El primer secuestro de aquella racha sin precedentes -el 30 de agosto pasado y apenas tres semanas después de la toma de posesión del presidente César Gaviria había sido el de Diana Turbay, directora del noticiero de televisión Criptón y de la revista Hoy x Hoy, de Bogotá, e hija del ex presidente de la república y jefe máximo del partido liberal Julio César Turbay. Junto con ella fueron secuestrados cuatro miembros de su equipo: la editora del noticiero, Azucena Liévano; el redactor Juan Vitta, los camarógrafos Richard Becerra y Orlando Acevedo, y el periodista alemán radicado en Colombia, Hero Buss. Seis en total. El truco de que se valieron los secuestradores fue una supuesta entrevista con el cura Manuel Pérez, comandante supremo del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Ninguno de los pocos que conocieron la invitación había estado de acuerdo en que Diana la aceptara. Entre ellos, el ministro de la Defensa, general Óscar Botero, y Rafael Pardo, a quien el presidente de la república le había hecho ver los riesgos de la expedición para que se los transmitiera a la familia Turbay. Sin embargo, pensar que Diana desistiría de ese viaje era no conocerla. En realidad, la entrevista de prensa con el cura Manuel Pérez no debía interesarle tanto como la posibilidad de un diálogo de paz. Años antes había emprendido en absoluto secreto una expedición a lomo de muía para hablar con los grupos armados de autodefensa en sus propios territorios, en una tentativa solitaria de entender ese movimiento desde su punto de vista político y periodístico. La noticia no tuvo relevancia en su tiempo ni se hicieron públicos sus resultados. Más tarde, a pesar de su vieja guerra con el M-19, se hizo amiga del comandante Carlos Pizarro, a quien visitó en su campamento para buscar soluciones de paz. Es claro que quien planeó el engaño de su secuestro tenía que conocer esos antecedentes. De modo que en aquel momento, por cualquier motivo, ante cualquier obstáculo, nada de este mundo hubiera podido impedir que Diana fuera a hablar con el cura Pérez, que tenía otra de las llaves de la paz. Por diversos inconvenientes de última hora la cita se había aplazado un año antes, pero el 30 de agosto a las cinco de la tarde, y sin avisarlo a nadie, Diana y su equipo emprendieron la ruta en una camioneta destartalada, con dos hombres jóvenes y una muchacha que se hicieron pasar por enviados de la dirección del ELN. El viaje mismo desde Bogotá fue una parodia fiel de cómo habría sido si en realidad lo hubieran hecho las guerrillas. Los acompañantes debían ser miembros de un movimiento armado, o lo habían sido, o habían aprendido muy bien la lección, porque no cometieron una falla que delatara un engaño ni en las conversaciones ni en el comportamiento.
El primer día habían llegado hasta Honda, a ciento cuarenta y seis kilómetros al occidente de Bogotá. Allí los esperaron otros hombres con dos vehículos más confortables. Después de cenar en una fonda de arrieros prosiguieron por un camino invisible y peligroso bajo un fuerte aguacero, y amanecieron a la espera de que despejaran la vía por un derrumbe grande. Por fin, cansados y mal dormidos, llegaron a las once de la mañana a un lugar donde los esperaba una patrulla con cinco caballos. Diana y Azucena prosiguieron a la jineta durante cuatro horas, y sus compañeros a pie, primero por una montaña densa, y más tarde por un valle idílico con casas de paz entre los cafetales. La gente se asomaba a verlos pasar, algunos reconocían a Diana y la saludaban desde las terrazas. Juan Vitta calculó que no menos de quinientas personas los habían visto a lo largo de la ruta. En la tarde desmontaron en una finca desierta donde un joven de aspecto estudiantil se identificó como del ELN, pero no les dio ningún dato de su destino. Todos se mostraron confundidos. A no más de medio kilómetro se veía un tramo de autopista, y al fondo una ciudad que sin duda era Medellín. Es decir: un territorio que no era del ELN. A no ser -había pensado Hero Buss- que fuera una jugada maestra del cura Pérez para reunirse con ellos en una zona en donde nadie sospechara que pudiera estar.
En unas dos horas más, en efecto, llegaron a Copacabana, un municipio devorado por el ímpetu demográfico de Medellín. Desmontaron en una casita de paredes blancas y tejas musgosas, casi incrustada en una pendiente pronunciada y agreste. Adentro había una sala, y a cada lado un pequeño cuarto. En uno había tres camas dobles donde se acomodaron los guías. En el otro -con una cama doble y una de dos pisos- alojaron a los hombres del equipo. A Diana y Azucena les destinaron el mejor cuarto del fondo donde había indicios de haber sido usado por mujeres. La luz estaba encendida a pleno día, porque todas las ventanas estaban tapadas con madera.
Al cabo de unas tres horas de espera llegó otro enmascarado que les dio la bienvenida en nombre de la comandancia, y les anunció que ya el cura Pérez los estaba esperando, pero por cuestiones de seguridad debían trasladar primero a las mujeres. Esa fue la primera vez que Diana dio muestras ce inquietud. Hero Buss le aconsejó a solas que por ningún motivo aceptara la división del grupo. En vista de que no pudo impedirlo, Diana le dio a escondidas su cédula de identidad, sin tiempo para explicarle por qué, pero él lo entendió como una prueba para el caso de que la hicieran desaparecer.
Antes del amanecer se llevaron a las mujeres y a Juan Vitta. Hero Buss, Richard Becerra y Orlando Acevedo quedaron en el cuarto de la cama doble y las literas de dos pisos, con cinco guardianes. La sospecha de que habían caído en una trampa aumentaba por horas. En la noche, mientras jugaban a las barajas, a Hero Buss le llamó la atención que uno de los guardianes tenía un reloj de lujo. «De modo que el ELN está ya a nivel de Rolex», se burló. Pero su adversario no se dio por aludido. Otra cosa que confundió a Hero Buss fue que el armamento que llevaban no era para guerrillas sino para operaciones urbanas. Orlando, que hablaba poco y se consideraba a sí mismo como el pobre del paseo, no necesitó tantas pistas para vislumbrar la verdad, por la sensación insoportable de que algo grave estaba sucediendo.
El primer cambio de casa fue a la media noche del 10 de septiembre, cuando los guardianes irrumpieron gritando: «Llegó la ley». Al cabo de dos horas de marcha forzada por entre la floresta, bajo una tempestad terrible, llegaron a la casa donde estaban Diana, Azucena y Juan Vitta. Era amplia y bien arreglada, con un televisor de pantalla grande, y sin nada que pudiera despertar sospechas. Lo que ninguno de ellos se imaginó nunca fue lo cerca que estuvieron todos de ser rescatados esa noche por pura casualidad. Fue una escala de pocas horas que aprovecharon para intercambiar ideas, experiencias y planes para el futuro. Diana se desahogó con Hero Buss. Le habló de su depresión por haberlos llevado a la trampa sin salida en que se encontraban, le confesó que estaba tratando de apaciguar en su memoria los recuerdos de familia -su esposo, sus hijos, sus padres-, que no le daban un instante de tregua. Pero el resultado era siempre el contrario.
En la noche siguiente, mientras la llevaban a pie a una tercera casa, con Azucena y Juan Vitta, por un camino imposible y bajo una lluvia tenaz, Diana se dio cuenta de que no era verdad nada de cuanto les decían. Pero esa misma noche un guardián desconocido hasta entonces la sacó de dudas.
– Ustedes no están con el ELN sino en manos de los Extraditables -les dijo-. Pero estén tranquilos, porque van a ser testigos de algo histórico.
La desaparición del equipo de Diana Turbay seguía siendo un misterio, diecinueve días después, cuando secuestraron a Marina Montoya. Se la habían llevado a rastras tres hombres bien vestidos, armados de pistolas de 9 milímetros y metralletas Miniuzis con silenciador, cuando acababa de cerrar su restaurante Donde las Tías, en el sector norte de Bogotá. Su hermana Lucrecia, que la ayudaba a atender la clientela, tuvo la buena fortuna de un pie escayolado por un esguince del tobillo que le impidió ir al restaurante. Marina ya había cerrado, pero volvió a abrir porque reconoció a dos de los tres hombres que tocaron. Habían almorzado allí varias veces desde la semana anterior e impresionaban al personal por su amabilidad y su humor paisa, y por las propinas de treinta por ciento que dejaban a los meseros. Aquella noche, sin embargo, fueron distintos. Tan pronto como Marina abrió la puerta la inmovilizaron con una llave maestra y la sacaron del local. Ella alcanzó a aferrarse con un brazo en un poste de luz y empezó a gritar. Uno de los asaltantes le dio un rodillazo en la columna vertebral que le cortó el aliento. Se la llevaron sin sentido en un Mercedes 190 azul dentro del baúl acondicionado para respirar.