– No es por preocuparla -le dijo a Maruja-, pero hay una cosa muy grave: una mariposa está parada desde anoche en la puerta del patio.
Maruja, incrédula de lo invisible, no entendió lo que quería decirle. El mayordomo se lo explicó con un tremendismo calculado.
– Es que cuando mataron a los otros Priscos sucedió lo mismo -dijo-: una mariposa negra estuvo pegada tres días en la puerta del baño.
Maruja recordó los oscuros presentimientos de Marina, pero se hizo la desentendida.
– ¿Y eso qué quiere decir? -preguntó.
– No sé -dijo el mayordomo-, pero debe ser de muy mal agüero porque entonces fue que mataron a doña Marina.
– ¿La de ahora es negra o carmelita? -le preguntó Maruja.
– Carmelita -dijo el mayordomo.
– Entonces es buena -dijo Maruja-. Las de mal agüero son las negras.
El propósito de asustarla no se cumplió. Maruja conocía a su marido, su modo de pensar y proceder, y no creía que anduviera tan extraviado como para quitarle el sueño a una mariposa. Sabía, sobre todo, que ni él ni Beatriz dejarían escapar ningún dato útil para un intento de rescate armado. Sin embargo, acostumbrada a interpretar sus altibajos íntimos como un reflejo del mundo exterior, no descartó que cinco muertes de una misma familia en un mes tuvieran terribles consecuencias para los dos últimos secuestrados. El rumor de que la Asamblea Constituyente tenía dudas sobre la extradición, por el contrario, debió aliviar a los Extraditables. El 28 de febrero, en una visita Oficial a los Estados Unidos el presidente Gaviria se declaró partidario decidido de mantenerla a toda costa, pero no causó alarma: la no extradición era ya un sentimiento nacional muy arraigado que no necesitaba de sobornos ni intimidaciones para imponerse. Maruja seguía aquellos acontecimientos con atención, dentro de una rutina que parecía ser un mismo día repetido. De pronto, mientras jugaban dominó con los guardianes, el Trompo cerró el juego y recogió las fichas por última vez.
– Mañana nos vamos -dijo.
Maruja no quiso creerlo, pero el hijo de la maestra se lo confirmó.
– En serio -dijo-. Mañana viene el grupo de Barrabás.
Éste fue el principio de lo que Maruja había de recordar como su marzo negro. Así como los guardianes que se iban parecían instruidos para aliviar la condena, los que llegaron estaban sin duda entrenados para volverla insoportable. Irrumpieron como un temblor de tierra. El Monje, largo, escuálido, y más sombrío y ensimismado que la última vez. Los otros, los de siempre, como si nunca se hubieran ido. Barrabás los dirigía con ínfulas de matón de cine, impartiendo órdenes militares para encontrar el escondrijo de algo que no existía, o fingiendo buscarlo para amedrentar a su víctima. Voltearon el cuarto al revés con técnicas brutales. Desbarataron la cama, destriparon el colchón y lo rellenaron tan mal que costaba trabajo seguir durmiendo en un lecho de nudos.
La vida cotidiana regresó al viejo estilo de mantener las armas listas para disparar si las órdenes no se cumplían de inmediato. Barrabás no le hablaba a Maruja sin apuntarle a la cabeza con la ametralladora. Ella, como siempre, lo plantó con la amenaza de acusarlo con sus jefes.
– No es verdad que me voy a morir sólo porque a usted se b fue una bala -le dijo-. Estése quieto o me quejo.
Esa vez no le sirvió el recurso. Parecía claro, sin embargo, que el desorden no era intimidatorio ni calculado, sino que el sistema mismo estaba carcomido desde, dentro por una desmoralización de fondo. Hasta los pleitos entre el mayordomo y Damaris, frecuentes y de colores folclóricos, se volvieron temibles. Él llegaba de la calle a cualquier hora -si llegaba- casi siempre embrutecido por la borrachera, y tenía que enfrentarse a las andanadas obscenas de la mujer. Los alaridos de ambos, y el llanto de las niñas despertadas a cualquier hora, alborotaban la casa. Los guardianes se burlaban de ellos con imitaciones teatrales que magnificaban el escándalo. Resultaba inconcebible que en medio de la barahúnda no hubiera acudido nadie aunque fuera por curiosidad.
El mayordomo y su mujer se desahogaban por separado con Maruja. Damaris, a causa de unos celos justificados que no le daban un instante de paz. El, tratando de ingeniarse una manera de calmar a la mujer sin renunciar a sus perrerías. Pero los buenos oficios de Maruja no perduraban más allá de la siguiente escapada del mayordomo. En uno de los tantos pleitos, Damaris le cruzó la cara al marido con unos arañazos de gata, cuyas cicatrices tardaron en desaparecer. Él le dio una trompada que la sacó por la ventana. No la mató de milagro, porque ella alcanzó a agarrarse a última hora y quedó colgada del balcón del patio. Fue el final. Damaris hizo maletas y se fue con las niñas para Medellín. La casa quedó en manos del mayordomo solo, que a veces no aparecía hasta el anochecer cargado de yogur y bolsas de papas fritas. Muy de vez en cuando llevó un pollo. Cansados de esperar, los guardianes saqueaban la cocina. De regreso al cuarto le llevaban a Maruja alguna galleta sobrante con salchichas crudas. El aburrimiento los volvió más susceptibles y peligrosos. Despotricaban contra sus padres, contra la policía, contra la sociedad entera. Contaban sus crímenes inútiles y sus sacrilegios deliberados para probarse la inexistencia de Dios, y llegaron a extremos dementes en los relatos de sus proezas sexuales. Uno de ellos hacía descripciones de las aberraciones a que sometió a una de sus amantes en venganza de sus burlas y humillaciones. Resentidos y sin control, terminaron por drogarse con marihuana y bazuco, hasta un punto en que no era posible respirar en la humareda del cuarto. Oían la radio a reventar, entraban y salían con portazos, brincaban, cantaban, bailaban, hacían cabriolas en el patio. Uno de ellos parecía un saltimbanqui profesional en un circo perdulario. Maruja los amenazaba con que los escándalos iban a llamar la atención de la policía.
– ¡Que venga y que nos mate! -gritaron a coro.
Maruja se sintió en sus límites, sobre todo por el enloquecido Barrabás, que se complacía en despertarla con el cañón de la ametralladora en la sien. El cabello comenzó a caérsele. La almohada llena de hebras sueltas la deprimía desde que abría los ojos al amanecer. Sabía que cada uno de los guardianes era distinto, pero tenían t debilidad común de la inseguridad y la desconfianza recíproca. Maruja se las exacerbaba con su propio temor. «¿Cómo pueden vivir así? -les preguntaba de pronto-. ¿En qué creen ustedes?», «¿Tienen algún sentido de la amistad?» Antes de que pudieran reaccionar los tenía arrinconados: «¿La palabra empeñada significa algo para ustedes?». No contestaban, pero las respuestas que se daban a sí mismos debían ser inquietantes, porque en lugar de rebelarse se humillaban ante Maruja. Sólo Barrabás se le enfrentó. «¡Oligarcas de mierda! -le gritó en una ocasión-. ¿Es que se creían que iban a mandar siempre? ¡Ya no, carajo: se acabó la vaina!» Maruja, que tanto le había temido, le salió al paso con la misma furia.
– Ustedes matan a sus amigos, sus amigos los matan a ustedes, todos terminarán matándose los unos a los otros -le gritó-. ¿Quién los entiende? Tráiganme a alguien que me explique qué clase de bestias son ustedes.
Desesperado tal vez por no poder matarla, Barrabás golpeó la pared con un puñetazo que le lastimó los huesos de la muñeca. Dio un grito salvaje y rompió a llorar de noria. Maruja no se dejó ablandar por la compasión. El mayordomo pasó la tarde tratando de apaciguarla e hizo un esfuerzo inútil por mejorar la cena.
Maruja se preguntaba cómo era posible que con semejante desmadre siguieran creyendo que tenían algún sentido los diálogos en susurro, la reclusión en el cuarto, el racionamiento del radio y la televisión por motivos de seguridad. Aburrida de tanta demencia se sublevó contra las leyes inservibles del cautiverio, habló con voz natural, iba al baño cuando se le antojaba. En cambio, el temor a una agresión se hizo más intenso, sobre todo cuando el mayordomo la dejaba sola con la pareja de turno. El drama culminó una mañana en que un guardián sin máscara irrumpió en el baño cuando ella estaba jabonándose bajo la ducha. Maruja alcanzó a cubrirse con la toalla y lanzó un grito de terror que debió oírse en todo el sector. El hombre permaneció petrificado, con una pavorosa cara de muerto y el alma en un hilo por temor a las reacciones del vecindario. Pero no acudió nadie, no se oyó un suspiro. El guardián salió caminando hacia atrás, en puntillas, y con la cara de muerto más pavorosa aún por el rencor.