¿Por qué no llamaban sencillamente a la policía? Sí, aunque al principio le sorprendía ese modo de proceder, ahora sabía la respuesta: porque actuaban conforme a las viejas reglas de no dar el soplo al enemigo. A él le reservaban el papel de mensajero, un mensajero con poder dentro del sistema. Un modesto poder, pero mayor que el de hacer las cosas siguiendo el conducto reglamentario.
– Gracias, Jefe, tomo nota.
Llegó el desayuno; un montón de beicon ondulado y brillante, dos huevos fritos casi transparentes, champiñones, pan frito y judías. Stevens apartó la vista y la fijó en la barra, como si estuviera muy interesado en un posavasos aún húmedo de la noche del sábado.
– Me llevo esto para comérmelo en la mesa, ¿de acuerdo, Jimmy?
– Bien, bien, Jefe.
– Hasta luego.
Se quedó solo, oliendo el tufo de la comida. Vio que el camarero estaba frente a él con la mano grasienta extendida.
– Dos libras con sesenta -dijo.
Stevens suspiró. A cuenta de la experiencia, o de la resaca, pensó mientras pagaba. Bueno, la fiesta sí había valido la pena, porque había conocido a John Rebus. Rebus era amigo de Gill Templer. Aquello era algo raro, pero interesante. Desde luego, Rebus era interesante, aunque físicamente no se parecía en nada a su hermano. Le había parecido una persona franca, pero ¿cómo se sabe por las apariencias si un policía es corrupto? Estaría podrido por dentro. Así que Rebus salía con Gill Templer. Recordó la noche que había estado con ella y se estremeció. Había sido uno de sus peores momentos.
Encendió un cigarrillo, el segundo del día. Aún tenía la cabeza embotada, pero el estómago se le iba asentando. Tal vez, incluso, le entrasen ganas de comer. Rebus parecía un tipo poderoso, pero no tanto como debió de serlo diez años atrás. En aquel momento estaría en la cama con Gill Templer. Cabrón, afortunado cabrón. Notó en el estómago un leve sobresalto de celos. Sabía bien el cigarrillo; le devolvía vida y fuerzas, o eso parecía. Pero sabía que aquello le estaba matando y que le ennegrecía las entrañas. Al diablo con ello. Fumaba porque sin tabaco no podía pensar. Y en aquel momento estaba pensando.
– Eh, ponme uno doble, por favor.
El camarero se acercó.
– ¿Otro zumo de naranja?
Stevens le miró desconcertado.
– No seas tonto, un whisky doble -dijo-. Grouse, si es lo que tienes en esa botella de Grouse.
– Aquí no hacemos trucos de ésos.
– Me alegra saberlo.
Se tomó el whisky y se sintió mejor; pero enseguida volvió a sentirse peor. Fue al servicio, pero el hedor le hizo sentirse todavía peor. Se inclinó sobre el lavabo y echó unas babas con líquido entre fuertes arcadas, pero no pudo vomitar. Tenía que dejar la bebida. Tenía que dejar de fumar. Le estaban matando, pero también eran lo único que le mantenía vivo.
Se acercó a la mesa de Big Podeen sudoroso, sintiéndose viejo.
– Un desayuno estupendo, ya lo creo que sí -comentó el gigantón con los ojos brillantes, como un niño.
Stevens se sentó a su lado.
– ¿Qué se sabe de polis corruptos? -inquirió.
Capítulo 12
– Hola, papá.
Tenía once años pero parecía mayor, hablaba y sonreía como una joven, como si fuese casi a cumplir veintiuno. Ése era el resultado de que su hija viviera con Rhona. Al darle un beso en la mejilla pensó en la despedida de Gill. Olía a perfume y llevaba una leve sombra de maquillaje en los ojos.
Sintió deseos de matar a Rhona.
– Hola, Sammy-dijo.
– Mamá dice que, como ya voy siendo mayor, deberían llamarme Samantha, pero bueno, creo que no importa que tú me llames Sammy.
– Ah, bien; tu madre tiene razón, Samantha.
Miró de reojo a su mujer que se alejaba; una silueta lograda gracias al sometimiento férreo del cuerpo al corsé, y observó complacido que no se conservaba tan bien como él había creído a través de sus escasas conversaciones por teléfono. Ahora, sin mirar atrás, subía al coche, un modelo pequeño y caro, pero con una abolladura lateral que levantó la moral de Rebus.
Rememoró cuánto se había deleitado haciendo el amor con aquel cuerpo; la carne suave -el relleno, como ella decía- de sus muslos y de su espalda. Un momento antes ella le había dirigido una mirada de frialdad y extrañeza, cuando advirtió en sus ojos aquel brillo de la satisfacción sexual, y acto seguido dio media vuelta. Así que, efectivamente, aún podía leer en su corazón.
– Bueno, ¿qué te gustaría hacer?
Se habían detenido a la entrada del parque de Princes Street, cerca de los lugares más turísticos de Edimburgo. Por Princes Street, con sus tiendas cerradas en domingo, deambulaban algunos peatones, y en los bancos del parque había gente echando migas a las palomas y a las ardillas canadienses, o leyendo los periódicos del domingo. Al fondo se alzaba el Castillo, con su bandera ondeando briosa al viento. El misil gótico del monumento a Escocia señalaba religiosamente a los fieles la dirección correcta, pero a los turistas que lo fotografiaban con sus costosas cámaras japonesas no parecía interesarles mucho las connotaciones simbólicas del monolito ni les importaba como tal, sólo querían tomar una instantánea para enseñársela a sus amistades al volver a su país. Los turistas dedicaban tanto tiempo a fotografiar cosas que realmente no veían nada, a diferencia de los grupos de jóvenes, tan ocupados en disfrutar de la vida e indiferentes a captar falsas impresiones de la misma.
– Bueno, ¿qué te gustaría hacer?
Estaban en la versión turística de la capital. A los turistas no les interesaban las barriadas periféricas; nunca se aventurarían por Polton, Niddrie o Oxgangs, ni tendrían que entrar en ningún edificio con meadas a detener a nadie; no les impresionarían los camellos y los yonquis de Leith, la habilidosa corrupción de los prohombres de la ciudad ni los pequeños hurtos de una sociedad tan abocada al materialismo que robar era la única reacción ante lo que consideraban como necesario. Y, casi con toda seguridad, no sabrían nada (al fin y al cabo no venían a Edimburgo a leer los periódicos y ver la televisión) de la nueva estrella de los medios de comunicación, el asesino de niñas que la policía no había logrado capturar aún, el asesino que traía de cabeza a las fuerzas de la ley y el orden, carentes de pistas, de indicios, sin ninguna maldita posibilidad de atraparle hasta que cometiera algún error. Sentía lástima por Gill por su trabajo. Sentía lástima por Edimburgo, por sus maleantes y bandidos, sus prostitutas y jugadores, sus eternos perdedores y ganadores.
– Bueno, ¿qué te gustaría hacer?
Su hija se encogió de hombros.
– No lo sé. ¿Pasear? ¿Comer una pizza? ¿Ir al cine?
Pasearon.
John Rebus conoció a Rhona Phillips cuando acababa de entrar en la policía. Antes de ingresar en el cuerpo había sufrido una depresión nerviosa («¿Por qué dejaste el ejército, John?») de la que se recuperó en un pueblo pesquero de la costa de Fife, aunque a Michael no le dijo nada de aquella cura de reposo.
En sus primeras vacaciones desde que ingresó en el cuerpo -sus primeras auténticas vacaciones en años, pues las anteriores las había dedicado a preparar los exámenes-, Rebus volvió a aquel pequeño pueblo, y allí conoció a Rhona. Era maestra, había pasado por un lamentable y breve matrimonio, y vio en John Rebus un marido firme y responsable, una persona batalladora, pero también alguien a quien ofrecer cariño, ya que su fortaleza no acababa de ocultar alguna flaqueza interior. Pronto pudo comprobar que le atormentaban sus años en el ejército y, sobre todo, su paso por los «servicios especiales»; había noches en que se despertaba llorando, y a veces rompía en llanto en silencio cuando hacían el amor, y sus gruesas lágrimas humedecían sus pechos. No hablaba mucho de aquello y ella no insistía; sabía que él había perdido un amigo durante el curso de entrenamiento. Era todo cuanto sabía, y él se acogía a la faceta infantil y maternal de ella. A Rhona le parecía ideal. Demasiado ideal.