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– Doctor: mañana a las diez.

Mientras no hubiera llamadas dedicaba tiempo y trabajo a Colombia los Reclama, la campaña de televisión con base en los datos que Beatriz les había dado sobre las condiciones del encierro. Era una idea de Nora Sanín, directora de la Asociación Nacional de Medios (Asomedios) y puesta en marcha por María del Rosario Ortiz -gran amiga de Maruja y sobrina de Hernando Santos-, en equipo con su marido publicista, con Gloria de Galán y con el resto de la familia: Mónica, Alexandra, Juana, y sus hermanos. Se trataba de un desfile diario de estrellas del cine, el teatro, la televisión, el fútbol, la ciencia, la política, que pedían en un mismo mensaje la liberación de los secuestrados y el respeto a los derechos humanos. Desde su primera emisión suscitó un movimiento arrasador de opinión pública. Alexandra andaba con un camarógrafo cazando luminarias de un extremo al otro del país. En los tres meses que duró la campaña desfilaron unas cincuenta personalidades. Pero Escobar no se inmutó. Cuando el clavecinista Rafael Puyana dijo que era capaz de pedirle de rodillas la liberación de los secuestrados, Escobar le contestó: «Pueden venir de rodillas treinta millones de colombianos, y no los suelto». Sin embargo, en una carta a Villamizar hizo un elogio del programa porque no sólo luchaba por la libertad de los rehenes sino también por el respeto a los derechos humanos. La facilidad con que las hijas de Maruja y sus invitados desfilaban por las pantallas de televisión inquietaban a María Victoria, la esposa de Pacho Santos, por su insuperable timidez escénica. Los micrófonos imprevistos que le salían al paso, la luz impúdica de los reflectores, el ojo inquisitorial de las cámaras y las mismas preguntas de siempre a la espera de las mismas respuestas, le causaban unas náuseas de pánico que a duras penas lograba reprimir. El día de su cumpleaños hicieron una nota de televisión en la cual Hernado Santos habló con una fluidez profesional, y luego la tomó a ella del brazo: «Pase usted». Casi siempre logró escapar, pero algunas veces tuvo que enfrentarlo, y no sólo creía morir en el intento sino que al verse y escucharse en la pantalla se sentía ridícula e imbécil. Su reacción contra aquella servidumbre social fue entonces la contraria. Hizo un curso de microempresas y otro de periodismo. Se volvió libre y fiestera por decisión propia. Aceptó invitaciones que antes detestaba, asistía a conferencias y conciertos, se vistió con ropas alegres, trasnochaba hasta muy tarde, hasta que derrotó su imagen de viuda compadecida. Hernando y sus mejores amigos la entendieron, la apoyaron, la ayudaron a salirse con la suya. Pero no tardó en sufrir las sanciones sociales. Supo que muchos de quienes la celebraban de frente la criticaban a sus espaldas. Le llegaban ramos de rosas sin tarjetas, cajas de chocolates sin nombres, declaraciones de amor sin remitentes. Ella gozó con la ilusión de que fueran del marido, que quizás había logrado abrirse un camino secreto hasta ella desde su soledad. Pero el remitente no tardó en identificarse por teléfono: era un maniático. Una mujer, también por teléfono, se le declaró sin rodeos: «Estoy enamorada de usted».

En aquellos meses de libertad creativa Mariavé encontró por azar una vidente amiga que había prefigurado el destino trágico de Diana Turbay. Se asustó con la sola idea de que le hiciera algún pronóstico siniestro, pero la vidente la tranquilizó. A principios de febrero volvió a encontrarla, y le dijo al oído de pasada, sin que le hubieran preguntado nada y sin esperar ningún comentario: «Pacho está vivo». Lo dijo con tal seguridad, que Mariavé lo creyó como si lo hubiera visto con sus ojos.

La verdad en febrero parecía ser que Escobar no tenía confianza en los decretos, aun cuando decía que sí. La desconfianza era en él una condición vital, y solía repetir que gracias a eso estaba vivo. No delegaba nada esencial. Era su propio jefe militar, su propio jefe de seguridad, de inteligencia y de contrainteligencia, un estratega imprevisible y un desinformador sin igual. En circunstancias extremas cambiaba todos los días su guardia personal de ocho hombres. Conocía toda clase de tecnologías de comunicaciones, de intervención de líneas, de rastreo de señales. Tenía empleados que pasaban el día intercambiando diálogos de locos por sus teléfonos para que los escuchas se embrollaran en manglares de disparates y no pudieran distinguirlos de los mensajes reales. Cuando la policía divulgó dos números de teléfono para que se dieran informes sobre su paradero, contrató colegios de niños para que se anticiparan a los delatores y mantuvieran las líneas ocupadas las veinticuatro horas. Su astucia para no dejar pruebas de sus actos era inagotable. No consultaba con nadie, y daba estrategias legales a sus abogados, que no hacían más que ponerles piso jurídico.

Su negativa de recibir a Villamizar obedecía al temor de que tuviera escondido debajo de la piel un dispositivo electrónico que permitiera rastrearlo. Se trataba en realidad de un minúsculo transmisor de radio con una pila microscópica cuya señal puede ser captada a larga distancia por un receptor especial -un radiogoniómetro- que permite establecer por computación el lugar aproximado de la señal. Escobar confiaba tanto en el grado de sofisticación de este ingenio, que no le parecía fantástico que alguien llevara el receptor instalado debajo de la piel. El goniómetro sirve también para determinar las coordenadas de una emisión de radio, o un teléfono móvil o de línea. Por eso Escobar los usaba lo menos posible, y si lo hacía prefería que fuera desde vehículos en marcha. Usaba estafetas con notas escritas. Si tenía que ver a alguien no lo citaba donde él estaba sino que iba él adonde estaba el otro. Cuando terminaba la reunión se movía por rumbos imprevistos. O se iba al otro extremo de la tecnología: en un microbús con placas e insignias falsas de servicio público que se sometía a las rutas reglamentarias pero no hacía caso de las paradas porque siempre llevaban el cupo completo con las escoltas del dueño. Una de las diversiones de Escobar, por cierto, era ir de vez en cuando como conductor.

La posibilidad de que la Asamblea Constituyente acabara de pronunciarse en favor de la no extradición y el indulto, se hizo más probable en febrero. Escobar lo sabía v concentró más fuerzas en esa dirección que en el gobierno. Gaviria, en realidad, debió resultarle más duro de lo que suponía. Todo lo relacionado con los decretos de sometimiento a la justicia estaba al día en la Dirección de Instrucción Criminal, y el ministro de Justicia permanecía alerta para atender cualquier emergencia jurídica. Villamizar, por su parte, actuaba no sólo por su cuenta sino también por su riesgo, pero su estrecha colaboración con Rafael Pardo le mantenía abierto al gobierno un canal directo que no lo comprometía, y en cambio le servía para avanzar sin negociar. Escobar debió entender entonces que Gavina no designaría nunca un delegado oficial para conversar con él -que era su sueño dorado- y se aferró a la esperanza de que la Constituyente lo indultara, ya fuera como traficante arrepentido, o a la sombra de algún grupo armado.

No era un cálculo loco. Antes de la instalación de la Constituyente, los partidos políticos habían acordado una agenda de temas cerrados, y el gobierno logró con razones jurídicas que la extradición no fuera incluida en la lista, porque la necesitaba como instrumento de presión en la política de sometimiento. Pero cuando la Corte Suprema de Justicia tomó la decisión espectacular de que la Constituyente podía tratar cualquier tema sin limitación alguna, el de la extradición resurgió de los escombros. El indulto no se mencionó, pero también era posible: todo cabía en el infinito.

El presidente Gavina no era de los que abandonaban un terna por otro. En seis meses había impuesto a sus colaboradores un sistema de comunicación personal con notas escritas en papelitos casuales con frases breves que lo resumían todo. A veces mandaba sólo el nombre de la persona a quien iba dirigido, se lo entregaba al que estuviera más cerca, y el destinatario sabía lo que debía hacer. Este método, además, tenía para sus asesores la virtud terrorífica de que no hacía distinción entre las horas de trabajo y las de descanso. Gaviria no la concebía, pues descansaba con la misma disciplina con que trabajaba, y seguía mandando papelitos mientras estaba en un cóctel o tan pronto como emergía de la pesca submarina. «Jugar tenis con él era como un consejo de ministros», dijo uno de sus consejeros. Podía hacer siestas profundas de cinco a diez minutos aun sentado en el escritorio, y despertaba como nuevo mientras sus colaboradores se caían de sueño. El método, por azaroso que pareciera, tenía la virtud de disparar la acción con más apremio y energía que los memorandos formales.