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Villamizar, a su turno, trató de mostrarse tan víctima de la guerra como ellos, y hacerles entender que lo que sucediera de allí en adelante iban a pagarlo todos por igual. «Lo mío ha sido por lo menos igual de duro que lo de ustedes -dijo-. Los Extraditables intentaron asesinarme en el 86, tuve que irme al otro lado del mundo y hasta allá me persiguieron, y ahora me secuestran a mi esposa y a mi hermana». Sin embargo, no se quejaba, sino que se ponía al nivel de sus interlocutores.

– Es un abuso -concluyó-, y ya es hora de que empecemos a entendernos.

Sólo ellos hablaban. El resto de la familia escuchaba en un silencio triste de funeral, mientras las mujeres asediaban al visitante con sus atenciones sin intervenir en la conversación.

– Nosotros no podemos hacer nada -dijo Jorge Luis-. Aquí estuvo doña Nydia. Entendimos su situación, pero le dijimos lo mismo. No queremos problemas.

– Mientras la guerra siga todos ustedes están en peligro, aun dentro de estas cuatro paredes blindadas -Insistió Villamizar-. En cambio, si se acaba ahora tendrán a su papá y a su mamá, y a toda su familia intacta. Eso no sucederá mientras Escobar no se entregue a la justicia y Maruja y Francisco vuelvan sanos y salvos a sus casas. Pero tengan por seguro que si los matan la pagarán también ustedes, la pagarán sus familias, todo el mundo.

En las tres horas largas de la entrevista en la cárcel cada quien demostró su dominio para llegar hasta el borde mismo del precipicio. Villamizar apreció en Ochoa su realismo paisa. A los Ochoa les impresionó la manera directa y franca con que el visitante desmenuzaba los temas. Habían vivido en Cúcuta -la tierra de Villamizar-, conocían mucha gente de allá y se entendían bien con ella. Al final, los otros dos Ochoa intervinieron, y Martha Nieves descargaba el ambiente con sus gracejos criollos. Los hombres parecían firmes en su negativa a intervenir en una guerra de la cual ya se sentían a salvo, pero poco a poco se hicieron más reflexivos.

– Está bien, pues -concluyó Jorge Luis-. Nosotros le mandamos el mensaje a Pablo y le decimos que usted estuvo aquí. Pero lo que le aconsejo es que hable con mi papá. Está en la hacienda de La Loma y le dará mucho gusto hablar con usted.

De modo que Villamizar fue a la hacienda con la familia en pleno, y sólo con los dos escoltas que había llevado de Bogotá, pues a los Ochoa les pareció demasiado visible el aparato de seguridad. Llegaron hasta el portal, y caminaron a pie como un kilómetro hacia la casa por un sendero de árboles frondosos y bien cuidados. Varios hombres sin armas a la vista les cerraron el paso a los escoltas y los invitaron a cambiar de rumbo. Hubo un instante de zozobra, pero los de la casa calmaron a los forasteros con buenas maneras y mejores razones.

– Caminen y coman algo por aquí -les dijeron-, que el doctor tiene que hablar con don Fabio.

Al final de la arboleda estaba la plazoleta y al fondo la casa grande y en orden. En la terraza, que dominaba las praderas hasta el horizonte, el viejo patriarca esperaba la visita. Con él estaba el resto de la familia, todas mujeres y casi todas de luto por sus muertos en la guerra. Aunque era la hora de la siesta, habían preparado toda clase de cosas de comer y de beber.

Villamizar se dio cuenta desde el saludo de que don Fabio tenía ya un informe completo de la conversación en la cárcel. Eso abrevió los preámbulos. Villamizar se limitó a repetir que el recrudecimiento de la guerra podría perjudicar mucho más a su familia, numerosa y próspera, que no estaba acusada de homicidio ni terrorismo. Por lo pronto tres de sus hijos estaban a salvo, pero el porvenir era impredecible. Así que nadie debería estar más interesado que ellos en el logro de la paz, y eso no sería posible mientras Escobar no siguiera el ejemplo de sus hijos.

Don Fabio lo escuchó con una atención plácida, aprobando con leves movimientos de cabeza lo que le parecía acertado. Luego, con frases breves y contundentes como epitafios, dijo en cinco minutos lo que pensaba. Cualquier cosa que se hiciera -dijo- se encontraría al final con que faltaba lo más importante: hablar con Escobar en persona. «De modo que lo mejor es empezar por ahí», dijo. Pensaba que Villamizar era el adecuado para intentarlo, porque Escobar sólo creía en hombres cuya palabra fuera de oro.

– Y usted lo es -concluyó don Fabio-. El problema es demostrárselo.

La visita había empezado en la cárcel a las diez de la mañana y terminó a las seis de la tarde en La Loma. Su mayor logro fue romper el hielo entre Villamizar y los Ochoa para el propósito común -ya acordado con el gobierno- de que Escobar se entregara a la justicia. Esa certidumbre le dio ánimos a Villamizar para transmitirle sus impresiones al presidente. Pero al llegar a Bogotá se encontró con la mala noticia de que también el presidente estaba sufriendo en carne propia el dolor de un secuestro.

Así era: Fortunato Gaviria Trujillo, su primo hermano y amigo más querido desde la infancia, había sido raptado en su finca de Pereira por cuatro encapuchados con fusiles. El presidente no canceló el compromiso de un consejo regional de gobernadores en la isla de San Andrés, y se fue la tarde del viernes aún sin confirmar si los secuestradores de su primo eran los Extraditables. El sábado por la mañana madrugó a bucear, y cuando salió a flote le contaron que habían hallado el cadáver de Fortunato con un tiro de fusil en el pecho. Había resistido a los secuestradores -que no eran narcotraficantes- y éstos le habían dado muerte tal vez por accidente.

La primera reacción del presidente fue cancelar el consejo regional y regresar de inmediato a Bogotá, pero los médicos se lo impidieron. No era recomendable volar antes de veinticuatro horas después de permanecer una hora a sesenta pies de profundidad. Gaviria obedeció, y el país lo vio en la televisión presidiendo el consejo con su cara más lúgubre. Pero a las cuatro de la tarde pasó por encima del criterio médico, y regresó a Bogotá para organizar los funerales. Tiempo después, evocando aquel día como uno de los más duros de su vida, dijo con un humor ácido:

– Yo era el único colombiano que no tenía un presidente ante quien quejarse.

Tan pronto como terminó el almuerzo con Villamizar en la cárcel, Jorge Luis Ochoa le había mandado una carta a Escobar para inducir su ánimo en favor de Villamizar. Se lo pintó como un santandereano serio al cual se le podía creer y hacer confianza. La respuesta de Escobar fue inmediata: «Dígale a ese hijo de puta que ni me hable». Villamizar se enteró por una llamada telefónica de Martha Nieves y María lía, quienes le pidieron, sin embargo, que volviera a Medellín para seguir buscando caminos. Esta vez se fue sin escoltas. Tomó un taxi en el aeropuerto hasta el Hotel Intercontinental, y unos quince minutos después lo recogió un chofer de los Ochoa. Era un paisa de unos veinte años, simpático y burlón, que lo observó un largo rato por el espejo retrovisor. Por fin le preguntó:

– ¿Está muy asustado?

Villamizar le sonrió por el espejo.

– Tranquilo, doctor -prosiguió el muchacho. Y agregó con un buen granito de ironía-: Con nosotros no le va a pasar nada. ¡Cómo se le ocurre!

La broma le dio a Villamizar la seguridad y la confianza que no perdió en ningún momento durante los viajes que haría después. Nunca supo si lo siguieron, inclusive en una etapa más avanzada, pero siempre se sintió a la sombra de un poder sobrenatural.

Al parecer, Escobar no sentía que le debiera nada a Villamizar por el decreto que le abrió una puerta segura contra la extradición. Sin duda, con sus cuentas milimétricas de tahúr duro, consideraba que el favor estaba pagado con la liberación de Beatriz, pero que la deuda histórica seguía intacta. Sin embargo, los Ochoa pensaban que Villamizar debía insistir.

Así que pasó por alto los insultos, y se propuso seguir adelante. Los Ochoa lo apoyaron.

Volvió dos o tres veces y establecieron juntos una estrategia de acción. Jorge Luis le escribió otra carta a Escobar, en la cual le planteaba que las garantías para su entrega estaban dadas, y que se le respetaría la vida y no sería extraditado por ninguna causa. Pero Escobar no respondió. Entonces decidieron que el mismo Villamizar le explicara por escrito a Escobar su situación y su propuesta.