El misterio continuaba el 26 de enero, cuando apareció el cadáver de un llamado José Humberto Vázquez Muñoz en el municipio de Girardota, cerca de Medellín. Había sido muerto por tres tiros de 9 mm en el tórax y dos en la cabeza. En los archivos de los servicios de inteligencia estaba reseñado con graves antecedentes como miembro del cartel de Medellín. Los investigadores marcaron su fotografía con un número cinco, la mezclaron con otras de delincuentes reconocidos, y las mostraron juntas a los que estuvieron cautivos con Diana Turbay. Hero Buss dijo: «No reconozco a ninguno, pero creo que la persona que aparece en la foto número cinco tiene cierto parecido con un sicario que yo vi días después del secuestro». Azucena Liévano declaró también que el hombre de la foto número cinco, pero sin bigote, se parecía a uno que hacía turnos de noche en la casa en que estaban Diana y ella en los primeros días del secuestro. Richard Becerra también reconoció al número cinco como uno que iba esposado en el helicóptero, pero aclaró: «Se me parece por la forma de la cara pero no estoy seguro». Orlando Acevedo también lo reconoció. Por último, la esposa de Vázquez Muñoz reconoció el cadáver, y dijo en declaración jurada que el día 25 de enero de 1991 a las ocho de la mañana su marido había salido de la casa a buscar un taxi, cuando lo agarraron en la calle dos motorizados vestidos de policía y dos vestidos de civil y lo metieron en un carro. El alcanzó a llamarla con un grito: «Ana Lucía». Pero ya se lo habían llevado. Esta declaración, sin embargo, no pudo tornarse en cuenta, porque no hubo más testigos del secuestro.
«En conclusión -dijo el informe-, y teniendo en cuenta las pruebas aportadas, es dable afirmar que antes de realizar el operativo de la finca La Bola algunos miembros de la policía nacional encargados del operativo tenían conocimiento por el señor Vázquez Muñoz, civil a quien tenían en su poder, que unos periodistas se encontraban cautivos en esos lugares, y muy seguramente, luego de los acontecimientos, le dieron muerte». Otras dos muertes inexplicables en el lugar de los hechos fueron también comprobadas. La oficina de Investigaciones Especiales, en consecuencia, concluyó que no existían motivos para afirmar que el general Gómez Padilla, ni otros de los altos directivos de la Policía Nacional estaban enterados. Que el arma que causó las lesiones de Diana no fue accionada por ninguno de los miembros del cuerpo especial de la Policía Nacional de Medellín. Que miembros del grupo de las operaciones de La Bola debían responder por las muertes de tres personas cuyos cuerpos fueron encontrados allí. Que contra el juez 93 de Instrucción Penal Militar, doctor Diego Rafael de Jesús Coley Nieto, y su secretaria, se abriera formal investigación disciplinaria por irregularidades de tipo sustancial y procedimental, así como contra los peritos del DAS en Bogotá.
Publicado ese informe, Villamizar se sintió en un piso más firme para escribirle a Escobar una segunda carta. Se la mandó, como siempre, a través de los Ochoa, y con otra carta para Maruja, que le rogaba hacer llegar. Aprovechó la ocasión para darle a Escobar una explicación escolar de los tres poderes del Estado: ejecutivo, legislativo y jurisdiccional, y hacerle entender qué difícil era para el presidente, dentro de esos mecanismos constitucionales y legales, manejar cuerpos tan numerosos y complejos como las Fuerzas Armadas. Sin embargo, le dio la razón a Escobar en sus denuncias sobre las violaciones de los derechos humanos por la fuerza pública, y por su insistencia de pedir garantías para él, su familia y su gente cuando se entregaran. «Yo comparto su criterio -le dijo- de que la lucha que usted y yo libramos tiene la misma esencia: salvar las vidas de nuestros familiares y las nuestras, y conseguir la paz». Con base en esos dos objetivos, le propuso adoptar una estrategia conjunta.
Escobar le contestó días después con el orgullo herido por la lección de derecho público. «Yo sé que el país está dividido en Presidente, Congreso, Policías, Ejército -escribió-. Pero también sé que el presidente es el que manda». El resto de la carta eran cuatro hojas reiterativas sobre las actuaciones de la policía, que sólo agregaban datos pero no argumentos a las anteriores. Negó que los Extraditables hubieran ejecutado a Diana Turbay, o que hubieran intentado hacerlo, porque en ese caso no habrían tenido que sacarla de la casa donde estaba secuestrada ni la hubieran vestido de negro para que los helicópteros la confundieran con una campesina. «Muerta no vale como rehén», escribió. Al final, sin pasos intermedios ni fórmulas de cortesía se despidió con una frase inusitada: «No se preocupe por (haber hecho) sus declaraciones a la prensa pidiendo que me extraditen. Sé que todo saldrá bien y que no me guardará rencores porque la lucha en defensa de su familia no tiene objetivos diferentes a la que yo llevo en defensa de la mía». Villamizar relacionó aquella frase con una anterior de Escobar, en la que dijo sentirse avergonzado de tener a Maruja en rehenes si la pelea no era con ella sino con el marido. Villamizar se lo había dicho ya de otro modo: «¿Cómo es que si estamos peleando los dos a la que tienen es a mi mujer?», y le propuso en consecuencia que lo cambiara a él por Maruja para negociar en persona. Escobar no aceptó.
Para entonces Villamizar había estado más de veinte veces en la celda de los Ochoa. Disfrutaba de las joyas de la cocina local que las mujeres de La Loma les llevaban con todas las precauciones contra cualquier atentado. Fue un proceso de conocimiento recíproco, de confianza mutua, en el cual dedicaban las mejores horas a desentrañar en cada frase y en cada gesto las segundas intenciones de Escobar. Villamizar regresaba a Bogotá casi siempre en el último avión del puente aéreo. Su hijo Andrés lo esperaba en el aeropuerto, y muchas veces tuvo que acompañarlo con agua mineral mientras él se liberaba de sus tensiones con lentos tragos solitarios. Había cumplido su promesa de no asistir a ningún acto de la ida pública, ni ver amigos: nada. Cuando la presión aumentaba, salía a la terraza y pasaba horas mirando en la dirección en que suponía que estaba Maruja, y durante horas le mandaba mensajes mentales, hasta que lo vencía el sueño. A las seis de la mañana estaba otra vez en pie y listo para empezar. Cuando recibían respuesta a una carta, o algo más de interés, Martha Nieves o María Lía llamaban por teléfono, y les bastaba una frase: