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– Gracias -se limitó a responder, sin dejar de mirar al frente. Pero su gesto se había aflojado perceptiblemente.

– ¿Cómo te llamas?

– Begoña -informó, sin pensarlo-. Creí que lo sabrías.

– ¿Por qué?

– Ya que me has encontrado.

– Sólo venía por la hija de Jáuregui. No sabía nada de ti, salvo que tenías ese descapotable blanco -y mientras lo decía, advertí de reojo la rotunda forma que al envolver su cuerpo adquiría la camiseta, pero omití aquella otra cosa que también recordaba de ella y acaso había abrigado la ilusión de volver a ver cuando había resuelto secuestrarla. De todas formas, mis previsiones de placer al respecto tenían un carácter estrictamente contemplativo. Podía ser una buena idea la de hacer que Jáuregui encontrara el cadáver de su hija minuciosamente mancillado, pero prefería evitar en la medida de lo posible aquel refinamiento. Aunque fuera una preocupación prescindible desde mi situación presente, no tenía ganas de acarrear en algún improbable futuro una conciencia demasiado cargada de infamias. Contra la inclinación al exceso de mis enemigos, procuraría limitarme a hacer lo necesario.

La hija de Jáuregui me observaba ahora furtivamente. Yo luchaba sin esperanzas contra la resistencia del motor a subir de vueltas, y por un momento me abstraje en aquel esfuerzo simple. El pie daba al acelerador, el acelerador abría al máximo la válvula de admisión de la gasolina y los cilindros sólo tenían novecientos centímetros cúbicos de mierda.

– ¿Y tú como te llamas? -Giré la cabeza hacia ella y se apresuró a añadir-: Si puedo preguntarlo.

– ¿Por qué no? No va a empeorar mi situación que lo sepas. Me llamo Juan. Y lamento que nos conozcamos así.

Quizá era demasiada amabilidad, pero me apeteció confesarlo. Lo que no le dije, porque habría debido dejar que no lo entendiera o perder demasiado tiempo explicándoselo, era que a aquellas alturas de mi vida habría lamentado conocer a una hermosa muchacha como ella no sólo en aquélla, sino también en cualquier otra circunstancia. Begoña pareció relajarse un poco ante mi disculpa. Mientras no se excediera, era mejor eso que tener que soportar su nerviosismo.

– Yo también lo lamento -correspondió, superflua y soñadora, después de dejar transcurrir un minuto. De algún modo, hacía constar que había reflexionado sobre el particular.

– No voy a hacerte daño si puedo ahorrármelo -aclaré-. Voy a exigirle algo a tu padre y como imagino que te quiere y supongo que es un individuo listo él me lo dará y a ti no te ocurrirá nada. Tú no tienes nada que ver con esto. Si te utilizo es porque los métodos de tu padre no me dejan otra alternativa, pero yo no soy como él, ni tenemos la misma afición por la sangre. Sólo me gustaría que tuvieras en cuenta que soy un tipo desesperado. Si intentas cualquier tontería lo sentirás, por mucho que deteste hacerle daño a una chica bonita.

– No intentaré nada -prometió, muy seria-. ¿Qué te ha hecho mi padre?

Me encogí de hombros. Negligentemente, repuse:

– Para qué entrar en detalles. Digamos que no me aprecia mucho.

– No hablas como una esperaría de un secuestrador normal.

– No soy un secuestrador normal. Y no me subestimes por eso.

– No lo haré mientras tengas esa pistola.

Nos dirigíamos a un hotel de carretera que estaba a unos cincuenta kilómetros de Madrid, en dirección a Andalucía. Habíamos salido del centro comercial y tras recorrer unos pocos kilómetros de carreteras secundarias ya estábamos en la autopista de circunvalación, sorteando camiones y aguantando impotentes, al menos yo, el constante paso a nuestra izquierda de coches realmente rápidos.

– ¿Adónde vamos? -me interrogó, con una timidez que no era vergüenza, sino la duda de que yo fuera a contestarle.

– Vamos a Aranjuez. Cerca.

Begoña puso unos ojos maliciosos.

– ¿No se supone que yo no debería saber eso? Creí que me pondrías un pañuelo negro para que no viera adónde me llevas.

– No es necesario. No vas a poder decírselo a nadie, y cuando esto acabe yo no voy a volver allí.

– No he estado nunca en Aranjuez.

– Yo sí. Hay un palacio y jardines y un río que conoció mejores tiempos. Te llevaré a verlo, si quieres. Tampoco te voy a tener todo el tiempo amordazada en un cuarto oscuro, por si también habías imaginado eso como parte de un secuestro estándar.

Pocos minutos después estábamos en la carretera de Andalucía. Salimos a ella a la altura del kilómetro nueve. Quedaban poco más de cuarenta kilómetros, menos de media hora incluso con aquella calamidad de coche. Begoña parecía completamente calmada.

– Tengo una curiosidad -dijo de repente.

– ¿Cuál?

– Me gustaría saber lo que valgo para ti -y ante el gesto de extrañeza que debió de cruzar por mi semblante, precisó-: Me refiero a lo que le vas a pedir a mi padre a cambio de mí.

– Ah, eso. No puedo contártelo.

– Al fin un secreto. ¿Es para que no me asuste?

– No -mentí.

Begoña quedó sumida en un silencio que poco a poco se me fue haciendo molesto. No quería intuir su miedo, no quería permitirle nada que pudiera dificultarme lo que tuviera que hacer con ella. Sin naturalidad, traté de sacarle conversación:

– Y tú, ¿qué es lo que haces?

– Lo que hago, ¿en qué sentido?

– En general. En la vida. Si es que necesitas hacer algo.

– No necesito hacer nada, pero mi padre me obliga a estudiar.

– ¿Qué estudias?

– ¿De verdad te interesa saberlo? -En sus palabras había una ira contenida que me esforcé por ignorar.

– Desde luego. Si no me interesara no lo preguntaría. No tengo muchas esperanzas de caerte demasiado bien, haga lo que haga.

– Estudio Derecho. Una pérdida de tiempo absoluta. Además, nunca conseguiré aprobar el Derecho romano.

– ¿Derecho romano?

– Sí. Ulpiano y la manumisión y la enfiteusis y un montón de historias sin sentido que me importan un bledo.

– Ulpiano; gracioso nombre -observé, mientras recitaba mentalmente, comprobando una vez más cuán delirantes eran las posibilidades que tenía la memoria de realizar proezas inservibles: Ulpiano, Papiniano, Paulo, Pomponio y Modestino. Los cinco jurisconsultos que gozaban del ius publice respondendi ex principis auctoritate. Que aquella muchacha de diecinueve años tuviera que pelear con la misma materia que yo había tenido que desbrozar a su edad con idéntica sensación de inutilidad creaba una súbita solidaridad entre ambos. Como si la inmovilidad del Derecho romano, que era el mismo entonces que hacía veinte años, ofreciera un escenario imaginario en el que los dos podíamos encontrarnos armados de una similar juventud. Me dejé resbalar por aquel peligroso pensamiento durante una fracción de segundo, pero en seguida Begoña me reclamó a la realidad y al deber.

– No te parecería gracioso si tuvieras que sufrirlo.

– Ya me lo supongo. ¿Qué piensas hacer cuando termines?

– No pienso terminar.

– Cuando lo dejes entonces.

– Trabajaré de modelo. ¿Crees que puedo ser modelo? -preguntó, alzando el busto con una especie de lascivia muy barata que me desalentó bastante. Recordé con vergüenza que hacía un par de noches había soñado con ella.

– Seguro que sí -contesté sin mirarla-. Pero ¿qué harás después? No podrás ser modelo toda la vida.

– Después heredaré. Soy hija única y recibiré una fortuna considerable. -Aquí se interrumpió y al cabo de unos segundos agregó-: Si tú no lo impides, claro.

– No quisiera tener que truncar un destino tan halagüeño.

Ahora fui yo quien se quedó callado. En cierto modo me fastidiaba aquella blandura que de pronto tenía con las mujeres, ya lo merecieran, ya dejaran de merecerlo. Nunca pude presumir de ser adecuadamente distante con ellas, pero desde el escarmiento que había sufrido con Claudia me las había arreglado para transmutar de forma paulatina y casi convincente mi inferioridad en una suerte de desinterés. Desde que Claudia había ido a verme al balneario, sin embargo, me costaba encontrar entre las mujeres que me había tropezado una ante la que no me hubiera sentido vulnerable. Paradójicamente, la única excepción en quien podía pensar era Inés en nuestro encuentro en el tren. Y digo paradójicamente porque ella era la única que merecía conmoverme. Ni Claudia con su malograda emboscada, ni Lucrecia con sus ocultas intenciones, ni aquella niña insolente con su cuerpo de gimnasta.