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Gudú llamó entonces a Predilecto y le dijo:

– He enviado a Randal, con sus hombres y otros que reclutará, a una encomienda muy importante. Sólo te pido a ti una cosa: síguele hasta el País de los Desfiladeros según mis instrucciones, y rescata a una joven niñera y a un niño de la casa de un zapatero. Entrégaselos a Randal, y regresa, cuanto antes, a mi lado.

Predilecto empezaba a entender que era preferible no informarse de los propósitos de su hermano, si quería seguir a su lado -y el cariño que le profesaba era lo único que, junto al profundo respeto por la Reina, le retenía allí-. Mejor no hacer preguntas. Se unió, pues, a Randal y un grupito de hombres, y después de un largo viaje en la noche, con un sorprendente conocimiento del terreno y sus vericuetos, consiguieron entrar por sorpresa en la casa del zapatero.

Todos dormían, y, por lo visto, no eran gentes dadas a la lucha ni mucho menos a la heroicidad: abandonaron a la muchacha y el niño en sus manos, casi sin rechistar. Y Randal y Predilecto, según órdenes recibidas, regresaron al Castillo Negro, sin comprender muy bien todo aquel tejemaneje.

Y así estaban las cosas cuando, en la madrugada del siguiente día, el centinela de la Torre Vigía avistó, entre las brumas del amanecer, la llegada de una caravana singular que se aproximaba al Castillo Negro. Los soldados y el mismo Príncipe Predilecto se alarmaron, pues no tenían noticia de que alguien tuviera intención de atravesar aquellos parajes, excepto algún campesino con su rocín cargado de leña. Y aun esto parecía raro, pues si bien los bosques eran nutridos, sus árboles estaban tan cubiertos de escarcha, y tan helados y enfangados los caminos, que sólo los caprichos de un Rey adolescente y, al creer de los soldados, juguetón, podía tener la peregrina idea de corretear por un lugar donde la misma caza pretextada -y no llevada a cabo- se hacía difícil, si no imposible.

Pero al tener noticia de la comitiva, Gudú sonrió misteriosamente, y dijo:

– Bajad el puente y recibid esa comitiva, pues no dudo se avecina algo importante.

A poco, le avisaron que se habían reconocido la carroza y los caballos del Príncipe Almíbar, seguidos por los de la Reina y otras muchas cabalgaduras, donde en la bruma de la mañana podían distinguirse las enseñas de varios caballeros y nobles del Reino.

– Señor -dijo Predilecto, inquieto-, algo extraño ocurre, para que vuestra madre la Reina acuda tan presurosa. Preciso será disponer los hombres, por si alguna mala nueva nos traen.

– Hazlo así -dijo Gudú-, y desde este momento te nombro Capitán Supremo de mi Ejército, con mando absoluto; y será tu brazo derecho el Capitán Randal, a quien ascenderás según tu criterio.

– No pido eso -dijo Predilecto, pues las palabras del Rey no le proporcionaban la más mínima alegría-. Sólo os digo que debemos estar preparados.

– Y yo te repito lo dicho -corroboró Gudú.

Cuando al fin se acercó la comitiva al foso, y el puente fue bajado, las carrozas de la Reina y Almíbar entraron en el Patio con gran ruido y precipitación, seguidos de todos los demás. Y no escapó a todos la súbita presencia, revestida de gran altanería y ferocidad mezcladas, del Consejero Tuso y del Príncipe Ancio, que a su vez -como los demás nobles- se acompañaban de algunos de sus soldados armados.

El Rey Gudú descendió las escaleras con gran majestad, impropia de su edad y de un Rey aún no coronado: pero al verle, todos los presentes sintieron un escalofrío en la espalda, que les indicaba se hallaban, por vez primera, ante su único Rey posible.

– Hijo mío -dijo la Reina, revestida de su máxima capacidad de solemnidad-, si hemos venido a turbar los lícitos esparcimientos que un joven como tú practica, en vísperas a convertirse en hombre ducho y diestro para la guerra y para la paz -aquí se detuvo para dar más efecto a sus palabras-, no dudes de que se trata de algo muy importante para el Reino. Y es por ello que la más respetable y sólida representación de nuestra Asamblea de Nobles nos acompaña en este trance.

– Hablad, Señora -dijo Gudú, con gran calma. Y a pesar de que el Castillo se hallaba en el más completo abandono, todos tuvieron la sensación de encontrarse en el corazón de un grande y poderoso Reino, y de que aquel muchacho era el inflexible, astuto, fuerte y valeroso Señor capaz de mantenerlo.

– Pues he aquí -dijo la Reina- que, tal y como se había decidido en presencia de todos los nobles, vuestro Consejero el Conde Tuso me ha presentado la Princesa candidata a unirse a vos en matrimonio. Tal como fue acordado en la Asamblea última, yo debería dar mi aprobación a tal Princesa…

Dirigió una mirada hacia los nobles que la rodeaban, ateridos de frío pero expectantes. Algo murmuraron, en señal de asentimiento, y ella prosiguió:

– Pues bien, hijo mío, la candidata presentada por vuestro Consejero Tuso no me ha agradado en absoluto. No sólo porque es fea, pelirroja y dentuda (y no quiero ver los pasillos de nuestro Castillo de Olar invadidos de criaturas dentilargas con ojos de conejo), sino porque tampoco me agrada su ascendencia: pues es hija del actual Rey que, según noticias llegadas a nuestros oídos, ha expulsado del trono con demasiado ímpetu a su primo Argante, ha matado a su mujer y a su hijo, el Príncipe, y ahora reina ferozmente en el País de los Desfiladeros.

– Señor -protestó el Conde Tuso, sin poder contenerse-, tengo buenas razones para creer en esa unión. Y permitidme contradecir respetuosamente a vuestra madre, mi Señora, si os digo que está informada defectuosamente, pues el Rey Argante murió víctima de sus excesos alcohólicos y de todo tipo, que era viudo desde hacía largos años, y que su hijo, el Príncipe Contrahecho, vive colmado de honores y de cuidados. Pero como tan tierna criatura no está capacitada para el gobierno de su país (y habéis de saber, Señor, que es un país de grandes riquezas), la unión y definitivo pacto de paz con él, cosa que vagamente consiguió, y sin grandes seguridades, vuestro padre, en modo alguno os perjudicará. La hija del actual Rey Usurpino merece mi mayor respeto, por haberme informado ampliamente de su virtud y honestidad, así como de sus muchas prendas de mujer dócil, sumisa y obediente. Y pongo por testigo de cuanto digo a la Asamblea de Nobles, para dilucidar este asunto cuanto antes: ya que una negativa de nuestra parte sería una afrenta que el actual Rey Usurpino dudo pasara con ligereza.

El Rey contempló en silencio a todos los nobles, y su escrutadora mirada apreció el recelo, la indecisión y la duda en todos aquellos rostros. Todos ellos, además, habían sido arrancados bruscamente de sus cómodos lechos junto al fuego, y se hallaban, por tanto, muy dispuestos a zanjar de cualquier modo aquella estúpida cuestión, mientras temblaban en el gélido aire del Patio.

– Ante todo, Conde Tuso -dijo Gudú con voz lenta y grave-, he de comunicaros mi gran sorpresa ante un hecho que juzgo de capital interés.

– ¿Y qué es ello? -se impacientó Tuso, ya invadido de grandes recelos. Íntimamente empezaba a lamentar su credulidad hacia el muchacho. «Estoy haciéndome realmente viejo»; este pensamiento cruzó por su mente, mientras oía decir al Rey, con expresión de la máxima inocencia y candor:

– Ello es que mucho me sorprende se haya concertado y decidido casarme a una edad en que no me siento tentado a hacerlo, y máxime cuando aún distan tres años para mi coronación (si ésta llega, y acredito ser digno de ceñir la corona). ¿Quién tuvo tan peregrina idea? ¿Por qué esta súbita prisa para que un Rey que apenas tiene catorce años case antes de su coronación? ¿Cuándo ha sido ésa la costumbre en estas tierras? ¿Qué esconde esa extraordinaria e incomprensible precipitación?

La ira de Tuso le pegó los labios. Pero antes de que el estupor abandonara a todos -incluida la Reina- gritó, con furia:

– ¡Señor! ¡Señor! ¡Vos mismo me confiasteis ese incontenible!

– ¿Cómo osáis decir tal cosa? -respondió lentamente el Rey, endureciendo la mirada, y con tal firmeza y veracidad en su rostro, que dejó sumidos en la admiración a quienes le oían-. ¿Qué urdís contra mí, o mi madre, para poner en mis labios tan peregrina proposición? A fe que, a mi edad, instruyéndome en juegos de armas y lecciones paso mi tiempo, como es debido, hasta deseo que llegue el momento de tomar esposa. ¿Cómo os atrevéis a proferir semejante calumnia en mi presencia?

Un murmullo confuso ahogó sus últimas palabras. A pesar del frío los nobles reaccionaban, y sus rostros, congestionados unos, cadavéricos otros, se alzaban poco a poco entre las pieles con que intentaban cubrir sus ateridas carnes.

Tuso intentó hacerse oír, pero la Reina, haciendo uso de su majestad y encanto, se dirigió al Barón Arniswalgo -nieto de aquel otro, tan fiel a Volodioso-, y dijo:

– Señor, como el más anciano de la Asamblea, deseamos oír vuestra opinión sobre cosas tan sorprendentes.

– Ah -murmuró el Barón, sumido en la mayor de las confusiones-, no es posible dudar de la veracidad de las palabras de nuestro Señor, el Rey: a todas luces mucho nos extrañaba semejante deseo en criatura tan tierna. Pero por otra parte, me digo, ¿qué puede mover a un Consejero tan poco frívolo y tan poco banal como el Conde Tuso a tal cosa?

– Ningún interés, excepto el bien del Reino -respondió éste, con los desperdigados restos de dignidad herida que pudo recoger, entre estallidos de cólera-. Ningún otro, a fe mía.

– Dudo de lo que decís -contestó entonces el Rey-. Y, para ello, permitidme que os muestre algo.

Y así diciendo, hizo un gesto a Randal, que, a su vez, dio órdenes a dos de sus soldados. Y a poco, ante el estupor de todos, los soldados trajeron escoltada a una joven de rostro asustado que llevaba un niño en brazos.

– Hablad -dijo el Rey.

La joven nodriza del Príncipe Contrahecho dijo:

– Ah, noble Reina, nobles señores, el Conde Tuso es un traidor sin igual. Y para demostrarlo, oíd y ved lo que sigue…

Y relató -si bien con algunas modificaciones pertinentes- las maquinaciones de los hermanos Tuso y Usurpino, y sus planes respecto a Olar y Gudú.

– Y no sólo esto, sino que, una vez hayan conseguido sus propósitos, piensan asesinar al noble Señor Rey Gudú, que tan generosamente nos salvó de una muerte cierta: en mi huida por los helados caminos de los Desfiladeros, para salvar a este inocente y verdadero heredero, hubiera perecido si la bondad de su corazón no hubiera enviado en mi ayuda al heroico Randal y sus soldados -dirigió una mirada, tal vez excesivamente tierna, al Rey-. Y para probar todo cuanto digo, mirad esta medalla que porta el Príncipe Contrahecho: es la medalla del Rey Argante, su padre; veréis que está hecha de un solo rubí y en ella están grabadas las insignias de la realeza; y es famoso que nadie puede fabricar otra igual. De ese modo podéis tener pruebas de que cuanto digo es verdad.