– ¿Sabes? -dijo con aire pensativo-, este caso se puede complicar bastante. No encontré huellas ni en el caballete ni en la caja de pinturas, salvo las de la fallecida. Y ni siquiera sabemos por qué la han matado.
– No, pero tenemos un montón de indicios: una herencia, un novio nada convencido, y no debemos olvidar ese maldito cuadro que nadie sabe dónde está.
Taylor sonrió.
– Bah, no pensarás que alguien la mató por un cuadro, ¿verdad, Wes?
– No para colgarlo en el salón, desde luego que no. Pero está claro que alguien quería deshacerse de él. Y ella estaba pintando en la orilla del lago.
– No veo qué tiene que ver eso -dijo Clay sorprendido.
– Bueno, yo tampoco -admitió Rountree-. Pero ahora mismo vas a ir a averiguarlo. A lo mejor vuelves con alguna respuesta, en lugar de hacer tantas preguntas.
– ¿Me llevo el traje de buceo? -preguntó Taylor en tono esperanzado. Desde que hiciera el curso de submarinismo el otoño anterior, estaba deseando utilizarlo en cumplimiento de su deber, pero hasta entonces nadie se había ahogado ni había surgido ninguna emergencia de ese tipo. Así pues, el estanque de los Chandler sería la excusa perfecta para poner a prueba su recién adquirida habilidad acuática.
– No, nada de equipo de buceo -gruñó Rountree-. Fuera lo que fuese lo que estaba pintando, está claro que se veía desde la orilla. Limítate a pasearte por allí, examina las orillas e informa si ves algo extraño.
– Ahora mismo voy para allá.
Rountree depositó su nota sobre la mesa de Doris.
Eran las ocho y cinco, y por tanto ella llegaría en cualquier momento; sin una excusa si aparecía en los próximos diez minutos, o con una si lo hacía en la siguiente media hora.
– Nos veremos en Brenner's a las once. Yo voy a esperar a Doris y a Hill-Bear.
– Muy bien.
– ¡Ah, Clay! Si encuentras un tesoro en el fondo del lago, ¡llámame al despacho de Simmons!
Taylor cerró la puerta en el momento en que el sheriff se echaba a reír.
– Robert, te aseguro que me veo con ánimos de seguir adelante -dijo la esposa del doctor Chandler con frialdad.
Amanda Chandler había bajado después del desayuno, con aire cansado pero sin aspecto de haber llorado. Su rígido vestido negro era tan austero y anticuado que sólo podía resultar adecuado para un funeral. Tras rechazar cualquier tipo de comida salvo un zumo de pomelo, se instaló en su lugar habitual en el estudio.
– Alguien tiene que ocuparse de esto -le dijo a su marido-. ¿Se puede saber qué habéis hecho hasta ahora?
– Pero, Amanda, ¡si no ha habido tiempo! Ni siquiera han pasado…
Ella asintió con aire triunfal.
– ¿Lo ves? Nadie ha hecho nada todavía. Ni tan sólo puedo llorar en paz la muerte de mi hija, porque soy el único ser práctico de esta casa. Hay que avisar a tanta gente, mandar telegramas… ¿Los hay con el ribete negro? ¿Y qué hacemos con los regalos? A lo mejor Louisa lo sabe, ya que la boda de Alban se anuló tan de repente.
El doctor Chandler parpadeó ante semejante demostración de eficacia.
– ¿Y tenemos que hacer todo eso ahora, Amanda?
– No cabe duda de que es mi deber -declaró Amanda en tono severo-. Ya sé que podrías cancelar tus visitas en el hospital, pero no me serías de gran ayuda. Aunque podrías mandarme a Elizabeth. Le agradecería mucho que me echase una mano. Puede que también necesite a Geoffrey, así que, por favor, dile que no haga planes para hoy. ¿Supongo que aún no habéis llamado al padre Ashland?
– Amanda, sabes que odia que lo llamen «padre».
– Entonces debería haber sido baptista. Siendo episcopaliano, te aseguro que el término es correcto. Y ahora, pongámonos a trabajar mientras me quedan fuerzas.
– Está bien -contestó inclinando la cabeza.
– Gracias. Antes que nada, necesito saber cuándo la podremos enterrar. ¿Te han dicho algo?
– Todavía no, pero si vas a organizar el funeral, le pediré a Michael que venga a hablar contigo.
– ¿Para qué, Robert?
– Bueno, estaban a punto de casarse…
– Eso es irrelevante. Él no forma parte de la familia. Su opinión al respecto no me interesa lo más mínimo. Y ahora, por favor, ve a buscar a Elizabeth.
El doctor Chandler estaba dispuesto a continuar la conversación, pero se lo pensó mejor y decidió marcharse.
– Estaré en el estudio si me necesitas.
Amanda se reclinó en la silla y examinó la lista de invitaciones. Hizo una pequeña marca en lápiz junto a los nombres de los invitados de fuera de la ciudad y subrayó aquellas personas a las que se debía notificar lo sucedido por telegrama. Había que telefonear a Todd & O'Connor aquella misma tarde para concretar todos los preparativos. Un funeral con poca gente, tal vez, dadas las circunstancias. Se estremeció sólo de pensar que podrían venir periodistas o cámaras de televisión. Lo mejor sería preguntárselo a Azzie Todd, aunque posiblemente no lo sabría. Quizás el padre Ashland podría ayudarla. Aunque a fin de cuentas todo dependería de ella, como siempre. Y, por supuesto, contaba con la ayuda de su padre.
Hacía tiempo que había excluido a su marido de la lista de «consejeros». Sus sentimientos hacia él se habían convertido en una mezcla de decepción y de responsabilidad maternal que ocultaba bajo una enérgica eficacia. Ya ni siquiera tenía en cuenta sus opiniones o sentimientos. Lo cierto era que, a sus casi cincuenta años, Amanda Chandler seguía siendo «la niña de papá».
Cuando intentaba recordar por qué se había casado con Robert, las respuestas que obtenía siempre eran vagas. Le había agradado la idea de que estudiase medicina, pero no descubrió hasta más adelante que Robert estaba decidido a ser un médico rural toda su vida. Al principio había sido todo muy romántico: dos primos segundos enamorados, arriesgándose a tener hijos con dos cabezas, como decía una antigua superstición. Tal vez Amanda insistió en casarse para provocar a su padre, pues esperaba que él reaccionase con un arrebato de ira y prohibiese el matrimonio. Por el contrario, William Chandler se mostró atento y cordial con el futuro esposo, y afectuosamente distante con ella. Era como si hubiese decidido marcar las distancias con su hija a nivel emocional. Años más tarde, cuando se retiró de la Marina y se fue a vivir con ellos, seguía llevándose bien con Robert y con los chicos. Pero Amanda no podía evitar reprocharle en silencio su actitud hacia ella, hasta que un día se dio cuenta de que lo había decepcionado por no haberse convertido en una mujer independiente y triunfadora. Ni siquiera se había casado con un titán. Y, peor aún, no había logrado ser feliz ni hacerle feliz a él. La niñita de papá era un fracaso.
Amanda se colocó las gafas de lectura en la punta de la nariz y miró el reloj de pared. Las nueve y cuarto de la mañana. Era demasiado pronto, pero, por otra parte, se encontraba bajo una tensión terrible y no había tomado un calmante desde la noche anterior. Abrió el armarito y sacó una botella de bourbon Oíd Grand-Dad de detrás de las revistas de moda.
El despacho de Bryce y Simmons en Main Street se hallaba muy cerca de la oficina de Wesley Rountree, situada en un ala del palacio de justicia. Rountree se tomó su tiempo, pues la cita era a las nueve y media y no quería llegar demasiado pronto. Doris había aparecido a las ocho y media, cuando él ya se encontraba con Hill-Bear repasando el programa del día, y acabaron tomando un café los tres mientras les contaba el caso Chandler.
Rountree frunció el entrecejo al ver el envoltorio de un caramelo en la acera. Clay siempre recogía todo lo que veía tirado por el suelo, alegando que no soportaba la suciedad, y Rountree solía preguntarle si dejaría escapar al ladrón de un banco para recoger una lata de cerveza. Aun así, no cabía duda de que era un acto de civismo. Rountree lanzó un suspiro. No había ningún ladrón a la vista, así que se agachó tímidamente, cogió el papel y se lo guardó en el bolsillo hasta que encontrara una papelera.