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Muchas veces me he preguntado por qué no te maté. No fue porque me diera miedo quedarme sin ti. Ambos sabemos de sobra que he vivido sin ti cada uno de los días que duró nuestro accidentado o accidental matrimonio. Tampoco fue porque me resistiera a perder la visión de tu belleza. No es ya que tu belleza habite en mi corazón; eso habría sido un consuelo enfermizo, desviado, casi falso. La cuestión es que mi corazón no tiene más forma que la de tu belleza, hasta tal punto que sólo arrancándomelo podrían privarme de ella. Ni mucho menos, como no creo necesario aclararte, fue la causa de que no te matara alguna repugnancia o algún horror por el crimen. No habría podido serlo, desde el momento clarividente en que descubrí que el crimen es una de las más altas y absolutas formas de la poesía. Con el crimen habría culminado a un tiempo tu belleza y tu vida y mi amor ilimitado, fundiéndolos con la eternidad en un éxtasis único, indiscutible. En realidad, si repaso cualquiera de las objeciones usuales a la decisión de eliminar a la propia mujer, a cualquier mujer en definitiva, no encuentro sino razones poderosas para haberte matado. Ante la incapacidad de la lógica para justificar mi abstención, me inclino a sospechar que la culpa la tuvo una casual conjunción de circunstancias imprecisas. Alguna de ellas cabría encontrarla entre las múltiples modalidades de mi indolencia, que probablemente es el atributo del alma humana que ostento con mayor profusión de matices. Puedo pensar en la indolencia que me llevaba a dormir como nunca el día antes de un examen crucial que no había preparado debidamente, en la que desbarataba mi atención y lastraba mi elocuencia en la primera y normalmente última cita con una muchacha perseguida durante largas semanas, o en la que me disuadía de poner en el papel los versos más sublimes, que me habían sido dictados durante el sueño, hasta que ya era demasiado tarde para recordar más que torpes y enrevesados escombros del poema. Otro motivo nebuloso, pero cuya eficacia no debe ser subestimada, pudo ser que me traicionaras con mi hermano. Me resulta difícil desentrañar el efecto concreto de este hecho. Por una parte, la culpa podía ser desplazada de ti, que eras pese a todo irresponsable ante mí, hacia él, que no lo era. Bajo ese punto de vista, no tenía sentido castigarte. Por otro lado, y considerando que matarte hubiera podido ser un placer independiente de la sanción de la falta cometida, existía otro obstáculo; que al haberte mezclado con él te habías impregnado de algo que era sacrosanto para mí: su inmunidad. Yo no podía lesionarle severamente, cualquiera que fuera su delito contra mí, porque aunque hubiera burlado la lealtad que me debía, yo no dejaba de deberle mi lealtad, no ya a él, sino a los días en que me había dado la vida y a las veces que me la había guardado, salvado o defendido. Desde luego que le hice daño, que encontré maneras de vengarme que le resultaron dolorosas. Pero no podía destruirle, y aun a riesgo de que terminaras siendo totalmente suya, no podía levantar mi mano contra ti antes de estar seguro de que eso no le hundiría. Ya no recuerdo si intenté cerciorarme o si escogí quedarme en la duda. Tampoco sé por qué te cuento esto en esta carta. Tal vez sea porque lo omití antes y es la única cosa importante que te he ocultado. Tal vez sea porque estas palabras, que serán leídas después de mi muerte, están escritas a pesar de todos mis esfuerzos antes de ella, o para ser más exactos en su inminencia, que llena mi mente de cavilaciones funerarias. A lo mejor te tiene sin cuidado todo este jaleo que me traigo con la cosa de no haberte matado. Nunca ahondé demasiado en tu modo de ver el mundo o de verme a mí, y he tenido que morir rendido a este misterio. Desde luego que aprendí a navegar en la superficie de tu alma, e incluso a vejarla o a hacer chistes de ella. Pero nunca fui tan ingenuo como otros, que creyeron que empezabas y acababas en tu comportamiento y en tu irreflexivo sistema de prioridades. Yo adiviné o temí hace veinte años que sabías tanto de la vida como para mirarla desde el otro lado, desde donde mi lento y pesado cerebro de hombre jamás podría verla, y con esa impresión de muchacho me quedé para los restos. No puedo estar donde tú estás. He podido reírme de ti, pero sólo de una parte de ti. Eres grande y oscura como el universo que sabe para qué me hizo cuando yo he de morir ignorándolo. Puedo reírme de esa gorda que se unta crema bronceadora y que también es el universo, pero de todo el universo no aprenderé a reírme jamás, como tampoco lograré destruirlo. Mira, tal vez acabo de dar sin querer con la verdadera razón por la que no te maté.

Me siento extraño, advirtiéndote de las cosas que pueden pasarte, tratando de ser tu guía frente a los peligros que te acechan, y reconociendo al mismo tiempo todo lo que desconozco acerca de ti y de lo tuyo. A veces he querido soñar posibilidades diferentes; que en lugar de vivir acosándonos y huyéndonos hubiéramos podido vivir juntos, que solamente hubiéramos podido sentarnos una tarde frente al mar y decir: «Esa raya azul que tú ves al fondo es la misma que veo yo, y podemos inventar para ella horizonte, o cielo, o mar, o cualquier otro nombre que nos dé la gana». No me consta con seguridad que tú o yo hayamos nacido para eso. Quizá si hubiéramos intentado alcanzarlo habríamos acabado arrojándonos el uno contra el otro borrachos de odio. Quizá sea mejor así, haber corrompido el deseo de salvarnos, habernos tenido siempre pánico.