– No temas, prima -repuso Geoffrey en tono severo-. No tengo la menor intención de fomentar ningún tipo de sensacionalismo ni de alcanzar la inmortalidad en las páginas de alguna revista del crimen. Sólo quiero descubrir quién lo hizo.
– Y cuando lo sepamos, es posible que no tenga ningún sentido -suspiró Elizabeth-. Probablemente será algún desconocido que ni siquiera sabe por qué lo hizo.
– Eso nos vendría muy bien, ¿no te parece? -espetó Geoffrey.
– ¿Crees que sería mejor averiguar que ha sido alguien que conocemos?
– Mientras lo sepamos algún día… No creo que fuese un acto violento y sin sentido o un homicidio accidental. Volviendo a Hamlet: «Aunque sea locura, hay cierto método en ella.»
– Más Hamlet -murmuró Elizabeth.
– Eso se llama «trovar». Deberías oír a Sinclair. Es capaz de trovar a lo largo de toda una conversación. ¡Es maravilloso!
– Ya me lo imagino.
– Tengo que llamarle para que aplacemos la obra. Mamá querrá que esperemos unos seis meses, o tal vez podrían hacer algo sin mí mientras tanto. -Se acercó a la estantería y sacó un enorme libro de citas. Al llegar a la «S», deslizó el dedo por la página y empezó a recitar: «Deseo y destino son tan contrarios, que nuestros designios jamás se cumplen.»
– Es trampa utilizar el libro.
– Sólo quería comprobar qué acto era.
– Es de Hamlet, claro.
– Por supuesto.
El duelo se vio interrumpido por el timbre de la casa.
– «La campana me invita -dijo Elizabeth mientras salía corriendo a abrir-. No la escuches, tú, Duncan…»
– ¡Tú citando a Macbeth -gritó Geoffrey.
Cuando Elizabeth regresó al cabo de un momento, Geoffrey seguía hojeando el Diccionario de citas.
– Es Taylor, el ayudante del sheriff -le informó Elizabeth-. Ha venido a decirnos que estaba inspeccionando el escenario del… el lago.
Geoffrey asintió sin levantar la vista.
– Le he dicho que no hay ningún problema. -Se volvió a sentar y cogió el libro que estaba leyendo. Lo había encontrado en la biblioteca de los Chandler: En busca de Troya. El romance de la arqueología.
– ¿Sabes que trae mala suerte citar a Macbeth! -observó Geoffrey.
– ¿Por qué? Es mi obra preferida.
– Pues trae muy mala suerte. La gente de teatro procura evitar mencionarla a toda costa. Sinclair me dijo que, en el siglo XVI, el primer actor que interpretó a lady Macbeth se puso enfermo antes del estreno y lo tuvo que sustituir el propio Bardo. Al parecer el chico murió mientras se representaba la obra.
– Pura coincidencia -observó Elizabeth.
– No exactamente. En los años treinta dos actores cayeron enfermos después de que les dieran el papel, y cuando lo interpretó Laurence Olivier, se le partió la punta de la espada e hirió a un espectador, que tuvo un ataque al corazón.
– ¡Oh, Dios mío! -exclamó Elizabeth.
– Muchos actores ni siquiera se atreven a pronunciar el título, y ya no digamos citarla. La llaman «la obra escocesa».
– Pues Alban la estuvo citando anoche. Cuando le conté lo de Eileen, dijo: «Un día u otro había de morir.» Espero que no le traiga mala suerte.
– Nunca se sabe. Igual dentro de unos años le obligan a tragarse un concierto de gaitas…
De pronto llamaron a la puerta y el doctor Chandler apareció con una sonrisa de disculpa.
– Perdona, Elizabeth. ¿Te puedo molestar un momento? Tía Amanda te está buscando. Está abajo, en el estudio. No consigo que descanse. Dice que hay demasiadas cosas que hacer. Es una mujer muy valiente, Elizabeth, pero no permitas que se agote.
– Lo intentaré -murmuró Elizabeth mientras se preguntaba cómo se podía impedir que Amanda hiciese algo que se había propuesto.
Cuando llegó al estudio de madera de pino (o, como decía Geoffrey, «la guarida de mamá»), Elizabeth vio a Amanda escribiendo notas en el reverso de un sobre. Con el cabello rojizo recogido en un moño despeinado y las gafas en la punta de la nariz, tenía todo el aspecto de una institutriz.
– Aquí estoy, tía Amanda.
– Ah, muy bien, Elizabeth. Hay tanto que hacer. Montones de cosas. Es muy amable de tu parte ofrecerte a ayudarme. -Elizabeth se quedó de piedra al oír aquello, y Amanda prosiguió-: He pensado que lo mejor es que carguemos nosotras con todo en lugar de molestar al pobre Michael. ¿Te parece bien? -Amanda dio unas palmaditas en el cojín del sofá que había junto a su butaca. Elizabeth se apresuró a sentarse.
– Lo primero que tenemos que hacer es redactar un telegrama para avisar a los invitados que viven fuera de la ciudad. Ah, y me gustaría que llamases a Todd & O'Connor. Busca el número en la guía, y… vamos a ver…
Cuando le tendió el sobre en el que estaba escribiendo, Elizabeth se apartó involuntariamente. ¿Qué era aquel olor? Tardó unos instantes en identificarlo, pues jamás habría asociado a tía Amanda con el whisky. La contempló con renovado interés, y Amanda, creyendo que aquella muestra de atención se debía a la dedicación de su sobrina a la labor, siguió explicándole las obligaciones del día.
«Qué reacción más extraña ante la muerte de Eileen -pensó Elizabeth-. No sé si debería decírselo a tío Robert.» Se esforzó en volver a prestarle atención a Amanda, que no dejaba de repetirse y de divagar sobre detalles triviales.
– … Todd & O'Connor. ¿Te he dicho ya que los llames? Menuda pinta de tonto tiene ese Azzie Todd. Es como un palo con orejas… -dijo soltando una risita.
– Le llamaré, tía Amanda -replicó Elizabeth alzando la voz.
– Y no hay que olvidar las flores -añadió Amanda alegremente-. Tenemos que mandar flores a los invitados de fuera de la ciudad…
«No puede ser -pensó Elizabeth con un suspiro-. Una cosa es decirle a un estudiante achispado que se vaya a dormir hasta que se le pase la borrachera, y otra muy distinta es tener que hacer lo mismo con tu propia tía.» Lo triste del estado de Amanda era que revestía cierta dignidad. «Muy bien, haré la llamada y me ocuparé de los preparativos -decidió Elizabeth-, pero no pienso aguantar esto ni un minuto más.» Tras murmurar una excusa cualquiera, salió huyendo de allí.
Fue en busca del doctor Chandler, pero no le encontró ni en el salón ni en la biblioteca. Entonces miró en el comedor de desayuno, pensando que podría haber ido a tomar un café. Y allí estaba Carlsen Shepherd, leyendo el periódico de Atlanta mientras comía unas tostadas.
– ¿Dónde está tío Robert? -preguntó Elizabeth sin más preámbulos.
– Ha ido al hospital -respondió Shepherd-. Ha dicho que volverá antes del mediodía. Y buenos días a ti también.
Elizabeth se sonrojó.
– Lo siento. Es que estoy muy hada. Tengo que hablar con tío Robert porque… -De repente agrandó los ojos y añadió-: ¡Ah! ¡Usted también es médico!
Shepherd dejó el periódico con un fuerte suspiro.
– No. Yo soy psiquiatra. No llevo medicinas encima, ni receto Valium, y no distingo un envenenamiento por zumaque de una urticaria. Lo siento.
– ¡Pero esto es muy grave! -insistió Elizabeth bajando la voz-. Creo que mi tía Amanda ha estado bebiendo.
En lugar de responder, Shepherd empezó a saborear otra tostada.
– ¿Cree que es normal? -preguntó Elizabeth.
– Bueno, en su caso sí, claro.
– ¿Se refiere al hecho de que reaccione así ante la muerte de Eileen?
– No. Es normal que beba. Es una alcohólica, y yo diría que eso está a punto de convertirse en algo crónico.
– ¿Cómo dice? -tartamudeó Elizabeth.
– Sí. Te lo menciono porque has irrumpido aquí preguntando por el doctor Chandler, seguramente con la intención de contárselo al pobre hombre. Así que he pensado que lo mejor sería disuadirte y ahorrarles a todos un mal trago. ¿Te apetece una tostada?