Quizá las dos sentimos que había algo peligroso en hablar de los viejos tiempos, porque durante mucho rato evitamos abordar el tema. Al final, de todas formas, acabamos hablando de Ruth, con quien Laura había coincidido en una clínica hacía unos años, cuando Ruth todavía era cuidadora. Empecé a interrogarla acerca de cómo estaba Ruth, y la vi tan reacia a hablarme de ello que acabé por decirle:
– Pero Laura, seguro que hablasteis de algo…
Dejó escapar un largo suspiro antes de decir:
– Ya sabes lo que suele pasar. Las dos teníamos muchísima prisa. -Luego añadió-: De todas formas, allá en las Cottages no nos habíamos separado precisamente como las mejores amigas. Así que quizá no estábamos tan encantadas de volver a vernos.
– No sabía que hubierais reñido también vosotras -dije.
Se encogió de hombros.
– No fue nada tremendo. Ya sabes cómo era Ruth entonces. Y, después de que tú te fueras, se volvió aún peor. Ya sabes, siempre diciéndole a todo el mundo lo que tenía que hacer. Así que yo procuraba mantenerme fuera de su alcance, eso fue todo. Nunca tuvimos una gran pelea ni nada parecido. ¿Así que no la has visto desde entonces?
– No. Es extraño, pero no la he vuelto a ver.
– Sí, es extraño. Lo normal sería que hubiéramos coincidido unos con otros mucho más a menudo. Yo he visto a Hannah unas cuantas veces. Y también a Michael H. -Calló, y luego dijo-: He oído un rumor: que Ruth tuvo una primera donación verdaderamente horrible. Es sólo un rumor, pero lo he oído más de una vez.
– También yo lo he oído.
– Pobre Ruth.
Nos quedamos en silencio unos instantes. Y al final Laura preguntó:
– Está bien, ¿no? Que ahora te dejen escoger a tus donantes.
No me lo preguntó en el tono acusador que en ocasiones emplean algunos, así que asentí con la cabeza y dije:
– No siempre. Pero a mí me ha ido bien con unos cuantos. Así que sí, que me dejan decirles mis preferencias de vez en cuando.
– Pues si puedes elegir -dijo Laura-, ¿por qué no te haces cuidadora de Ruth?
Me encogí de hombros.
– Ya lo he pensado. Pero no estoy muy segura de que sea una buena idea.
Laura pareció desconcertada.
– Pero tú y Ruth… Fuisteis siempre tan buenas amigas.
– Sí, supongo que sí. Pero me pasó como a ti, Laura. Al final acabamos no siendo tan buenas amigas.
– Oh, pero eso fue hace mucho tiempo. Ruth ha tenido una racha pésima. Y he oído que también ha tenido problemas con sus cuidadores. Han tenido que cambiárselos muchas veces.
– No me sorprende, la verdad -dije-. ¿Te imaginas? ¿Ser la cuidadora de Ruth?
Laura se echó a reír, y durante unos segundos vi en sus ojos un destello que me hizo pensar que al fin iba a hacer uno de sus comentarios socarrones. Pero el destello cesó, y Laura siguió allí sentada frente al volante, con aire de gran cansancio.
Hablamos un poco más de sus problemas, en especial de cierta enfermera jefe que la tenía tomada con ella. Había llegado el momento de irme; abrí la puerta del coche y le dije que teníamos que seguir hablando la próxima vez que nos viéramos. Pero mientras lo decía las dos éramos profundamente conscientes de algo que aún no habíamos mencionado, y creo que las dos sentimos que no estaba bien en absoluto que nos despidiéramos de ese modo. De hecho, hoy tengo la certeza de que en aquel momento nuestras mentes discurrían por idénticos senderos, y le oí decir:
– Es muy extraño. Pensar que todo pertenece al pasado…
Me volví en el asiento para mirarla otra vez.
– Sí. Es realmente extraño -dije-. Me parece increíble que haya desaparecido para siempre.
– Tan extraño… -repitió Laura-. Supongo que ahora ya me tendría que dar igual. Pero no es así.
– Sé lo que quieres decir.
Fue este último intercambio, cuando finalmente mencionamos el cierre de Hailsham, lo que de pronto nos acercó como en otros tiempos, y nos abrazamos de forma absolutamente espontánea, no tanto para consolarnos como para afirmar Hailsham, el hecho de que aún pervivía en la memoria de ambas. Y acto seguido me apeé y me dirigí apresuradamente hacia mi coche.
Había empezado a oír rumores del cierre de Hailsham aproximadamente un año antes de mi encuentro con Laura en aquel aparcamiento. Estaba hablando con un cuidador o con un donante, por ejemplo, y en un momento dado éste lo mencionaba de pasada, como convencido de que yo tenía que saberlo con todo detalle. «Usted estuvo en Hailsham, ¿no? ¿Así que es cierto?» O algo parecido. Entonces, un día en que estaba saliendo de una clínica de Suffolk, me topé con Roger C, que había estado en un curso posterior al mío, y me contó lo que sin ningún género de dudas estaba a punto de pasar con Hailsham. Iban a cerrarlo en cualquier momento, y tenían planeado vender la casa y los terrenos a una cadena de hoteles. Recuerdo bien mi primera reacción al oírlo.
– Y ¿qué va a pasar con sus alumnos? -dije.
Roger, como es obvio, pensó que me refería a los alumnos que seguían en Hailsham, los pequeños que dependían de sus custodios, y puso cara de preocupación, y empezó a barajar posibilidades sobre cómo tendrían que trasladarlos a otras casas del país, pese a que algunas de ellas estuvieran muy lejos de Hailsham. Pero eso no era lo que yo había querido decir, por supuesto. Yo me refería a nosotros, a todos los alumnos que habían crecido conmigo y se hallaban ahora diseminados por el país, a cuidadores y donantes, separados hoy pero aún vinculados de algún modo al lugar de donde todos proveníamos.
Aquella misma noche, tratando de dormir en un hostal de paso, no podía dejar de pensar en algo que me había sucedido unos días antes. Había estado en una ciudad de la costa norte de Gales. Aunque no había dejado de llover con fuerza durante toda la mañana, después del almuerzo había escampado y había salido un poco el sol. Volvía paseando hacia donde había dejado el coche por una de esas largas carreteras rectas que bordean el mar, y no había casi gente, así que veía ante mí una línea ininterrumpida de adoquines mojados. Al rato, como a unos treinta metros frente a mí, se paró una furgoneta, y bajó de ella un hombre vestido de payaso. Abrió la puerta trasera y sacó un montón de globos de helio, como una docena, y durante un momento estuvo sosteniéndolos en una mano mientras con la otra revolvía la trasera de la furgoneta en busca de algo. Cuando me acerqué pude apreciar que los globos tenían caras -con orejas bien moldeadas- que me miraban como una pequeña tribu y se bamboleaban en el aire, por encima de su dueño, esperándole.
Entonces el payaso se enderezó, cerró la puerta trasera de la furgoneta y echó a andar en mi misma dirección, varios pasos por delante, con una pequeña maleta en una mano y los globos en la otra. El paseo marítimo era largo y recto, y caminé detrás del payaso durante lo que me pareció una eternidad. A veces me sentía incómoda ante la situación, y llegué incluso a pensar que el hombre acabaría por darse la vuelta para decirme algo; pero como aquél era el camino que debía seguir, no podía hacer nada para remediarlo. El payaso y yo seguimos, pues, caminando por el empedrado desierto, aún mojado de la lluvia de la mañana, y los globos chocaban unos contra otros y me sonreían. De vez en cuando, veía la mano del payaso, donde convergían todos los cordeles, y me daba cuenta de que los llevaba bien entrelazados y sujetos en el puño cerrado. Aun así, temía que uno de los cordeles pudiera soltarse y el globo libre escapase hacia lo alto y se perdiera en el cielo encapotado.
Acostada y en vela, pues, la noche siguiente a mi encuentro con Roger, no podía dejar de ver aquellos globos de días antes. Pensé en el cierre de Hailsham, y en qué pasaría si alguien se hubiera acercado al hombre de los globos con unas tijeras y hubiera cortado el manojo de cordeles justo donde se entrelazaban, un poco por encima del puño del payaso. En cuanto esto sucediera, los globos se alzarían por separado y dejarían de pertenecer al mismo grupo para siempre. Cuando me estaba contando lo del cierre de Hailsham, Roger había hecho un comentario: imaginaba que para nosotros tal cierre no habría de suponer gran cosa. Y, en cierto modo, tal vez no le faltaba razón. Pero resultaba turbador el pensamiento de que las cosas allí no continuaban como de costumbre; de que custodios como la señorita Geraldine, por ejemplo, no estuvieran dando instrucciones a los grupos de alumnos de secundaria en el Campo de Deportes Norte.
En los meses que siguieron a mi conversación con Roger, no podía dejar de pensar en ello, en el cierre de Hailsham y en todas sus consecuencias. Y supongo que empecé a tomar conciencia de que todas aquellas cosas que siempre había querido hacer y que jamás dudé que llegaría a hacer tarde o temprano, debía hacerlas pronto o me quedaría definitivamente sin hacerlas. No es que me entrara el pánico o algo semejante. Pero sin duda era como si la desaparición de Hailsham lo hubiera sacudido todo a mi alrededor. Por eso, lo que Laura me había dicho aquel día -sobre convertirme en la cuidadora de Ruth- me había causado un gran impacto, por mucho que me hubiera mostrado tan evasiva con ella en aquel momento. Era casi como si una parte de mí ya hubiera tomado esa decisión, y las palabras de Laura no hubieran hecho sino destapar un velo que la hubiera estado cubriendo.
Me presenté por primera vez en el centro de recuperación de Ruth en Dover -una institución moderna, con paredes de azulejos blancos- unas semanas después de mi conversación con Laura. Habían transcurrido unos dos meses desde la primera donación de Ruth, que, como Laura había dicho, no había tenido ningún éxito. Cuando entré en su habitación, la vi sentada en el borde de la cama, en camisón, y me dirigió una gran sonrisa. Se levantó para darme un abrazo, pero se sentó casi de inmediato. Me dijo que me veía mejor que nunca, y que el pelo me quedaba de maravilla. Yo también le dije cosas bonitas a ella, y durante la media hora siguiente creo que estuvimos verdaderamente encantadas de volver a vernos. Charlamos de todo tipo de cosas -de Hailsham, de las Cottages, de lo que habíamos hecho desde entonces-, y era como si pudiéramos seguir charlando y charlando eternamente. Dicho de otro modo, fue un comienzo muy esperanzador (mucho más, en cualquier caso, de lo yo que me había atrevido a imaginar). Aun así, aquella primera vez no dijimos nada del modo en que nos habíamos separado. Quizá si hubiéramos hablado de ello desde el comienzo las cosas habrían sido diferentes, quién sabe. El caso es que orillamos el asunto, y cuando llevábamos hablando un buen rato parecíamos de acuerdo en fingir que nada había sucedido entre nosotras.