Al principio del cautiverio se había sostenido por la rabia que le causaba la sumisión de Marina. Más tarde fue la compasión por su amargo destino y los deseos de darle alientos para vivir. La sostuvo el deber de fingir una fuerza que no tenía cuando Beatriz empezaba a perder el control, y la necesidad de mantener su propio equilibrio cuando la adversidad las abrumaba. Alguien tenía que asumir el mando para no hundirse, y había sido ella, en un espacio lúgubre y pestilente de tres metros por dos y medio, durmiendo en el suelo, comiendo sobras de cocina y sin la certidumbre de estar viva en el minuto siguiente. Pero cuando no quedó nadie más en el cuarto ya no tenía por qué fingir: estaba sola ante sí misma La certidumbre de que Beatriz había informado a su familia sobre el modo como podían dirigirse a ella por radio y televisión la mantuvo alerta. En efecto, Villamizar apareció varias veces con sus voces de aliento, y sus hijos la consolaron con su imaginación y su gracia. De pronto, sin ningún anuncio, se rompió el contacto durante dos semanas. Entonces la embargó una sensación de olvido. Se derrumbó. No volvió a caminar. Permaneció acostada de cara a la pared, ajena a todo, comiendo y bebiendo apenas para no morir. Volvió a sentir los mismos dolores de diciembre, los mismos calambres y punzadas en las piernas que habían hecho necesaria la visita del médico. Pero esta vez no se quejó siquiera.
Los guardianes, enredados en sus conflictos personales y discrepancias internas, se desentendieron de ella. La comida se enfriaba en el plato y tanto el mayordomo como su mujer parecían no enterarse de nada. Los días se hicieron más largos y áridos. Tanto, que hasta añoraba a veces los momentos peores de los primeros días. Perdió el interés por la vida. Lloró. Una mañana al despertar se dio cuenta horrorizada de que su brazo derecho se alzaba por sí solo.
El relevo de la guardia de febrero fue providencial. En vez de la pandilla de Barrabás mandaron cuatro muchachos nuevos, serios, disciplinados y conversadores. Tenían buenos modales y una facilidad de expresión que fueron un alivio para Maruja. De entrada la invitaron a jugar nintendo y otras diversiones de televisión. El juego los acercó. Ella notó desde el principio que tenían un lenguaje común, y eso les facilitó una comunicación. Sin duda habían sido instruidos para vencer su resistencia y levantarle la moral con un trato distinto, pues empezaron a convencerla de que siguiera con la orden médica de caminar en el patio, de que pensara en su esposo, en sus hijos, y en no defraudar la esperanza que éstos tenían de verla pronto y en buen estado.
El ambiente fue propicio para los desahogos. Consciente de que también ellos eran prisioneros y tal vez necesitaban de ella, Maruja les contaba sus experiencias con tres hijos varones que ya habían pasado por la adolescencia. Les contó episodios significativos de su crianza y educación, de sus costumbres y sus gustos. También los guardianes, ya más confiados, le hablaron de sus vidas.
Todos eran bachilleres y uno de ellos había hecho por lo menos un semestre de universidad. Al contrario de los anteriores, decían pertenecer a familias de clase media, pero de una u otra manera estaban marcados por la cultura de las comunas de Medellín. El mayor de ellos, de veinticuatro años, a quien llamaban la Hormiga, era alto y apuesto, y de índole reservada. Había interrumpido sus estudios universitarios cuando sus padres murieron en un accidente de tránsito y no había encontrado más salida que el sicariato. Otro, a quien llamaban Tiburón, contaba divertido que había aprobado la mitad del bachillerato amenazando a sus profesores con un revólver de juguete. Al más alegre del equipo, y de todos los que pasaron por allí, lo llamaban el Trompo y lo parecía, en efecto. Era muy gordo, de piernas cortas y frágiles, y su afición por el baile llegaba a extremos de locura. Alguna vez puso en la grabadora una cinta de salsa después del desayuno, y la bailó sin interrupción y con ímpetu frenético hasta el final de su turno. El más formal, hijo de una maestra de escuela, era lector de literatura y de periódicos, y estaba bien informado de la actualidad del país. Sólo tenía una explicación para estar en aquella vida: «Porque es muy chévere».
Sin embargo, tal como Maruja lo vislumbró desde el principio, no fueron insensibles al trato humano. Lo cual, a su vez, no sólo le dio a ella nuevos ánimos para vivir, sino la astucia para ganar ventajas que tal vez los mismos guardianes no tenían previstas.
– No se crean que voy a hacer pendejadas con ustedes -les dijo-. Estén seguros de que no haré nada de lo que está prohibido, porque sé que esto va a terminar pronto y bien. Entonces no tiene sentido que me constriñan tanto.
Con una autonomía que no tuvo ninguno de los guardianes anteriores -ni siquiera sus jefes-, los nuevos se atrevieron a relajar el régimen carcelario mucho más de lo que la misma Maruja esperaba. La dejaron moverse por el cuarto, hablar con la voz menos forzada, ir al baño sin un horario fijo. El nuevo trato le devolvió los ánimos para dedicarse al cuidado de sí misma, gracias a la experiencia de Yakarta. Sacó buen provecho de unas lecciones de gimnasia que hizo para ella una maestra en el programa de Alexandra, y cuyo título parecía llevar nombre propio: ejercicios en espacios reducidos. Era tal su entusiasmo, que uno de los guardianes le preguntó con un gesto de sospecha: «¿No será que ese programa tiene algún mensaje para usted?». Trabajo le costó a Maruja convencerlo de que no. Por esos días la emocionó también la aparición sorpresiva de Colombia los Reclama, que no sólo le pareció bien concebido y bien hecho, sino también el más adecuado para sostener en alto la moral de los dos últimos rehenes. Se sintió mejor comunicada y más identificada con los suyos. Pensaba que ella hubiera hecho lo mismo Corno campaña, como medicina, como golpe de opinión, hasta el punto de que llegó a acertar en las apuestas que hacía con los guardianes sobre quién iba a aparecer en la pantalla al día siguiente. Una vez apostó a que saldría Vicky Hernández, la gran actriz, su gran amiga, y ganó. Un premio mejor, en todo caso, fue que el solo hecho de ver a Vicky y de escuchar su mensaje le provocó uno de los pocos instantes felices del cautiverio.
También las caminatas del patio empezaron a dar frutos. El pastor alemán, alegre de verla otra vez, trató de meterse por debajo del portón para retozar con Maruja, pero ella lo calmó con sus mimos por temor de despertar los recelos de los guardianes. Marina le había dicho que el portón daba a un potrero apacible de corderos y gallinas. Maruja lo comprobó con una rápida mirada bajo la claridad lunar. Sin embargo, también se dio cuenta entonces de que un hombre armado con una escopeta montaba guardia por fuera de la cerca. La ilusión de escapar con la complicidad del perro quedó cancelada.
El 20 de febrero -cuando la vida parecía haber recobrado su ritmo- se enteraron por radio de que en un potrero de Medellín habían encontrado el cadáver del doctor Conrado Prisco Lopera, primo de los jefes de la banda, quien había desaparecido dos días antes. Su primo Edgar de Jesús Botero Prisco fue asesinado a los cuatro días. Ninguno de los dos tenía antecedentes penales. El doctor Prisco Lopera era el que había atendido a Juan Vitta con su nombre y a cara descubierta, y Maruja se preguntaba si no sería el mismo enmascarado que la había examinado días antes.
Al igual que la muerte de los hermanos Priscos en enero, éstas causaron una gran impresión entre los guardianes y aumentaron el nerviosismo del mayordomo y su familia. La idea de que el cartel cobraría sus muertes con la vida de un secuestrado, como ocurrió con Marina Montoya, pasó por el cuarto como una sombra fatídica. El mayordomo entró al día siguiente sin ningún motivo v a una hora inusual.