– ¿No te he contado lo de mis cartas anónimas? No es una historia muy apasionante.
– ¿Cuánto tiempo hace que las recibes? -preguntó Gill tras leer la carta y examinar el sobre.
– Seis semanas. Quizás algo más. ¿Por qué?
– Bueno es que esta carta la echaron al correo el día en que desapareció Helen Abbot.
– ¿Ah, sí? -replicó Rebus cogiendo el sobre y mirando el matasellos: «Edimburgo, Lothian, Fife, Borders».
Una zona bastante amplia. Volvió a pensar en Michael.
– Supongo que no recuerdas cuándo recibiste las otras cartas.
– Gill, ¿dónde quieres ir a parar? -dijo él mirándola, consciente de que ella también era policía-. Por Dios bendito, Gill, este caso nos está afectando a todos y empezamos a ver fantasmas.
– Es simple curiosidad -replicó ella leyendo otra vez la carta.
No era el estilo característico de un chiflado ni su forma de expresarse. Eso era lo que le preocupaba. Y ahora parecía que Rebus había recibido las notas coincidiendo con las fechas de los secuestros… ¿Habría algún tipo de conexión que apuntara a él directamente? Rebus había sido muy miope al respecto. O era eso o tal vez fuese fruto de una monstruosa casualidad.
– Sólo es una casualidad, Gill.
– A ver, dime cuándo recibiste las notas.
– No me acuerdo.
Ella se inclinó sobre él y, con los ojos muy abiertos tras las gafas, dijo pausadamente:
– ¿Me ocultas algo?
– ¡No!
Todos los del pabellón se volvieron hacia él y sintió que sus mejillas enrojecían.
– No -repitió en voz baja-. No te oculto nada. A no ser…
Pero ¿cómo podía estar seguro tras tantos años de detenciones, de acusaciones ante los tribunales, de olvidos, con todos los enemigos que se había ganado…? Estaba seguro de que ninguno sería capaz de atormentarle de aquella manera. Seguro.
Papel y bolígrafo en mano y con gran esfuerzo por parte de Rebus, repasaron las notas: fecha, texto y cómo habían llegado hasta él. Gill se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz, bostezando.
– Es demasiada casualidad, John.
Él, en lo más profundo de su ser, sabía que tenía razón. Sabía que las cosas nunca eran lo que parecían, que nada era arbitrario.
– Gill -dijo finalmente, subiéndose la colcha-. Tengo que salir de aquí.
Una vez en el coche, ella siguió aguijoneándole, preguntándole. ¿Quién podía ser? ¿Había una conexión? ¿En qué sentido?
– Pero, bueno -bramó Rebus-. ¿Es que ahora soy sospechoso?
Ella le miró a los ojos, tratando de penetrar en su ser, intentando arrancarle la verdad. Claro, era una auténtica policía, y una buena policía desconfía de todo el mundo; le miraba como a un niño a quien se regaña para que diga la verdad o confiese un secreto.
Gill sabía que era una simple corazonada sin base alguna. No obstante, notaba algo indefinible en la mirada candente de Rebus. Le habían ocurrido cosas extrañas cuando estaba en el ejército. Siempre ocurrían cosas extrañas. La realidad era siempre más extraña que la ficción y nadie era completamente inocente. Lo notaba en esa mirada esquiva de culpabilidad en los interrogatorios, fuese quien fuese. Todo el mundo tenía algo que ocultar. Aunque en su mayor parte eran cosas sin importancia, sepultadas por el paso de los años. Haría falta una policía del pensamiento para descubrir esa clase de delitos. Pero ¿y si John…? Si John Rebus formara parte de todo aquello, entonces… Era una idea absurda.
– Claro que no eres sospechoso, John -respondió-. Pero podría tener su importancia, ¿no crees?
– Que lo decida Anderson-contestó escuetamente, tembloroso.
Fue en aquel momento cuando Gill pensó: «Y ¿si se envía él mismo las cartas?».
Capítulo 18
Le dolían los brazos y, al bajar la vista, comprobó que la niña ya no se debatía. Era ese momento, el momento inesperado y dichoso en que era inútil seguir viviendo y en que mente y cuerpo aceptan lo inevitable. Aquel momento hermoso y apacible, el momento más relajado de la vida. Él había intentado suicidarse hacía muchos años y saborear aquel momento. Pero le habían administrado algo en el hospital y después en la clínica, y le habían devuelto la voluntad de vivir. Ahora se lo haría pagar a todos. Vio la ironía de aquel hecho en su vida y contuvo la risa mientras arrancaba la cinta adhesiva de la boca de Helen Abbot y cortaba con las tijeritas sus ataduras. Sacó una cámara de bolsillo del pantalón y tomó otra instantánea de la niña, una especie de memento mori. Si le cazaban le harían polvo por aquello; ahora bien, no podrían imputarle como asesino sexual. El sexo no tenía nada que ver con ello; aquellas niñas eran prendas predestinadas por sus nombres. La que realmente importaba era la siguiente y última, y a ésa la conseguiría posiblemente aquel mismo día. Volvió a contener la risa. Este juego era mejor que el de tres en raya. Él jugaba a los dos como nadie.
Capítulo 19
Al inspector jefe William Anderson le encantaba la sensación de andar a la caza de alguien, esa pugna entre instinto y detección lenta pero segura; le gustaba, además, sentir que contaba con el apoyo de los hombres de su división. Como emisor de órdenes, intuición y estrategias estaba en su elemento.
Ni que decir tiene que ojalá hubiera ya cazado al estrangulador. No porque fuera un sádico, sino porque había que mantener la ley. De todos modos, cuanto más duraba una investigación como aquélla, más aumentaba la sensación de estar a punto de dar con el asesino, y saborear aquel esperado momento era uno de los grandes alicientes de la responsabilidad.
El estrangulador estaba cometiendo deslices, y eso era lo que contaba para Anderson en aquel momento. Primero fue el Ford Escort azul, y ahora la interesante hipótesis de que el asesino había estado o estaba en el ejército, una posibilidad sugerida por el nudo de bramante. Detalles como ése acabarían por conducirles a un nombre y una dirección, y a la detención del asesino. Y en ese momento Anderson dirigiría a sus hombres física y espiritualmente; habría otra comparecencia en televisión y fotos para la prensa (él era muy fotogénico). Sí, sí, sería una dulce victoria. A menos, claro está, que el estrangulador se esfumara en la noche como tantos otros antes que él. Pero era mejor no pensar en esa posibilidad, porque si lo hacía le temblaban las piernas.
Rebus no le desagradaba. Era un policía bastante bueno, tal vez algo rudo en sus métodos. Tenía entendido que su vida privada había pasado por un mal momento, pues le habían dicho que la ex esposa de Rebus mantenía relaciones con su hijo. Evitaba pensar en ello. Andy, cuando se largó de casa dando un portazo, había roto los vínculos filiales. ¿Cómo era posible que la gente se dedicara a escribir poesía en estos tiempos? Era absurdo. Y además, liarse con la mujer de Rebus… No, no le desagradaba Rebus, pero cuando lo vio acercarse, acompañado por aquella hermosa oficial de enlace, Anderson sintió que se le revolvía el estómago y se recostó en el borde de un escritorio vacante. El agente que lo ocupaba habitualmente estaba haciendo una pausa en el trabajo.
– Me alegro de que vuelva a estar con nosotros, John. ¿Cómo se encuentra?
Anderson tendió la mano y Rebus, con extrañeza, tuvo que estrechársela.
– Me encuentro bien, señor -dijo.
– Señor -terció Gill Templer-, ¿podríamos hablar con usted un minuto? Hay novedades.
– Un simple indicio, señor -añadió Rebus mirando a Gill.
Anderson miró sucesivamente a uno y otro.
– Bien, pasen a mi despacho.
Gill explicó a Anderson la situación tal como ella la veía, y éste, atento y distanciado detrás de su escritorio, escuchó mientras miraba de vez en cuando a Rebus, que sonreía como disculpándose. «Perdone que le hagamos perder el tiempo», decía aquella sonrisa.