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No tengo más para decirte. Deplorablemente, ésta es una despedida insuficiente para agotar el significado de lo bueno y lo nefasto que hemos estado intercambiando todos estos años. No aspiraba a más y no voy a caer en la vergüenza de sublevarme ahora contra eso. Sólo me queda hacerte una última indicación. Te diría que es algo que te ofrezco sólo por si es estrictamente indispensable, es decir, que se trata de un recurso que deberás utilizar si mis previsiones y la fuga que te he preparado fallan, pero en ningún otro caso. Sin embargo, vuelvo a reconocer la soberanía de tu antojo para determinar cuál es su naturaleza y en qué momento y manera procede su uso. No soy de esos asnos que intentan ponerle puertas al campo. Si te encuentran, ya sea por mala suerte o por tu demente voluntad, sólo hay una persona a la que podrás recurrir para que te ayude, si quieres tener alguna posibilidad de éxito. Las instrucciones acerca de lo que tienes que pedirle que haga, para qué y cómo, te serán suministradas de forma segura a través del mismo que te ha hecho llegar esta carta. En cuanto al nombre de tu protector, podemos referirnos a él mediante una clave que no puede plantearte dudas: Hamlet. No te asombre que te confíe a su protección. Después de lo que me ha pasado, incluso antes, no existe otro en quien pueda confiar lo bastante, ni siquiera la mitad de lo que confío en él. Tampoco temas que se niegue a colaborar. Creo que he tomado las medidas adecuadas para que eso no ocurra, y aparte de ellas está lo que tú puedas hacer por tus medios, que no son escasos. Conociéndote, sé a lo que me arriesgo confiándote a él, y por eso no dejaré de contemplar todas las hipótesis, no vaya a ser que creas hacer tú el descubrimiento. En consecuencia, no me empeño en exigirte que acudas a él sólo en caso de peligro. Ya que no dispongo más que de él, he de aceptarle con todos los inconvenientes, y he de aceptar de antemano lo que decidas hacer. Búscale si quieres, Claudia. Todo te lo debe. Primero, por la deuda que ya pagó, pero creerá hasta la muerte tener conmigo por ese detalle irrisorio de haber disparado primero. Segundo, por no haber sido capaz de olvidarte. No voy a pedirte que seas prudente, porque ya no me herirá lo que te ocurra, ni te rogaré que le tengas piedad, porque no me siento tan grande o tan muerto como para cometer ese desliz.

Ahora creo que sobre todo, en el sitio donde estoy mientras lees esta carta, la sensación es el silencio. Mi boca ha dejado de hablar y han dejado de hablar las bocas de los hombres, el mar y el viento y las entrañas del mundo. Aquí sólo escuchamos y no hay nada que podamos oír. Te he escrito esta carta, Claudia, como te entregué mi vida. Me he preocupado de advertirte, aunque a ti pueda serte indiferente y yo esté demasiado lejos para ver lo que ocurre, porque aun después de mi vida vivo para ti. Te maldigo como maldigo el aire y el vientre de mi madre. El camino fue oscuro de punta a cabo, pero entre las tinieblas mis dedos rozaron a veces los dedos de los dioses. No te sientas aludida, veneno, sólo maldigo porque se me termina la voz.

Doblé meticulosamente las cuartillas y las devolví a su sobre. Recompuse éste como pude y me lo guardé en la chaqueta. Ahora que no estaba ninguno de los dos, sólo podía pertenecernos a mí o al fuego. Mientras pudiera rehusar la evidencia de que los derechos del fuego eran incomparablemente mejores que los míos, la guardaría yo. Ya no quedaba nada más que hacer allí. Eran las nueve menos veinte. Debía borrar las últimas huellas de mi paso por el ático y salir cuanto antes del edificio. Durante mi rápida labor de limpieza pensé que me habría gustado encontrar alguna foto de Claudia sola, que habría sido menos dolorosa que la que ella había dejado para mí. No son buenas las fotos con tantos muertos dentro, y al decir esto no me refiero sólo a ella y Pablo. Pero aquélla no era su casa, aunque se hubiera alojado allí. Sólo había fotos de paisajes y animales, que le habrían vendido junto con los portarretratos. En algún otro lugar debían de estar sus objetos personales, si es que había conservado alguno, tras una vida despegada y nómada. Lucrecia sabría, pero no estaba muy convencido de que yo pudiera pedirle nada a Lucrecia.

Mientras bajaba por las escaleras, despreciando el ascensor con argumentos apenas razonables, empecé a reaccionar. Cuando me encontré de nuevo dentro del coche, con la mano lista para accionar el arranque, los pensamientos se agolpaban en mi cerebro, exasperados e incoherentes. Me parecía como si hubiera violado el sagrado templo de la intimidad de Pablo y Claudia, mucho más que cuando la había tenido a ella entre mis brazos y había escuchado sus confidencias. Quería creer que las circunstancias excusaban mi falta, pero otra parte de mí lamentaba no haber repetido el acto de renuncia de quince días antes, cuando ella me había ofrecido la carta por primera vez. La traición a Pablo y la traición a mí mismo pujaban por imponerme la culpa que a cada una correspondía, y me arrepentía de no haber dejado la carta en el doble fondo, como si nunca la hubiera visto, para que la culpa fuera sólo de Claudia. De ella, cuyo acto de semanas atrás, facilitándome la lectura de aquellos renglones febriles, se me aparecía ahora como la más inconcebible e inmunda demostración de impudicia, entre las muchas que había protagonizado ante mí y ante otros. Pero no era sólo eso. También había habido una perversa tentativa de renovar, contra aquel cadáver que se agitaba, la antigua ofensa que los dos le habíamos infligido, llevándola ahora a insólitos extremos de depravación. Porque no se me ocurre otro modo de entender el intento de emplear aquella carta para embaucarme, invitándome implícitamente a disfrutar de la venganza y de la impunidad. En la guerra y en el amor vale todo, pero yo sabía y sé que Claudia no me buscaba; tan sólo necesitaba un lugar a propósito para dar el penúltimo bandazo. Lo que arriesgaba dudo que a aquellas alturas le importara demasiado, o eso se había forzado a creer. Y a cambio, tenía una víctima fácil, una jugada segura para recomponer su orgullo, o su aplomo, o su conciencia de ser fuerte. Quién puede o quiere comprender qué buscaba exactamente. Y nadie, o al menos yo no, será capaz de descubrir si lo consiguió o dejó de conseguirlo.

Pero tampoco podía apiadarme de Pablo. Había un ridículo anhelo de superioridad, una cómica aspiración de omnisciencia, en su afición por las cartas póstumas. Esto era perceptible en aquélla como en la que me había dirigido a mí, aunque ante Claudia mezclara e incluso confundiera la condescendencia y la autohumillación. Por lo demás, no podía quejarme de que hubiera cometido ninguna infidelidad conmigo al escribir ninguna de aquellas palabras, aunque al cotejarlas con las que había escrito para mí detectara alguna incoherencia o incluso alguna mentira de moderada trascendencia. Por ejemplo, que a mí me dijera que Claudia sólo acudiría a mí si estaba en peligro y a ella, guiado por su innato masoquismo, casi la incitara a implicarme por diversión. En definitiva, Claudia había venido a mí cuando ya la amenaza pesaba sobre ella, y lo que menos importaba era cómo había llegado a estar amenazada. La discrepancia entre ambas cartas podía deberse tan sólo a que conmigo Pablo había ahorrado palabras, colocándose en la hipótesis más probable. En cualquier caso, eso no me preocupaba. Lo que me inquietaba y casi me desagradaba de lo que acababa de leer era algo mucho más vago, una sensación de inverosimilitud, que no se refería al contenido de la carta en sí, sino tal vez a la facilidad con que todo podía ser descifrado, por mí o por terceros extraños, como si en cierto modo no hubiera rehuido, sino pretendido ese efecto. Una muestra era el candoroso propósito de esconder mi identidad bajo el nombre clave de Hamlet, en el que sin duda sólo yo podía reconocerme inmediatamente, pero que no costaba deducir en un par de minutos, por el contexto de la carta, que se refería a mí. Aferrado a este ejemplo, quise interpretar que aquella desconcertante claridad debía achacarse a una torpeza motivada por el apresuramiento con que la carta había sido probablemente escrita. Pero esta explicación no era bastante para disipar mi asombro. Y todavía quedaba algo más escurridizo, más alarmante: la turbia hostilidad que notaba de pronto al acordarme de Pablo.