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– Bueno, sólo una -dijo Elizabeth instalándose en la otra silla-. Gracias por esperarme despierto.

– En realidad me he levantado para contestar el teléfono. Ha llamado el compañero de piso de tu hermano. Ha dicho que Bill aún no ha vuelto a casa y, como se está haciendo tarde, le dirá que te llame mañana por la mañana. ¿Quieres un vaso de leche?

– Sí, gracias -respondió Elizabeth. «Si la gente sigue consolándome con líquidos -pensó-, tendré que llevarme un orinal a todas partes.»

Sacó una jarra de leche de plástico de la nevera y se sirvió un vaso.

– Supongo que todos se han ido a la cama.

– Ajá.

– ¿Y tú no podías dormir?

– No.

Visto cómo se estaba desarrollando la conversación, Elizabeth decidió cambiar de tema.

– Charles, ¿sabes algo de antropología?

Charles, que se disponía a beber un trago de leche, la miró con el vaso en la boca.

– ¿Antropología?

– Sí, bueno, arqueología. Ya sabes, hacer excavaciones en ciudades perdidas y todo eso.

– Elizabeth, yo soy físico.

– Sí, ya lo sé… Es que, bueno, he pensado que como también es una ciencia, igual sabías algo al respecto…

Charles estaba perplejo.

– Pero ¿cómo se te ha ocurrido una cosa así?

– No lo sé. Yo sólo…

De pronto a Charles se le iluminó la cara, creyendo haber comprendido.

– ¡Ah! ¡Ya sé! Lo dices por el método de datación. ¡El método de datación del carbono 14! ¡Claro! Es prácticamente indispensable en arqueología. Lo utilizan para determinar la fecha de sus hallazgos. Es un procedimiento realmente fascinante. Si quieres te lo explico…

– Pero, Charles…

– … es un isótopo radiactivo del carbono, de número de masa 14, y…

Elizabeth escuchó atentamente, por pura educación, toda su explicación sobre la vida media y los restos radiactivos. Pensó que si le contaba a qué se debía realmente su interés por la arqueología (una vaga imagen de ella y Milo descubriendo juntos la Atlántida), parecería aún más tonta. Así pues, decidió que lo mejor sería esperar a que terminase de hablar. Y en efecto, al cabo de unos minutos de animada y completa explicación, Charles se calló.

– ¿Pensabas hacer un poco de café? -preguntó Elizabeth al ver una cafetera de cristal en el fuego-. Aún no se ha calentado el agua.

– ¡Dios mío! Se me había olvidado por completo. Gracias por recordármelo. Será mejor que la saque de ahí antes de que alguien la utilice para hacer té.

Cogió la cubeta de vidrio y la colocó con cuidado en el mármol de la cocina.

Elizabeth lo observó con los ojos bien abiertos.

– No explotará, ¿verdad?

– ¿El qué? ¿Esto? Sólo es agua con sal.

– Pero si es transparente. Parece nitroglicerina.

– He saturado el agua de sal mientras hervía. Por eso no se ve. Lo hice hace unas horas, mientras esperábamos la llamada del sheriff, porque no tenía nada que hacer.

– ¿Qué es?

– Sólo es un experimento, o quizá la confirmación de algo. No lo sé. Ven a verlo. He hervido agua en este recipiente de cristal y le he añadido un montón de sal. Más de la que podría soportar si estuviese a temperatura ambiente. ¿Lo entiendes?

– Sí. Has utilizado una bolsa entera de sal. ¿Y?

– Entonces lo he dejado tapado y he esperado unas horas a que se enfriara.

– Ya veo. ¿Y quieres saber qué va a pasar?

– Ya sé lo que va a pasar -replicó Charles ofendido-. ¿Tú no?

– No.

Vertió un poco de sal en la palma de la mano y cogió un par de granos con la otra mano. Tras limpiarse la sal restante con un soplido, dijo:

– Tengo entre los dedos uno o dos granitos de sal. Mira.

Elizabeth siguió observando el líquido transparente mientras Charles levantaba la tapa del recipiente de vidrio y, con un movimiento efectista, dejaba caer los granos de sal en el líquido. La solución empezó a espesarse alrededor de los granos hasta adquirir la consistencia de una papilla, reacción que se fue extendiendo por segundos hasta que todo el líquido se convirtió en una masa pastosa de sal.

– ¡Anda! ¡Pero si antes ni siquiera se veía la sal!

– Ya lo sé. ¿Quieres saber por qué lo he hecho?

Sin dejar de observar el recipiente, Elizabeth asintió con la cabeza.

– Esto no ha sido un experimento, sino un pronóstico. Creo que esta solución es como nuestra familia. Había un montón de cosas flotando por ahí, por así decirlo, pero no se veían. Y la muerte de Eileen ha sido como ese granito de sal que he añadido al final, y que ha hecho que todo cristalizara.

Vertió el contenido del recipiente en el fregadero y aclaró la cubeta.

– Buenas noches, Elizabeth -dijo dirigiéndose hacia la escalera.

Elizabeth se lo quedó mirando y se preguntó, por primera vez, si su primo sería también un poeta.

CAPÍTULO 11

Elizabeth apenas pudo dormir aquella noche. Aunque cerró la puerta con llave y se levantó dos veces para comprobar que la ventana estaba cerrada, se despertaba con el menor ruido. A primeras horas de la mañana, estaba soñando que buscaba un libro acerca de un poblado indio en las estanterías de la biblioteca universitaria, cuando de pronto apareció una escena escalofriante en la que tía Amanda clavaba la tapa de una caja de madera de pino en la que yacía su hija. Repentinamente, ella misma se convertía en Eileen y empezaba a notar cómo los golpes del martillo vibraban sobre su rostro. Cuando por fin logró despertarse, se dio cuenta de que los golpes provenían de la puerta.

– Querida, te llaman por teléfono -gritó Mildred-. Dice que es tu hermano.

Elizabeth sacudió la cabeza y bostezó. El reloj de la mesita de noche marcaba las siete y cuarto. Se puso la bata que tenía al pie de la cama con tanta prisa que aún no había logrado abrocharse el cinturón cuando llegó al piso de abajo. Mildred había dejado el auricular sobre la mesa del recibidor y había desaparecido.

– ¿Bill? ¿Por qué me llamas a estas horas? ¿Cómo que acabas de llegar? ¿Te ha dicho Milo por qué he llamado? Oh, Bill, ¡ha sido terrible!

– Hay algo que no entiendo, Wes -dijo Clay Taylor mientras leía el informe del laboratorio-. Si alguien la empujó dentro del bote y en él había una serpiente, ¿se trata de un asesinato o de una simple agresión? En realidad fue la serpiente la que la mató, según dice aquí. ¿Significa eso que la persona que la golpeó en la cabeza no es responsable de su muerte, o debemos considerar la serpiente un arma exótica?

Wesley Rountree dio un suspiro de exasperación.

– Te voy a decir lo que pienso, Clay. Yo considero que eso es cosa del fiscal. Nosotros sólo debemos preocuparnos de encontrar al culpable. Y ahora déjame a solas un momento. Voy a anotarle a Hill-Bear todo lo que tiene que hacer hoy. -Se dio la vuelta con su silla giratoria y comenzó a redactar la lista.

Taylor dejó el informe del laboratorio sobre la mesa y fue a comprobar la cafetera eléctrica que había encima del fichero. Como tenía el cable suelto, el agua no se calentaba a no ser que lo movieras constantemente.

– No te olvides de la orden de arresto de Johnse Stillwell.

– Ah, sí. Otro cheque sin fondos. Lo voy a anotar. ¿Algo más?

– Los Bryce se han ido a la playa esta semana, y querían que les vigilásemos un poco la casa.

Rountree gruñó:

– Espero que esta vez se hayan acordado de avisar que no les traigan el periódico.

– El agua ya está caliente, Wes. ¿Te apetece un café?

– No. He quedado con Simmons esta mañana y él no utiliza café instantáneo. Mejor me espero.

Taylor se sirvió una taza y añadió un poco de azúcar.

– El caso Chandler, ¿eh?

– Sí. Es el abogado de la familia.

Clay se puso a trabajar en su propia mesa, que estaba totalmente despejada. A pesar de los meses que llevaba dando ejemplo de orden y pulcritud, no había logrado cambiar los hábitos de Rountree.