Выбрать главу

Ni teléfono. El chalé de al lado sí que tenía un cable que iba hasta el poste telefónico.

«No obsta para que tenga móvil», se dijo Rebus. De hecho, sería lo más probable porque de algún modo tendría que estar en contacto con las galerías de Edimburgo. Junto al chalé había un viejo Land Rover que no parecía utilizarse mucho y cuyo capó estaba frío; pero del contacto colgaba la llave, lo que significaba que allí no había riesgo de robo o era indicio de un primer paso para la huida. Rebus abrió la portezuela del conductor, cogió la llave y se la guardó en el bolsillo; se acercó al prado y encendió un pitillo. Si Debbie había avisado a Barclay, lo habría hecho a pie o con otro vehículo; y habría vuelto al pueblo.

Cogió el móvil. La señal de cobertura era una barra. Lo inclinó y desapareció. Se subió a la verja y probó de nuevo. Cobertura cero.

Pensó que aún había luz de sobra para un paseo por el bosque. No hacía frío y se oía gorjeo de pájaros y el rumor del tráfico. Vio en lo alto un avión con su reluciente tren de aterrizaje. «Voy al encuentro de un desconocido en el quinto pino y sin cobertura -pensó-. Un hombre que se peleó con otro y que está avisado de que llega la policía, a la que tanto detesta…»

– Estupendo, John -dijo en voz alta, algo jadeante, en la cuesta que acababa en el lindero del bosque.

No sabía qué árboles eran aquellos: marrones y con hojas; luego no eran coníferas. Esperaba oír ruidos de hacha o motosierra… No. No, eso no. No le seducía la idea de encontrarse con Barclay esgrimiendo una herramienta de aquellas. No sabía si acaso llamarle a voces; se aclaró la garganta, pero eso fue todo. Ahora que estaba a más altura, a lo mejor el móvil… Cobertura cero.

Desde luego, la panorámica era magnífica. Hizo un alto para recobrar aliento, pensando en que ojalá viviera para recordar aquel paisaje. ¿Por qué le molestaría a Duncan Barclay la presencia de la policía? Bueno, ya se lo preguntaría si le encontraba. Se internaba en el bosque; pisaba humus blando y tenía la impresión de que caminaba por una especie de senda, invisible para quien no la conociera, entre árboles jóvenes y tocones, apenas sin matorrales. El lugar le recordaba el paraje de la Fuente Clootie. No hacía más que mirar a derecha e izquierda y detenerse de vez en cuando prestando oído. Allí estaba, él solo.

De pronto surgió otra senda de anchura suficiente para un vehículo. Se agachó: las huellas de las ruedas eran de al menos varios días. Lanzó un leve bufido.

– De caballo no son -musitó incorporándose y sacudiéndose el barro de los dedos.

– No precisamente -repitió una voz de hombre.

Rebus se volvió y finalmente lo vio. Estaba sentado en un árbol caído con las piernas cruzadas, a unos metros de la senda; con cazadora y pantalón verde oliva.

– Buen camuflaje -dijo Rebus-. ¿Es usted Duncan?

Duncan Barclay le dirigió una leve inclinación de cabeza. Rebus se acercó. Era rubio y de rostro pecoso. Mediría un metro ochenta y era musculoso. Sus ojos eran del mismo color claro que la cazadora.

– Usted es policía -dijo Barclay.

A Rebus ni se le ocurrió negarlo.

– ¿Le avisó Debbie?

– ¿Cómo iba a hacerlo? -replicó Barclay estirando los brazos-. Yo soy un inútil en ese aspecto y muchos otros.

Rebus asintió con la cabeza.

– Ya he visto que no hay teléfono ni televisión en el chalé.

– Y pronto no habrá ni chalé, porque el promotor le tiene echado el ojo. Así que me veré en el campo y luego en el bosque… Sabía que vendría -dijo tras una pausa mirando a Rebus-. No usted, concretamente; alguien de la policía.

– ¿Por qué?

– Por Trevor Guest -contestó el joven-. No sabía que había muerto hasta que lo leí en el periódico. Pero al ver que el caso lo llevaba la policía de Edimburgo, me imaginé que algo saldría a relucir en los archivos.

Rebus asintió con la cabeza y sacó el tabaco.

– ¿Le importa que…?

– Mejor que no; y los árboles piensan igual.

– ¿Son amigos suyos? -preguntó Rebus, guardándose la cajetilla-. ¿Así que se enteró de lo de Trevor Guest?

– Por los periódicos. -Se quedó pensativo-. ¿Fue el miércoles? Yo no compro periódicos. Entiéndame, no tengo tiempo para eso; pero vi los titulares del Scotsman y leí que había acabado con él una especie de asesino en serie.

– Un asesino, sí -dijo Rebus.

Retrocedió un paso al ponerse Barclay de pie; pero el joven se limitó a hacerle seña de que le siguiera y echó a andar.

– Venga conmigo y se lo enseñaré -dijo.

– ¿El qué?

– Lo que le ha traído aquí.

Rebus hizo un alto, pero, finalmente, continuó andando hasta dar alcance a Barclay.

– ¿Eso está muy lejos, Duncan? -preguntó.

Barclay negó con la cabeza y siguió caminando a buen paso.

– ¿Pasa mucho tiempo en el bosque?

– Todo el que puedo.

– Me refiero a otros bosques, no sólo en éste.

– En él encuentro trozos y piezas.

– ¿Trozos y…?

– Ramas, troncos caídos.

– ¿Y la Fuente Clootie?

– ¿Por qué lo pregunta? -replicó Barclay volviéndose.

– ¿Ha estado allí?

– Creo que no -contestó Barclay deteniéndose tan súbitamente que Rebus estuvo a punto de adelantarle.

El joven abrió los ojos exageradamente y se dio con la palma de la mano en la frente. Rebus advirtió sus uñas melladas y las cicatrices de los dedos propias de un artesano.

– ¡Dios bendito, ya entiendo lo que piensa! -dijo Barclay con un grito ahogado.

– ¿Y qué es lo que pienso, Duncan?

– ¡Cree que yo lo hice yo!

– ¿Y es verdad?

– Santa madre de Cristo… -Barclay negó enérgicamente con la cabeza y continuó caminando casi más deprisa.

– Me intriga esa pelea de usted y Trevor Guest -dijo Rebus jadeante-. He venido a recopilar datos.

– ¡Pero cree que yo le maté!

– Bueno, ¿lo mató?

– No.

– Pues no tiene nada que temer -dijo Rebus mirando alrededor, casi desorientado. Sabría volver siguiendo la senda de vehículos, pero ¿encontraría el desvío que llevaba al prado y la civilización?

– Es increíble que piense eso -dijo Barclay meneando de nuevo la cabeza-. Yo doy vida a la madera inerte. Para mí el mundo vivo es lo más importante.

– Trevor Guest no va a regresar en forma de cuenco.

– Trevor Guest era un animal -espetó Barclay, deteniéndose de nuevo en seco.

– ¿No forman parte los animales del mundo vivo? -inquirió Rebus sin aliento.

– Sabe perfectamente que no lo he dicho en ese sentido -replicó Barclay oteando a su alrededor-. Bien lo decía el Scotsman… Estuvo en la cárcel, por robo y violación.

– Agresión sexual, más concretamente.

Barclay continuó hablando sin hacer caso de la observación.

– Lo encarcelaron porque dio la casualidad de que lo detuvieron por un delito, pero hacía tiempo que era un animal -añadió el joven internándose en el bosque, con Rebus a la zaga, intentando expulsar de su mente imágenes de terror de Blair Witch.

El terreno descendía más y más. Ahora sí que se encontraban bien lejos del camino que llevaba a la civilización. Miró a su alrededor en busca de una posible arma, se agachó y cogió una rama que, al sacudirla, se le deshizo en la mano. Estaba podrida.