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– Pero volví para ayudaros -recalcó Fidelma como un reproche.

– Cierto -reconoció Eadulf con una fugaz sonrisa-. Y gracias a Dios que vinisteis, porque ahora no estaría aquí. Pero entonces me dijisteis que tenía un compromiso con Teodoro de Canterbury. Recuerdo perfectamente vuestras palabras: «Siempre llega el momento de partir de un lugar, aun sin estar uno seguro del rumbo que piensa tomar».

Inclinó la cabeza, contrita.

– Recuerdo esas palabras. Quizá me equivocaba.

– ¿Y recordáis que yo respondía que en Cashel me sentía como en casa y que podía hallar un modo de quedarme pese a las exigencias de Canterbury?

Recordaba sus palabras con claridad, y también recordaba qué había dicho por respuesta.

– Heráclito dijo que no es posible entrar dos veces en un mismo río, pues las aguas fluyen constantemente. Eso respondí. Me acuerdo bien.

– Ahora no puedo regresar a Cashel. Es una cuestión de honor. Tengo compromisos que cumplir en Canterbury.

Eadulf hizo ademán de marcharse, pero volvió a mirarla, tomándole las manos otra vez. Tenía los ojos empañados. Estuvo a punto de decirle que regresaría a Cashel, pero tenía que ser fuerte si quería compartir un futuro con ella.

– No me gusta tener que separarme tan pronto de vos, Fidelma. Una de vuestras antiguas tríadas dice: ¿de qué tres dolencias podéis padecer sin vergüenza?

Fidelma se sonrojó un poco y respondió con voz queda:

– De comezón, de sed y de amor.

– ¿Por qué no venís conmigo? -preguntó Eadulf con brusco entusiasmo-. Venid conmigo a Canterbury. No habría nada vergonzoso en ello.

– ¿No creéis que sería una imprudencia por mi parte? -preguntó Fidelma con una sonrisa asomándole en los labios.

Su corazón la empujaba a irse con él, pero la razón la frenaba.

– No estoy seguro de que la prudencia no tenga nada que ver en estos asuntos -dijo Eadulf-. Sólo sé que de nada servirá que los vientos empujen el navío de vuestra vida si no lo ponéis rumbo a un puerto.

Fidelma miró a sus espaldas.

En el muelle, Dego, Enda y Aidan aguardaban de pie con paciencia a que Fidelma y Eadulf se despidieran. Tenían los caballos preparados para el viaje de regreso a Cashel. Fidelma se detuvo un momento a pensar. No era capaz de tomar una decisión. Tal vez la incapacidad de tomarla era en sí una decisión. No sabía qué responder. Sus pensamientos eran demasiado confusos. Eadulf parecía saber qué pensaba.

– Si tenéis que quedaros, que así sea; lo comprenderé -le dijo a media voz con resignación.

Fidelma hundió sus ardientes ojos verdes en la calidez de los ojos castaños de Eadulf durante unos segundos antes de estrecharle la mano; sonrió brevemente, le soltó la mano, dio media vuelta y se alejó en silencio.

Eadulf no intentó decir nada más. La observó alejarse con paso firme hacia su yegua. Aidan y Enda subieron a sus caballos, listos para emprender la marcha, y Dego se acercó a ella para darle las riendas de su monta. Eadulf esperó sin saber qué hacer, debatiéndose entre la incertidumbre y las expectativas. Vio a Fidelma intercambiando unas palabras con Dego. Entonces tomó la alforja del caballo. AI volver donde estaba Eadulf, estaba sonrojada, pero sonreía con convicción.

– El brehon Morann decía que si no podemos satisfacer los dictados de la razón, sigamos los del impulso. Subamos a bordo antes de que el capitán zarpe sin nosotros.

Peter Tremayne

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