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Capítulo 15

Otra reunión de trabajo. A Rebus comenzaban a gustarle aquellas reuniones porque siempre existía la posibilidad de que acudiera Gill y que después pudieran ir juntos a tomar un café. La noche anterior habían cenado tarde en un restaurante, pero ella estaba cansada y le miraba de un modo extraño, inquiriéndole un poco más de lo habitual con sus ojos, sin gafas por primera vez, aunque se las volvió a poner mientras cenaban.

– Quiero ver lo que estoy comiendo.

Pero él sabía que veía perfectamente. Las gafas eran un refuerzo psicológico protector. Tal vez fuera una paranoia, o quizá simple cansancio, pero él sospechaba que se trataba de algo más, no sabía qué. ¿La había ofendido en algo? ¿Le había hecho algún desaire sin querer? Él también estaba cansado. Se fueron cada uno a su casa y él estuvo despierto en la cama, con ganas de no estar solo. Después volvió a tener aquel sueño del beso y se despertó como de costumbre, sudando y con los labios húmedos. ¿Habría otra carta? ¿Otro asesinato?

Se sentía fatal por la falta de sueño, pero le satisfizo la reunión, no sólo porque hubiera asistido Gill, sino porque había por fin indicios de una pista y a Anderson le urgía corroborarlo.

– Un Ford Escort azul claro -dijo Anderson. El director estaba sentado a su espalda, y su presencia le ponía nervioso-. Un Ford Escort azul claro -repitió Anderson enjugándose el sudor de la frente-. Tenemos informes de que se vio un coche así en el barrio de Haymarket la tarde en que apareció el cadáver de la primera víctima, y hay otros dos testigos que vieron a un hombre y una niña, la niña dormida, al parecer, en un coche como ése la noche en que desapareció la tercera víctima. -Anderson alzó la vista del documento para mirar a los ojos de todos los agentes presentes-. Quiero que den prioridad a este dato. Mejor dicho, quiero saber con detalle quiénes son los propietarios de Fords Escort azules en los Lothian y quiero esa información lo antes posible. Ya sé que han estado trabajando mucho, pero con un esfuerzo más podremos atraparlo antes de que cometa otro asesinato. El inspector Hartley ha confeccionado una lista de turnos. Si su nombre figura en ella, dejen lo que estén haciendo y dedíquense a localizar ese coche. ¿Alguna pregunta?

Gill Templer tomaba apuntes en su pequeña libreta, perfilando quizás una nota para la prensa. ¿Emitirían un comunicado de la reunión? Probablemente aún no. Esperarían a ver si obtenían algún resultado tras esa primera indagación, y si no averiguaban nada, pedirían ayuda a la población. A Rebus no le apetecía ese plan en absoluto: recabar datos sobre propietarios, recorrer los suburbios, interrogar a sospechosos, tratando de «intuir» si pertenecían a la categoría «probable» o «posible», organizar quizás un segundo interrogatorio. No, no le gustaba nada. Lo que le habría gustado era irse con Gill a su guarida y hacer el amor. Desde su observatorio junto a la puerta sólo podía verla de espaldas; había vuelto a llegar el último, por entretenerse en algo más de lo previsto con Jack Morton en el pub, donde habían tomado un almuerzo (líquido). Morton le comentó lo lento que iba el proceso de indagación puerta a puerta: cuatrocientas personas interrogadas, datos de familias enteras verificados dos veces, comprobación de los grupos habituales de chiflados y pervertidos. Y ninguna pista que arrojara luz sobre el caso.

Pero ahora tenían un coche, o eso pensaban. Era una evidencia tenue, pero era una posibilidad, al fin y al cabo. Rebus se sentía un poco orgulloso de la parte que le correspondía en la investigación, porque gracias a su tenaz escrutinio de referencias cruzadas habían podido establecer ese indicio. Quería comentárselo a Gill Templer y luego quedar con ella para otro día aquella semana; quería volver a verla, ver otra vez a alguien, porque su piso se estaba convirtiendo en una cárcel. Volvía a su casa sin ánimo, tarde, de noche o de madrugada, se metía en la cama y dormía sin preocuparse de limpiar ni de comprar comida (ni de robarla siquiera). No tenía tiempo ni ganas. Comía en los kebab y en los puestos de patatas y pescado frito, en las panaderías y chocolaterías que abrían temprano. Su palidez se acentuaba y su estómago gruñía como si no le quedase piel para distenderse; sólo continuaba afeitándose y poniéndose una corbata para estar mínimamente presentable. Anderson había reparado en que no llevaba las camisas muy limpias, pero no le había dicho nada de momento. Por un lado, tenía a Rebus en la lista de honor, como descubridor de la pista, y por otro lado, era evidente que no estaba de humor para aguantar amonestaciones.

La reunión tocaba a su fin. Nadie se hacía preguntas, salvo la obvia: «¿Hasta cuándo aguantaremos?». Rebus salió al pasillo para esperar a Gill, que cruzó la puerta con el último grupo, hablando plácidamente con Wallace y Anderson. El director le pasó la mano por la cintura en broma y con gesto amable al cruzar el umbral. Rebus miró con mala leche al variado trío de superiores. Miró a Gill, pero ella no pareció advertir su presencia y él volvió a sentirse como quien vuelve a la casilla de salida, uno del montón. Eso era el amor. ¿Quién se burlaba de quién?

El trío echó a andar pasillo adelante y él permaneció donde estaba, como un jovencito al que le han dado plantón, maldiciendo sin parar.

Otra vez le daban de lado, lo dejaban tirado.

«Por favor, John no me dejes.

»Por favor, por favor, por favor.»

Y un grito resonaba en su recuerdo…

Sintió un mareo; resonaba en sus oídos aquel oleaje. Notó que se tambaleaba levemente y se apoyó en la pared buscando algo firme donde apoyarse, pero el muro palpitaba. Respiró profundamente y pensó en su infancia en aquella playa pedregosa, cuando se recuperaba de la depresión. También entonces había oído el oleaje. Poco a poco el suelo fue afirmándose, mientras los que pasaban le miraban burlones, sin que nadie se parase a ayudarle. Que se fueran a la mierda. Y a la mierda Gill Templer también. Ya se las arreglaría él solo. Dios le ayudaría. No pasaba nada. Lo único que necesitaba era un cigarrillo y un café.

Pero lo que realmente necesitaba era recibir unas palmaditas en la espalda, felicitaciones por el buen trabajo realizado, reconocimiento; necesitaba que alguien le dijera que todo se arreglaría; que no iba a pasarle nada.

* * *

Aquella tarde, ya con un par de copas encima después del trabajo, decidió seguir celebrándolo. Morton tenía que hacer un recado, pero, mejor. No necesitaba compañía. Caminó por Princes Street recreándose en las perspectivas de la noche. Al fin y al cabo era un hombre libre, tan libre como aquellos jovenzuelos apiñados delante de la hamburguesería que se pavoneaban, entre bromas, expectantes, ¿de qué? Lo sabía muy bien: de que llegara la hora de irse a su casa hasta el día siguiente. También él esperaba, a su manera, matando el tiempo.

En el Rutherford Arms encontró a un par de clientes a los que conocía de noches como ésta, desde que Rhona le dejó. Estuvo una hora bebiendo con ellos, sorbiendo la cerveza como si fuera leche materna. Hablaron de fútbol, de carreras de caballos y del trabajo; así pudo recuperar la tranquilidad. Era una típica conversación nocturna y se aferró a ella con ganas. Pero se dijo que más valía poco y bueno que mucho y malo, y se largó de pronto del bar, borracho, después de despedirse de los conocidos hasta la próxima, y se dirigió, caminando con cuidado hacia Leith.

* * *

Jim Stevens, sentado a la barra, vio por el espejo que Michael Rebus dejaba el vaso en la mesa y se dirigía a los servicios. Segundos después le seguía el hombre misterioso, que estaba sentado a otra mesa; sería para convenir otra entrega, porque no parecían llevar encima nada comprometedor. Stevens siguió fumando, a la expectativa. No había transcurrido un minuto cuando Rebus reapareció y se acercó a la barra a pedir otra consumición.