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La versión parecía creíble a primera oída. No era fácil que el Monje tuviera tiempo de ir y volver en tan poco tiempo si hubiera participado en el crimen, ni que tuviera corazón para matar a una mujer en ruinas a la que parecía querer como a su abuela y que lo mimaba como a un nieto. En cambio, Barrabás tenía fama de ser un sanguinario sin corazón que además se vanagloriaba de sus crímenes. La incertidumbre se hizo más inquietante por la madrugada, cuando Maruja y Beatriz se despertaron por un lamento de animal herido, y era que el Monje estaba sollozando. No quiso el desayuno, y varias veces se le oyó suspirar: «¡Qué dolor que se hayan llevado a la abuela!». Sin embargo, nunca dejó entender que estuviera muerta. Hasta la tenacidad con que el mayordomo se negaba a devolver el televisor y el radio aumentaba la sospecha del asesinato.

Damaris, después de varios días fuera de casa, regresó en un estado de ánimo que sumó un elemento más a la confusión. En uno de los paseos de madrugada, Maruja le preguntó dónde había ido, y ella le contestó con la misma voz con que hubiera dicho la verdad: «Estoy cuidando a doña Marina». Sin darle a Maruja una pausa para pensar, agregó: «Siempre las recuerda y les manda muchos saludos». Y enseguida, en un tono aún más casual, dijo que Barrabás no había regresado porque era el responsable de su seguridad. A partir de entonces, cada vez que Damaris salía a la calle por cualquier motivo, regresaba con noticias tanto menos creíbles cuanto más entusiastas. Todas terminaban con una fórmula rituaclass="underline"

– Doña Marina está divinamente.

Maruja no tenía una razón para creerle más a Damaris que al Monje, o a cualquier otro de los guardianes, pero tampoco la tenía para no creerles en unas circunstancias en que todo parecía posible. Si en realidad Marina estaba viva, no tenían razones para mantener a las rehenes sin noticias ni distracciones, como no fuera para ocultarles otras verdades peores. No había nada que pareciera descabellado para la imaginación desmandada de Maruja. Hasta entonces había ocultado sus inquietudes a Beatriz, temerosa de que no pudiera resistir la verdad. Pero Beatriz estaba a salvo de toda contaminación. Había rechazado desde el principio cualquier sospecha de que Marina estuviera muerta. Sus sueños la ayudaban. Soñaba que su hermano Alberto, tan real como en la vida, le hacía recuentos puntuales de sus gestiones, de lo bien que iban, de lo poco que les faltaba a ellas para ser libres. Soñaba que su padre la tranquilizaba con la noticia de que las tarjetas de crédito olvidadas en el bolso estaban a salvo. Eran visiones tan vividas que en el recuerdo no podía distinguirlas de la realidad.

Por esos días estaba terminando su turno con Maruja y Beatriz un muchacho de diecisiete años que se hacía llamar Joñas. Oía música desde las siete de la mañana en una grabadora gangosa. Tenía canciones favoritas que repetía hasta el agotamiento a un volumen enloquecedor. Mientras tanto, como parte del coro, gritaba: «Vida, hija de puta, mal parida, yo no sé por qué me metí en esto». En momentos de calma hablaba de su familia con Beatriz. Pero sólo llegaba al borde del abismo con un suspiro insondable: «¡Si ustedes supieran quién es mi papá!». Nunca lo dijo, pero ese y otros muchos enigmas de los guardianes contribuían a enrarecer aún más el ambiente del cuarto.

El mayordomo, custodio del bienestar doméstico, debió de informar a sus jefes sobre la inquietud reinante, pues dos de ellos aparecieron por esos días con ánimo conciliador. Negaron una vez más el radio y el televisor, pero en cambio trataron de mejorar la vida diaria. Prometieron libros, pero les llevaron muy pocos, y entre ellos una novela de Corín Tellado. Les llegaron revistas de entretenimiento pero ninguna de actualidad. Hicieron poner un foco grande donde antes estuvo el azul, y ordenaron encenderlo por una hora a las siete de la mañana y otra a las siete de la noche para que se pudiera leer, pero Beatriz y Maruja estaban tan acostumbradas a la penumbra que no podían resistir una claridad intensa. Además, la luz recalentaba el aire del cuarto hasta volverlo irrespirable. Maruja se dejó llevar por la inercia de los desahuciados. Permanecía día y noche haciéndose la dormida en el colchón, de cara a la pared para no tener que hablar. Apenas si comía. Beatriz ocupó la cama vacía y se refugió en los crucigramas y acertijos de las revistas, La realidad era cruda y dolorosa, pero era la realidad: había más espacio en el cuarto para cuatro que para cinco, menos tensiones, más aire para respirar. Joñas terminó su turno a fines de enero y se despidió de las rehenes con una prueba de confianza. «Quiero contarles algo con la condición de que nadie sepa quién se lo dijo», advirtió. Y soltó la noticia que lo carcomía por dentro:

– A doña Diana Turbay la mataron.

El golpe las despertó. Para Maruja fue el instante más terrible del cautiverio. Beatriz trataba de no pensar en lo que le parecía irremediable: «Si mataron a Diana, la que sigue soy yo». A fin de cuentas, desde el primero de enero, cuando el año viejo se fue sin que las liberaran, se había dicho: «O me sueltan o me dejo morir».

Un día de ésos, mientras Maruja jugaba una partida de dominó con otro guardián, el Gorila se tocó distintos puntos del pecho con el índice, y dilo: «Siento algo muy feo por aquí.

¿Qué será?». Maruja interrumpió la jugada, lo miró con todo el desprecio de que fue capaz, y le dijo:

– O son gases o es un infarto».

Él soltó la metralleta en el piso, se levantó aterrorizado, se puso en el pecho la mano abierta con todos los dedos extendidos, y lanzó un grito colosaclass="underline"

– ¡Me duele el corazón, carajo!

Se derrumbó sobre los trastos del desayuno, y quedó tendido boca abajo. Beatriz, que se sabía odiada por él, sintió el impulso profesional de auxiliarlo, pero en ese momento entraron el mayordomo y su mujer, asustados por el grito y el estropicio de la caída. El otro guardián, que era pequeño y frágil, había tratado de hacer algo, pero se lo impidió el estorbo de la metralleta, y se la entregó a Beatriz.

– Usted me responde por doña Maruja -le dijo.

Él, el mayordomo y Damaris, juntos, no pudieron cargar al caído. Lo agarraron como pudieron, y lo arrastraron hasta la sala. Beatriz, con la metralleta en la mano, y Maruja, atónita, vieron la metralleta del otro guardián abandonada en el piso, y a las dos las estremeció la misma tentación. Maruja sabía disparar un revólver, y alguna vez le habían explicado cómo manejar la metralleta, pero una lucidez providencial le impidió recogerla. Beatriz, por su parte, estaba familiarizada con las prácticas militares. En un entrenamiento de cinco años, dos veces por semana, pasó por los grados de subteniente y teniente, y alcanzó el de capitán asimilado en el Hospital Militar. Había hecho un curso especial de artillería de cañón. Sin embargo, también ella se dio cuenta de que llevaban todas las de perder. Ambas se consolaron con la idea de que el Gorila no volvería jamás. No volvió, en efecto.

Cuando Pacho Santos vio por televisión el entierro de Diana y la exhumación de Marina Montoya, se dio cuenta de que no le quedaba otra alternativa que fugarse. Ya para entonces tenía una idea aproximada de dónde se encontraba. Por las conversaciones y los descuidos de los guardianes, y por otras artes de periodista logró establecer que estaba en una casa de esquina en algún barrio vasto y populoso del occidente de Bogotá. Su cuarto era el principal del segundo piso con la ventana exterior clausurada con tablas. Se dio cuenta de que era una casa alquilada, y tal vez sin contrato legal, porque la propietaria iba a principios de cada mes a cobrar el arriendo. Era el único extraño que entraba y salía, y antes de abrirle la puerta de la calle subían a encadenar a Pacho en la cama, lo obligaban con amenazas a permanecer en absoluto silencio, y apagaban el radio y el televisor.

Había establecido que la ventana clausurada en el cuarto daba sobre el antejardín, y que había una puerta de salida al final del corredor estrecho donde estaban los servicios sanitarios. El baño podía utilizarlo a discreción sin ninguna vigilancia con sólo atravesar el corredor, pero antes tenía que pedir que lo desencadenaran. Allí la única ventilación era una ventana por donde podía verse el cielo. Tan alta, que no sería fácil alcanzarla, pero tenía un diámetro suficiente para salir por ella. Hasta entonces no tenía una idea de adonde podía conducir. En el cuarto vecino, dividido en camarotes de metal rojo, dormían los guardianes que no estaban de turno. Como eran cuatro se relevaban de dos en dos cada seis horas. Sus armas no estuvieron nunca a la vista en la vida cotidiana, aunque siempre las llevaban consigo. Sólo uno dormía en el suelo junto a la cama matrimonial.