta en Scotland Yard. A veces le parecía estar a punto de descubrir el mecanismo que coordinaba todo.

A punto. Pero no lo conseguía.

Al girar en Marchmont Road vio que los Meadows estaban desiertos. Aparcó en lo alto de Arden Street y bajó la cuesta hasta su casa. Dos o tres veces por semana le echaban en el buzón octavillas de agencias ofreciéndose a vender el piso. El de encima se había vendido por doscientas mil libras. Una suma así, añadida a su paga de jubilación del DIC, le «resolvería la vida», como decía Siobhan. El problema era que eso a él no le atraía. Se detuvo a recoger el correo. Había un anuncio con el menú de un nuevo establecimiento hindú de platos para llevar, que pinchó en la cocina junto a los otros. Se hizo un bocadillo de jamón y se lo comió de pie allí mismo, mirando la acumulación de latas de cerveza vacías de la encimera. ¿Cuántas botellas tenía Ellen Wylie en el jardín? Quince o veinte; era una buena cantidad de vino, y había visto también un carrito de supermercado vacío en la cocina; seguramente las tiraría de vez en cuando al ir a comprar, cada quince días, por ejemplo. Veinte botellas en dos semanas; diez a la semana. «Denise se vino a vivir conmigo después de… divorciarse.» No había visto insectos nocturnos en la ventana de la cocina. Ellen estaba rendida y cabía atribuirlo a los acontecimientos del día, pero él sabía que era algo más profundo. Aquellas arrugas bajo sus ojos irritados eran un proceso de varias semanas; y no había dejado de engordar durante cierto tiempo. Siobhan había considerado a Ellen, con la misma graduación de sargento, una posible rival, competencia por el ascenso. Pero últimamente no hablaba del tema. Tal vez Ellen no le pareciera ya un peligro.