Haciendo un mohín dubitativo en respuesta a la última réplica de su amigo, Paul le tendió el paquete de café. Arthur abrió la bombona de gas, que estaba debajo del fregadero.
Después hizo girar la llave situada a la izquierda de la cocina y, finalmente, el mando del quemador.
– ¿Crees que todavía quedará gas?
– Antoine nunca habría dejado la casa con una bombona vacía en la cocina, y seguro que hay por lo menos otras dos llenas en el garaje.
Paul se acercó maquinalmente al interruptor, junto a la puerta, y lo pulsó. Una luz amarillenta invadió la estancia.
– ¿Cómo te las has arreglado para que haya corriente en esta casa?
– Telefoneé anteayer a la compañía para que la restablecieran, y a la del agua también, no te preocupes. Pero apaga. Hay que quitarles el polvo a las bombillas para que no exploten cuando se calienten.
– ¿Dónde has aprendido todo esto de hacer café italiano y desempolvar las bombillas para que no exploten?
– Pues aquí, hombre, en esta habitación, esas cosas y muchas más.
– ¿Y ese café? ¿Viene o no viene?
Arthur puso dos tazas sobre la mesa de madera y sirvió la bebida ardiente.
– Espera un poco antes de beber -dijo.
– ¿Por qué?
– Porque si no esperas te quemarás y, además, porque primero tienes que olerlo. Deja que el aroma penetre en tu nariz.
– ¡Estás jorobándome con este rollo del café, y en mi nariz no penetra nada! Estoy soñando: «Deja que el aroma penetre en tu nariz.» Pero ¿se puede saber de dónde sacas esas frases?
Paul se llevó la taza a los labios, dio un sorbo y escupió inmediatamente el poco líquido ardiente que había tomado. Lauren se colocó detrás de Arthur y lo abrazó. Apoyó la cabeza en su hombro y le susurró al oído.
– Me gusta este sitio, me siento bien aquí, es relajante.
– ¿Dónde estabas?
– Recorriendo la casa mientras vosotros filosofabais sobre el café.
– ¿Y qué?
– ¿Estás hablando con ella? -intervino Paul en tono exasperado.
Sin prestar la más mínima atención a la pregunta de Paul, Arthur se dirigió a Lauren:
– ¿Te gusta?
– Tendría que ser muy exigente para que no me gustara -contestó ella-. Pero tienes que contarme algunos secretos, este lugar está lleno de ellos; los percibo en las paredes y en los muebles.
– ¡Si te molesto, no tienes más que hacer como si no estuviera! -insistió su socio.
Lauren no quería ser ingrata, pero le susurró a Arthur que le encantaría estar a solas con él. Estaba impaciente por que le mostrara toda la propiedad. Y añadió que ardía en deseos de que hablaran. Él preguntó sobre qué:
– Sobre esto, sobre el pasado -contestó ella.
Paul esperaba que Arthur se dignara dirigirse finalmente a él, pero éste parecía seguir conversando con su invisible compañera, así que se decidió a interrumpirlos.
– Bueno, ¿me necesitas todavía? Porque, si no, me vuelvo a San Francisco. Hay trabajo en el despacho, y además tus conversaciones con Fantomas me ponen nervioso.
– Podrías tener una mente menos cerrada, ¿no?
– ¿Cómo dices? Creo que no he oído bien. ¿Acabas de decirle al tipo que te ha ayudado a mangar un cuerpo de un hospital un domingo por la noche, con una ambulancia robada, y que se toma un café italiano a cuatro horas de distancia de su casa sin haber dormido en toda la noche, que podría tener una mente menos cerrada? ¡Tú estás pirado!
– No quería decir eso.
Paul no sabía qué había querido decir, pero prefería irse antes de que tuvieran una enganchada.
– Porque podría ocurrir, ¿sabes?, y sería una lástima, teniendo en cuenta todos los esfuerzos hechos hasta ahora.
Arthur, preocupado, le preguntó a su amigo si no estaba demasiado cansado para emprender el camino de vuelta. Éste lo tranquilizó. Con el «café italiano» (insistió irónicamente en el término) que acababa de tomarse, disponía al menos de veinticuatro horas de autonomía antes de que el cansancio se atreviera a posarse sobre sus párpados. Arthur no hizo caso del sarcasmo. A Paul, por su parte, le preocupaba dejar a su amigo sin coche en aquella casa abandonada.
– Está el viejo Ford en el garaje.
– ¿Cuándo circuló por última vez ese cacharro?
– ¡Hace mucho!
– ¿Y arrancará?
– Seguramente. Cargaré la batería y arrancará.
– ¡Seguramente! Además, después de todo, si te quedas en la estacada aquí ya espabilarás. Yo ya he hecho bastante por esta noche.
Arthur acompañó a Paul hasta el coche.
– No te preocupes más por mí, ya has hecho mucho.
– Pues claro que me preocupo por ti. En circunstancias normales te dejaría solo en esta casa, angustiado con la idea de que podría haber fantasmas. ¡Pero es que tú te traes el tuyo!
– ¡Lárgate!
Paul puso el motor en marcha. Antes de irse, bajó el cristal de la ventanilla.
– ¿Estás seguro de que todo va a ir bien?
– Sin duda.
– Bueno, pues entonces me voy.
– Paul…
– ¿Qué?
– Gracias por todo lo que has hecho.
– No ha sido nada.
– Sí, ha sido mucho. Te has arriesgado por mí sin entender nada, simplemente por lealtad y amistad. Eso es mucho, y yo lo sé.
– Ya sé que lo sabes. Bueno, me voy, si no, todavía soltaremos una lagrimita. Cuídate y llámame al despacho para contarme cómo va todo.
Arthur se lo prometió y el automóvil se perdió rápidamente detrás de la colina. Lauren apareció en la escalera de la entrada.
– Bien -dijo-, ¿me enseñas la propiedad?
– ¿Por dónde empezamos, por dentro o por fuera?
– Antes de nada, ¿dónde estamos?
– Estás en la casa de Lili.
– ¿Quién es Lili?
– Lili era mi madre. Aquí es donde yo pasé la mitad de mi infancia.
– ¿Hace mucho que murió?
– Sí, mucho.
– ¿Y no habías vuelto nunca aquí?
– Nunca.
– ¿Porqué?
– Entra. Hablaremos de eso más tarde, después de la visita.
– ¿Por qué? -insistió Lauren.
– Había olvidado que eres la reencarnación de una mula. ¿Por qué esto, por qué lo otro?…
– ¿He sido yo quien te ha hecho venir?
– Tú no eres el único fantasma de mi vida -dijo Arthur en voz baja.
– Se te hace difícil estar aquí.
– Difícil no es la palabra. Digamos más bien que es importante para mí.
– ¿Y lo has hecho por mí?
– Lo he hecho porque había llegado el momento de intentarlo.
– ¿De intentar qué?
– Abrir la maleta negra.
– ¿Te importa decirme qué hay en esa maleta negra?
– Recuerdos.
– ¿Tienes muchos aquí?
– Casi todos. Era mi casa.
– ¿Y después de aquí?
– Después me las arreglé para que el tiempo pasara muy deprisa. Crecí completamente solo.
– ¿Tu madre murió de repente?
– No, murió de cáncer. Ella lo sabía, pero para mí sí que fue muy repentino. Acompáñame, voy a enseñarte el jardín.
Salieron los dos y Arthur llevó a Lauren hasta el mar, que bordeaba el jardín. Se sentaron al borde de las rocas.
– Si supieras cuántas horas he pasado sentado aquí con ella… Contaba las crestas de las olas, haciendo apuestas. Veníamos con frecuencia a ver la puesta de sol. Mucha gente de por aquí se pasa una media hora en la playa para presenciar el espectáculo. Cada día es distinto. Debido a la temperatura del mar, al aire, a montones de cosas, los colores del cielo nunca son iguales. De la misma forma que en las ciudades la gente vuelve a casa a una hora determinada para ver el telenoticias, aquí la gente sale para ver la puesta de sol. Es un ritual.
– ¿Viviste mucho tiempo aquí?
– Cuando ella murió era un niño, sólo tenía diez años.
– ¡Esta tarde me traerás a ver la puesta de sol!
– Aquí es obligatorio -dijo él sonriendo.
Detrás de ellos, la casa comenzaba a brillar, iluminada por la claridad de la mañana. La fachada que daba al mar estaba deteriorada, pero la construcción en su conjunto había resistido bien el paso de los años. Desde el exterior, nadie hubiera creído que llevaba tanto tiempo durmiendo.