Reflexioné sobre aquel comentario. Encontré en él cierta justicia, pero tenía serias reservas al respecto. Reeve era como alguien atrapado entre dos aguas, alguien que creía carecer de fe, pero no necesariamente sin posibilidades de creer.
«¿Qué es toda esa gilipollez?»
«Chiss.»
Un día, entre juegos y relatos, puso sus manos en mi cuello.
– John somos amigos, ¿no? ¿Muy amigos? Nunca he tenido un amigo de verdad. -Su hálito era cálido a pesar del frío de la celda-. Nosotros sí que somos amigos, ¿verdad? Me refiero a que yo te he enseñado a ganar al tres en raya, ¿no?
Me miraba ya con ojos inhumanos, ojos de lobo. Yo había visto llegar aquello sin poderlo evitar.
Hasta aquel preciso momento. En aquel momento lo vi claramente con los ojos alucinados de quien ha visto cuanto hay que ver y más. Vi a Gordon Reeve acercar su rostro al mío, muy despacio, como en una imagen irreal, y darme un tímido beso en la mejilla, intentando hacerme volver la cara hacia él para besar mi boca esquiva.
Y sentí que cedía. ¡No, no, aquello no! Era intolerable. No podía ser aquello lo que habíamos construido a lo largo de aquellas semanas; no podía ser. Y si lo era, yo había actuado como un verdadero incauto.
– Sólo un beso, John -decía-, un beso. Coño, venga.
Había lágrimas en sus ojos, porque también él sentía que de pronto todo se había echado a perder y que algo tocaba a su fin. Pero, de todos modos, se colocó despacio detrás de mí. Yo temblaba, pero, para mi gran sorpresa, no podía moverme. Sabía que era incomprensible, algo más fuerte que yo. Así que hice esfuerzos por llorar y las lágrimas bañaron mis mejillas.
– Sólo un beso.
Todo aquel entrenamiento, todo el ahínco por alcanzar nuestros mortíferos objetivos, había desembocado en un momento como aquél. Al final, el amor era el motor de todo.
– John…
Yo sólo sentía lástima por los dos, hediondos, sucios, aislados en aquella celda; sólo sentía una inmensa frustración por todo aquello, las ignominiosas lágrimas de una indignación eterna. Gordon, Gordon, Gordon…
– John…
La puerta de la celda se abrió de pronto, como si no hubieran echado la llave.
En el umbral apareció un hombre que no era extranjero, sino un oficial inglés de alto rango. Contempló la escena con cierta repulsión. Sin duda, lo había oído todo, o quizás incluso lo había visto. Me señaló con el dedo.
– Rebus, ha aprobado -dijo-. Está en nuestro bando.
Le miré a la cara, perplejo. ¿Qué quería decir? Sabía perfectamente lo que quería decir.
– Ha superado la prueba, Rebus. Vamos. Venga conmigo. Le daremos el equipo. Ahora está en nuestro bando. El interrogatorio de su… amigo continuará. A partir de ahora usted nos ayudará a interrogarlo.
Gordon se puso en pie de un salto y noté que se había situado detrás de mí porque sentí su hálito en la nuca.
– ¿Qué quiere decir? -inquirí yo con la boca y el estómago resecos. Miraba a aquel oficial impecable y estirado, tan distinto de mi lamentable suciedad. «Bueno, estoy así por culpa de él»-. Es un truco -dije-. Tiene que serlo. No pienso hablar. No pienso ir con usted. Yo no he revelado información. He aguantado. ¡No me hagan esto! -grité delirante.
Pero sabía que él hablaba en serio y vi que negaba despacio con la cabeza.
– Comprendo su recelo, Rebus. Ha estado sometido a una fuerte presión. Una presión tremenda.
Pero ya ha terminado. Lo ha superado y está aprobado. Ha pasado la prueba con matrícula de honor. De eso creo que no cabe ninguna duda. Ha aprobado, Rebus. Ahora es uno de los nuestros. Nos ayudará a desmoronar a Reeve. ¿Entendido?
Negué con la cabeza.
– Es un truco -dije.
El oficial sonrió magnánimo. Habría interpretado aquella escena decenas de veces.
– Escuche -añadió-, venga con nosotros y todo se arreglará.
Gordon se situó de un salto junto a mí, codo con codo.
– ¡No! -gritó-. ¡Le ha dicho que no quiere irse! Lárguese de aquí -y poniéndome la mano en el hombro, añadió-: No le hagas caso, John. Es un truco. Estos cabrones siempre hacen trampa.
Noté que el temor le atenazaba porque no dejaba de mover los ojos con la boca ligeramente abierta, pero al sentir la presión de su mano en mi hombro supe que yo había adoptado una decisión, y Gordon debió de notarlo.
– Eso debe decidirlo el soldado Rebus, ¿no cree? -replicó el oficial, dirigiéndome una mirada amistosa.
Yo no necesitaba volver la cabeza hacia la celda ni hacia Gordon; sólo pensaba: «Esto forma parte del juego». Pero ya había adoptado la decisión. No, no me mentían y, por supuesto, yo quería salir de aquella celda. No era algo arbitrario. Di un paso al frente, pero Gordon me agarró de un jirón de la camisa.
– John -dijo con voz lastimera-, no me dejes. Por favor, John.
Pero yo di un tirón y salí de la celda.
– ¡No! ¡No! -gritó como un endemoniado-. ¡No me dejes, John! ¡Dejadme salir! ¡Dejadme salir!
Oí un alarido que casi me hizo desmayar. Era el alarido de un loco.
Después de lavarme y de que me examinara un médico, me llevaron a una estancia eufemísticamente llamada sala de informe sobre operaciones. Había vivido un infierno y ellos querían que hablásemos de aquella experiencia como si se tratara de un simple ejercicio.
Eran cuatro; tres capitanes y el psiquiatra. Me lo explicaron todo. Me dijeron que estaban organizando un nuevo grupo de élite dentro de los SAS, cuya misión sería infiltrarse en organizaciones terroristas para destruirlas. El primer objetivo sería el IRA, que se estaba convirtiendo en algo más que un simple incordio, porque la situación en Irlanda iba degenerando en guerra civil. Debido a la naturaleza de la misión, sólo podrían desempeñarla los mejores entre los mejores, y Reeve y yo éramos los mejores de nuestra compañía. Por eso nos habían tendido una trampa para capturarnos como si fuésemos enemigos y someternos a unas pruebas que nunca antes se habían llevado a la práctica en los SAS. En aquel momento no me sorprendía ya nada de lo que decían; sólo pensaba en los desgraciados que iban a tener que pasar por lo mismo. Y todo para que, si nos torturaban para obtener información, no revelásemos quiénes éramos.
A continuación hablaron de Gordon.
– Nuestra actitud respecto al soldado Reeve es muy ambivalente -dijo el de la bata blanca-. Es un magnífico soldado y cualquier esfuerzo físico que se le encomiende lo llevará a cabo. Pero siempre lo ha hecho en solitario; les pusimos a los dos juntos para evaluar cómo reaccionaría ante el hecho de compartir celda y, sobre todo, para observar su reacción al verse privado de su amigo.
¿Sabían lo del beso o no lo sabían?
– Me temo -prosiguió el médico- que el resultado es negativo. Se ha hecho muy dependiente de usted, ¿no es cierto? Naturalmente, nos consta que usted no ha caído en esa dependencia.
– ¿Qué eran aquellos gritos en la celda contigua?
– Grabaciones en una cinta magnetofónica.
Asentí con la cabeza, súbitamente cansado y sin interés.
– ¿Así que todo ha sido una prueba más?
– Claro -respondió, y se sonrieron entre ellos-. Pero no se preocupe más por ello. Lo que importa es que la ha superado.
Pero sí que me preocupaba. ¿Cuál era el saldo? Había roto una amistad a cambio de aquella disquisición informal sobre operaciones; había renunciado al afecto por aquellas sonrisitas. Todavía resonaban en mi cabeza los gritos de Gordon. Gritos de venganza. Apoyé las manos en las rodillas, bajé la cabeza y me eché a llorar.
Y si en aquel momento hubiera tenido una Browning les habría agujereado la cabeza.
Me sometieron a otro examen médico más meticuloso en un hospital militar. Había estallado la guerra civil en el Ulster, pero yo no podía dejar de pensar en Gordon Reeve. ¿Qué habría sido de él? ¿Seguiría en aquella infecta celda, solo, por culpa mía? ¿Se derrumbaría? Volví a sentirme culpable y me eché a llorar. Me dieron un paquete de pañuelos de papel. Debía de ser lo normal en esos casos. Lloraba a diario, sin poder contenerme, sintiéndome culpable de todo aquello. Sufría pesadillas. Presenté mi dimisión; exigí mi dimisión. Y la aceptaron a regañadientes. En cualquier caso, yo no era más que un simple conejillo de Indias. Me fui a un pueblo de pescadores de Fife a dar paseos por la playa de guijarros para recuperarme de la depresión nerviosa, desterrar todo aquello de mi mente y esconder el episodio más lastimoso de mi vida en los recovecos del cerebro, bloqueándolo y aprendiendo a olvidarlo.