El sistema fue de gran utilidad cuando el presidente trató de parar el golpe de la Corte Suprema contra la extradición, con el argumento de que era un tema de ley y no de Constitución. El ministro de Gobierno, Humberto de la Calle logró convencer de entrada a la mayoría. Pero las cosas que interesan a la gente terminan por imponerse a las que interesan a los gobiernos, y la gente tenía bien identificada la extradición como uno de los factores de perturbación social y, sobre todo, del terrorismo salvaje. Así que al cabo de muchas vueltas y revueltas terminó incluida en el temario de la Comisión de Derechos. En medio de todo, los Ochoa persistían en el temor de que Escobar, acorralado por sus propios demonios, decidiera inmolarse en una catástrofe de tamaño apocalíptico. Fue un temor profético. A principios de marzo, Villamizar recibió de ellos un mensaje apremiante: «Véngase enseguida para acá porque van a pasar cosas muy graves». Habían recibido una carta de Pablo Escobar con la amenaza de reventar cincuenta toneladas de dinamita en el recinto histórico de Cartagena de Indias si no eran sancionados los policías que asolaban las comunas de Medellín: cien kilos por cada muchacho muerto fuera de combate. Los Extraditables habían considerado a Cartagena como un santuario intocable hasta el 28 de setiembre de 1989, cuando una carga de dinamita sacudió los cimientos y pulverizó cristales del Hotel Hilton, y mató a dos médicos de un congreso que sesionaba en otro piso. A partir de entonces quedó claro que tampoco aquel patrimonio de la humanidad estaba a salvo de la guerra. La nueva amenaza no permitía un instante de vacilación. El presidente Gaviria la conoció por Villamizar pocos días antes de cumplirse el plazo. «Ahora no estamos peleando por Maruja sino por salvar a Cartagena», le dijo Villamizar, para facilitarle un argumento. La respuesta del presidente fue que le agradecía la información y que el gobierno tomaría las medidas para impedir el desastre, pero que de ningún modo cedería al chantaje. Así que Villamizar viajó a Medellín una vez más, y con la ayuda de los Ochoa logró disuadir a Escobar. No fue fácil. Días antes del plazo, Escobar garantizó en un papel apresurado que a los periodistas cautivos no les pasaría nada por el momento, y aplazó la detonación de bombas en ciudades grandes. Pero también fue terminante: si después de abril continuaban los operativos de la policía en Medellín, no quedaría piedra sobre piedra de la muy antigua y noble ciudad de Cartagena de Indias.
9
Sola en el cuarto, Maruja tomó conciencia de que estaba en manos de los hombres que quizás habían matado a Marina y a Beatriz, y se negaban a devolverle el radio y el televisor para que no se enterara. Pasó de la solicitud encarecida a la exigencia colérica, se enfrentó a gritos con los guardianes para que la oyeran hasta los vecinos, no volvió a caminar y amenazó con no volver a comer. El mayordomo y los guardianes, sorprendidos por una situación impensable, no supieron qué hacer. Susurraban en conciliábulos inútiles, salían a llamar por teléfono y regresaban aún más indecisos. Trataban de tranquilizar a Maruja con promesas ilusorias o intimidarla con amenazas, pero no consiguieron quebrantar su voluntad de no comer.
Nunca se había sentido más dueña de sí. Era claro que sus guardianes tenían instrucciones de no maltratarla, y se jugó la carta de que la necesitaban viva a toda costa. Fue un cálculo certero: tres días después de la liberación de Beatriz, muy temprano, la puerta se abrió sin ningún anuncio, y entró el mayordomo con el radio y el televisor. «Usted se va a enterar ahora de una cosa», le dijo a Maruja. Y enseguida, sin dramatismo, le soltó la noticia:
– Doña Marina Montoya está muerta.
Al contrario de lo que ella misma hubiera esperado, Maruja lo oyó como si lo hubiera sabido desde siempre. Lo asombroso para ella habría sido que Marina estuviera viva. Sin embargo, cuando la verdad le llegó al corazón se dio cuenta de cuánto la quería y cuánto habría dado porque no fuera cierta.
– ¡Asesinos! -le dijo al mayordomo-. Eso es lo que son todos ustedes: ¡asesinos!
En ese instante apareció el Doctor en la puerta, y quiso calmar a Maruja con la noticia de que Beatriz estaba feliz en su casa, pero ella no lo creería mientras no la viera con sus ojos en la televisión o la oyera por la radio. En cambio el recién llegado le pareció como mandado a hacer para un desahogo.
– Usted no había vuelto por aquí -le dijo-. Y lo comprendo: debe estar muy avergonzado de lo que hizo con Marina.
Él necesitó un instante para reponerse de la sorpresa.
– ¿Qué pasó? -lo instigó Maruja-. ¿Estaba condenada a muerte?
Él explicó entonces que se trataba de vengar una traición doble. «Lo de usted es distinto», dijo. Y repitió lo que ya había dicho antes: «Es político». Maruja lo escuchó con la rara fascinación que infunde la idea de la muerte a los que sienten que van a morir.
– Al menos dígame cómo fue -dijo-. ¿Marina se dio cuenta?
– Le juro que no -dijo él.
– ¡Pero cómo no! -persistió Maruja-. ¡Cómo no iba a darse cuenta!
– Le dijeron que la iban a llevar a otra finca -dijo él con la ansiedad de que se lo creyera-. Le dijeron que se bajara del carro, y ella siguió caminando adelante y le dispararon por detrás de la cabeza. No pudo darse cuenta de nada.
La imagen de Marina caminando a tientas con la capucha al revés hacia una finca imaginaria iba a perseguir a Maruja muchas noches de insomnios. Más que a la muerte misma, le temía a la lucidez del momento final. Lo único que le infundió algún consuelo fue la caja de pastillas somníferas que había ahorrado como perlas preciosas, para tragarse un puñado antes que dejarse arrastrar por las buenas al matadero.
En las noticias del mediodía vio por fin a Beatriz, rodeada de su gente y en un apartamento lleno de flores que reconoció al instante a pesar de los cambios: era el suyo. Sin embargo, la alegría de verla se estropeó con el disgusto de la nueva decoración. La biblioteca nueva le pareció bien hecha y en el lugar en que ella la quería, pero los colores de las paredes y las alfombras eran insoportables, y el caballo de la dinastía Tang estaba atravesado donde más estorbaba. Indiferente a su situación empezó a regañar al marido y a los hijos como si pudieran oírla en la pantalla. «¡Qué brutos! -gritó-. ¡Es todo al revés de lo que yo había dicho!» Los deseos de salir libre se redujeron por un instante a las ansias de cantarles la tabla por lo mal que lo habían hecho.
En esa tormenta de sensaciones y sentimientos encontrados, los días se le habían hecho invivibles y las noches, interminables. La impresionaba dormir en la cama de Marina, cubierta con su manta, atormentada por su olor, y cuando empezaba a dormirse oía en las tinieblas, junto a ella en la misma cama, sus susurros de abeja. Una noche no fue una alucinación sino un prodigio de la vida real. Marina la agarró del brazo con su mano de viva, tibia y tierna, y le sopló al oído con su voz naturaclass="underline" «Maruja».
No lo consideró una alucinación porque en Yakarta había vivido otra experiencia fantástica. En una feria de antigüedades había comprado la escultura de un hermoso mancebo de tamaño natural, con un pie apoyado sobre la cabeza de un niño vencido. Tenía una aureola como los santos católicos, pero ésta era de latón, y d estilo y los materiales hacían pensar en un añadido de pacotilla. Sólo tiempo después de tenerla en el mejor lugar de la casa se enteró de que era el Dios de la Muerte.
Maruja soñó una noche que trataba de arrancarle la aureola a la estatua porque le parecía muy fea, pero no lo logró. Estaba soldada al bronce. Despertó muy molesta por el mal recuerdo, corrió a ver la estatua en el salón de la casa, y encontró al dios descoronado y la aureola tirada en el piso como si fuera el final de su sueño. Maruja -que es racionalista y agnóstica-, se conformó con la idea de que era ella misma, en un episodio irrecordable de sonambulismo, quien le había quitado la aureola al Dios de la Muerte.