– Eso no será posible -dijo Predilecto, con un vago temor que ahora nada tenía que ver con los peligros de algún merodeador-. El Rey debe vivir en el Castillo de Olar, como sabéis.
– Alguna forma hallaré para venir aquí -dijo Gudú, riendo de aquella forma gutural y a un tiempo baja que le caracterizaba y estremecía en ocasiones a Predilecto-. Ten por seguro que lo haré. Y tú vendrás conmigo.
– No dudéis que yo siempre os acompañaré a donde vayáis -dijo Predilecto, sonriendo a su vez-. ¡Pero tiempo queda aún!…
Gudú trepó entonces hacia las almenas de la muralla, seguido por su hermano.
– ¿Por qué son tan negras estas piedras, Predilecto? -preguntó.
– Mirad, Señor, aquellas tierras escarpadas, rodeadas de boscaje: de esas tierras oscuras proceden estas piedras.
– ¿Qué hay allí?
– Allí -dijo Predilecto, a su pesar, pues era incapaz de engañar a su hermano-, habitan gentes miserables, que trabajan en las minas del Reino, y algunos carboneros. Les llaman las tierras de los Desdichados.
– ¿Son útiles? -dijo Gudú, encaramándose a las almenas, y poniendo su mano sobre los ojos, para resguardarse del sol. -Lo son-dijo Predilecto, con voz dolorida y tono de contenida indignación-. Pero nadie quiere reconocerlo y darles una vida más desahogada y más digna. Señor, si un día reináis, como espero, no os olvidéis de ellos.
Gudú le miró a los ojos, y sonrió de forma un tanto misteriosa:
– Cierto que no, Predilecto -dijo-. No los olvidaré, si, como decís, resultan tan útiles.
Pero Predilecto no atinaba, o no deseaba descifrar, el verdadero sentido de aquellas palabras. Día a día, cada vez con más frecuencia, le desazonaban sus observaciones.
Desde aquel día, Gudú pidió muchas veces a Predilecto que le llevara al Castillo, que, entre ellos, comenzaron a llamar el Castillo Negro. El joven Rey saltaba ágil y peligrosamente de almena en almena, y profería gritos salvajes, esgrimiendo la pequeña espada de hierro que llevaba a la cintura -hasta el día de su coronación, según estaba establecido, no podría lucir la de su padre, cuyo puño tenía incrustadas cinco piedras preciosas, en memoria de sus mejores y más grandes batallas y de todos los más ricos países que había añadido al antiguo, pobre y salvaje territorio del Conde Olar.
– ¿Por qué a medida que Olar se engrandece, crecen y aumentan las aguas del Lago? -preguntó un día Gudú a su Maestro. El anciano quedó paralizado de estupor. Ésta era una de las cosas descubiertas por él, mediante sus averiguaciones, aunque desconocía su origen. Precisamente andaba por aquellos días muy preocupado en descifrarlo. Como jamás dijera nada de esto al niño, ni a nadie, la pregunta del Rey lo dejo atónito:
– ¿Cómo sabéis eso? -preguntó temeroso. Gudú se echó a reír:
– ¿Lo sabéis o no?
– No, Señor -admitió el Hechicero, confuso-. La verdad es que no lo sé.
– Pues cuando lo hayáis averiguado, no dejéis de comunicármelo. Podría ser utilizado ese secreto, y con grandes ventajas, algún día -añadió pensativo.
Poco tiempo después, hallándose en medio de una de sus lecciones, en la que el Maestro intentaba sin resultado mejorar la ruda caligrafía del joven Rey, le oyó decir -y esta vez con más espanto que estupor:
– ¿Para qué son y qué son esos dibujitos que hacéis, de tan vivos colores, en algunos de vuestros pergaminos?
El Hechicero se levantó de un salto, y mostrando sin disimulo su sorpresa y temor, dijo:
– ¡Señor! ¡Señor! ¿Cómo es posible que tengáis noticias de ellos, si a nadie los he mostrado jamás?
– Pues cuidad mejor vuestros secretos -dijo riendo Gudú-. Parece mentira que, si tan celoso sois de ellos, tengáis tan poca habilidad para guardarlos.
Por más que el Hechicero intentó que el niño aclarase sus preguntas, éste nada le dijo. Pero corrió a comunicar a la Reina su inquietud, y Ardid llamó al Trasgo, recelosa.
– Trasgo del Sur -dijo con solemnidad (cuando así le llamaba, el Trasgo temía algún reproche, pues en los últimos tiempos la Reina le mostraba su preocupación por las frecuencias de sus borracheras)-, ¿habéis tenido algo que ver en lo que el Hechicero me ha contado?
– De ninguna manera, ¡qué más quisiera yo! -se lamentó quejumbrosamente el Trasgo-. Y así os lo manifiesto, porque por más que lo intento, y a pesar de constarme que más de algún criado me confunde a menudo con un raposo y me persigue con la escoba o las tenazas, el joven Rey no atina a verme. Mal puedo tener parte en esas cosas. Y ya que en trance de decir verdades me ponéis, Señora, sabed que no sólo a mí debierais dirigir vuestros reproches: pues tengo para mí que el querido Maestro está cada día más distraído y descuidado, y por tal, acusa una vejez muy avanzada.
– Ah -dijo el anciano con su risa displicente y ofendida-, no entiendo cómo puede llamarme viejo quien cuenta trescientos y pico años en el cálculo de su existir.
– Pero querido -dijo el Trasgo dando volatines sobre la Cómoda Real-, ¿cuántas veces os tengo que recordar las diferencias en nuestras Tablas de Valoración? Ay, ay, que empiezo a temer si vos también, y no sólo yo, estáis o habéis sido tentado por esta maravilla que está contaminándome más de lo debido.
El Hechicero guardó un silencio a todas luces ultrajado, y la Reina les aplacó así:
– No debéis discutir por estupideces semejantes, queridos míos: a ambos os quiero y respeto por igual, y los tres, a la vez, somos susceptibles de alguna que otra debilidad. No es en estas cosas en las que debemos parar mientes, sino en la verdad del asunto que nos ha reunido.
Desde aquel día, y llena de disimulo, espió a su hijo Gudú. Y tal como ella misma había hecho en otros tiempos, le sorprendió en la noche levantándose del lecho, y escurriéndose por pasillos y pasadizos -bien lo aprendió a hacer desde muy niño en aquel Castillo-. Le siguió hasta la puerta de la mazmorra del anciano Maestro. Y una vez allí, comprobó cómo el muchacho atisbaba por las rendijas de la carcomida puerta y por el agujero de la cerradura, de donde surgían destellos provenientes de los fuegos rituales del anciano. Entonces Ardid sonrió para sí, y nada dijo, pues no le pareció en absoluto desdeñable la curiosidad revelada por quien, más pronto de lo que quizá pudieran creer, iba a reinar en Olar. «Todo el que reina -se dijo- debe tener un ojo en el trono y otro en todas las cerraduras del Reino.» Y con gran regocijo le vio aplicar un ojo, luego el otro, y después las orejas, a todo orificio visible. A continuación, tendido en el suelo, el pequeño Rey atisbó por la ranura, que, bajo la puerta, centelleaba como una línea de refulgente carmesí.
Ardid entonces regresó a su lecho, aliviada y contenta. Y sólo se limitó a decir al anciano:
– No os preocupéis, querido Maestro. Tal vez, olvidasteis guardar algún día un pergamino y el Rey lo vio. Pero si del Rey se trata, no debéis temer nada.
– Si así lo decís, así será -respondió el Hechicero a la querida niña. Pero por varios días, se sintió desazonado e inquieto, hasta que, inmerso de nuevo en los placeres de la Adivinación y las Grandes Averiguaciones, acabó por olvidarlo.
De día en día, fue convirtiéndose en un muchacho alto y robusto, como lo fuera su padre y lo era su madre; pero si de aquél heredó la feroz vitalidad, la salud y la poderosa complexión, de la madre heredó la gallardía en el porte, la flexibilidad de movimientos, la fibrosa delgadez de los miembros y del talle. Por tanto, si no era -ni con mucho- tan bello como su hermano Predilecto, no era feo en modo alguno: tenía el cabello negro y rizoso, ojos claros y muy brillantes, la nariz aguileña y la boca fresca, irónica y sensual. Su mirada, en particular, poseía una gran fuerza y penetración, y aun siendo todavía un muchacho, pronto se dejó sentir la gran atracción que ejercía sobre el sexo femenino. Al cumplir doce años, era alto como su hermano Predilecto -que contaba veinte-, y todos le hubieran atribuido más edad, tanto por su aspecto como por su forma de expresarse y lo maduro de sus observaciones. jamás una palabra superflua salía de sus labios, y esto compensaba, en parte, su tal vez excesivo laconismo.
Las damas de la Corte empezaban a sentir un agradable cosquilleo en la nuca, que se esparcía cálidamente al resto de sus personas, si el joven Rey clavaba en ellas la mirada. Y cierto es que, si esto ocurría, no se trataba nunca de mujer vieja o contrahecha. Al contrario, las de tez más delicada, cabellos más hermosos y formas más sugerentes eran quienes recibían tal honor. Pero como, al fin y al cabo, se trataba todavía de un niño, mostraban hacia él un talante afectuosamente maternal impregnado de cierta afectación, que a todas luces indicaba la poca exactitud de tal sentimiento. A menudo le halagaban y le traían manjares, dulces o caprichos que adivinaban creían de su preferencia. En general, el Rey aceptaba todo esto con digna complacencia, pero, en alguna ocasión, si la excesiva solicitud venía de alguien que no le era particularmente agradable, se mostró dotado de aguda capacidad de burla, ironía e incluso, en ocasiones, malos modales. Y aunque su madre le amonestó en la intimidad porque lo que dijo era impropio de un caballero, Gudú comentó:
– Pues a fe mía, si bien es cierto lo que decís, no lo es menos que esa dama no volverá a importunarme. Y en cuanto a lo que es propio o no de caballero, os diré que, aunque muy lejos están los interesados en saberlo, he podido atisbar tales modales, y aun peores, en muy atildados caballeros de esta Corte.
Ardid entonces dijo algo que, inmediatamente, juzgó inoportuno y la hizo ruborizar:
– Guardad, pues, para en privado, lo que en privado sorprendisteis.
Pero su rubor desapareció cuando añadió el Rey:
– Sois lista de veras, Señora. Mucho me place, ya que no es dado a los humanos elegir la mujer que nos trae al mundo, haya tenido yo tanta fortuna: la madre que me tocó en suerte no es estúpida en modo alguno. Y os aseguro que la viva admiración que por vos siento, no será quebrantada.
Un suave dulzor, acaso engañoso, atenuó el dolor que, aunque a nadie lo dijera, clavaba en el corazón de Ardid la certeza de que su hijo nunca la amaría. «Al menos -se dijo-, quizá la admiración pueda suplir eso que toda mujer, hasta la más humilde, puede gozar en la vida, excepto yo, la Reina de Olar.»
4
Si bien la Reina tenía para el Conde Tuso dulzuras de miel, no le era difícil comprender al astuto Consejero que, en el fondo de tan agradable bebedizo, había limaduras de uñas feroces. Con tales pensamientos, su desazón crecía. Y no sólo su desazón, sino la cada vez más insolente rabia de Ancio y sus hermanos. Unida a la brutal impaciencia que les dominaba, hacían la vida del Consejero -si bien que ahora nominal- menos placentera de lo que en un principio había supuesto.