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Tal vez la duda despertó en algún que otro entresijo de la credulidad de los presentes, si la desesperada bilis de Tuso no hubiera rezumado en un estentóreo «¡perra traidora!» que conmovió los cimientos del Castillo Negro.

Inútilmente Ancio y él desenvainaron las espadas: los soldados de Randal, estratégicamente colocados, les impedían la huida. Y así fue como, ya, no cupo ninguna duda en todos los presentes de cuanto la muchacha había contado. El Barón Arniswalgo levantó su cascada voz, para decir:

– ¡Traidor, maquinador, embustero, repugnante sapo! -aquí tomó aliento-. ¡Ten por seguro que hace muchos años te hubiera dicho esto, y muchas otras cosas más: cuando en vida el Rey nuestro Señor Volodioso el Engrandecedor (aunque de poca sesera en según qué cosas) te tenía elevado sobre todos nosotros! ¡Y bien que apretabas tu pataza sobre nuestros pescuezos! ¡Ha llegado tu hora!

Espoleados por tanto agravio antiguo y mal recuerdo, iba la Asamblea a lanzarse espada en alto contra él, cuando Gudú, con voz tonante que petrificó a todos -madre incluida-, dijo:

– No quiero subir al trono con un crimen, aunque sea justo, sobre mi conciencia. Antes de mi coronación, sólo perdón hallarán mis enemigos. Así pues, dejadles partir, aunque desarmados. Y que jamás se posen sus plantas en estas tierras o los confines de este Reino: y quien tal cosa contraviniera, o les ayudara, será reo de muerte.

Así diciendo, Tuso, Ancio y Furcio fueron desarmados y, custodiados por tres soldados armados, les empujaron, como se supo más tarde, hasta el borde de las estepas.

Entonces la Asamblea respiró. Abrazándose todos, se inclinaron ante Gudú, y el barón Arniswalgo dijo:

– Ah, Rey Gudú.

Porque, en verdad, no se le ocurría nada más.

Se retiraron todos los nobles como mejor pudieron para gozar, al fin, de un relativo descanso. Era más conveniente no regresar hasta el otro día, ya suavizados los rigores de la intemperie. Pero antes de retirarse, la Reina llamó al Rey. Asombrada, le besó tiernamente, y dijo:

– Hijo mío, hijo mío, en verdad que prendisteis bien la chispa.

– En verdad Señora, prendisteis bien el leño.

– Pero, hijo, ¿por qué ese perdón? Ahí, te aseguro, no alcanzo a comprenderte. Sólo colgándolos estaremos libres de ellos. No creas el refrán muy popular, y menos que ninguno el que asegura que a enemigo que huye, puente de plata. La experiencia me lo dice.

– Porque necesito su odio -respondió Gudú-. Porque su odio les reunirá en el País de los Desfiladeros; su odio les unirá a Usurpino, y su odio nos traerá la guerra. Y la guerra, madre, me hará Rey coronado a los catorce años. Porque si no soy yo quien conduce el ejército, ¿quién lo hará?, ¿ la Asamblea de Nobles?, ¿el Barón Arniswalgo?, ¿mi noble tío Almíbar? -y lanzó tal risotada que estremeció a su madre. Y esto le hizo pensar por primera vez que entre todos los manipulados por Gudú, tal vez ella era la más distinguida.

– Ahora, descansad, Señora -dijo-. Lo tenéis merecido.

– Hijo, ¡no tenemos ejército, y estamos mal armados! -se horrorizó la Reina.

– Ya lo he previsto todo -sonrió Gudú-. Descansad, os digo, y sólo ocuparos de aplastar bien las cenizas de ese fuego. Y traedme una oportuna novia, con que dejar las cosas bien sentadas y puntualizadas, sin ningún cabo suelto por el que pueda deshacerse este ovillo tan bien urdido.

Y, dando por terminada la entrevista, se retiró.

Sólo una persona de cuantos habían contribuido a aquel ovillo -del que tan orgulloso se mostraba el joven Gudú- no parecía satisfecho. Y éste era, por descontado, el Príncipe Predilecto. No acababa de entender en su totalidad la única parte de la historia que le había sido encomendada. Por ello, ya de regreso a Olar, preguntó a su hermano.

– Señor…, ¿qué haréis con el Príncipe Contrahecho? Gudú le miró a los ojos, y contestó, con prudencia:

– Mi madre lo guardará con esmero, se le tratará con todo honor, y cuando tenga edad para ello, le restituiremos en el trono. Dicho lo cual, dio por terminada la cuestión. Pero ni siquiera un alma tan dispuesta a lo mejor como la de Predilecto pudo creer tal cosa.

La Reina encargó a Dolinda que preparara una estancia junto a la suya, donde alojar a la nodriza y al pequeño Príncipe Contrahecho. Cuando se asomó a la cuna del pobrecillo jorobado, una suave luz -en verdad poco usual en ella- endulzó sus ojos, y murmuró:

– Pobre niño. Juro que, aunque mi hijo me lo pidiera un día -y algo le decía en su interior que eso sucedería-, nadie te hará daño mientras yo viva.

Luego desprendió cuidadosamente del cuello del niño el rubí con los signos de la realeza, y lo guardó en lo más profundo del cofre de sus joyas.

Aquella misma tarde, el Trasgo, que oteaba desde las almenas, anunció a la Reina, con suaves golpes de diamante, que las palomas enviadas habían regresado. La Reina acudió presurosa, y, tomándolas en el regazo, examinó sus patas. En cada una de ellas había un cartucho, muy bien sellado y lacrado en oro.

– He aquí -dijo, encantada- una prueba de auténtica realeza. El Trasgo despidió a las palomas, esta vez en silencio, y la Reina reunió a su camarilla íntima. Pero en esta ocasión pidió al Rey que, juntamente con su hermano Predilecto, se les uniera. Una vez estuvieron reunidos, la Reina mostró los pergaminos que contenían ambos cartuchos: en uno de ellos, cierto extraño Rey accedía a casar a su hija, la Princesa Tontina, con el poderoso, joven y glorioso Rey Gudú -de cuyas hazañas ya habían llegado noticias a su Corte-. Y como el viaje era largo y lleno de dificultades -explicaba-, la llegada de la Princesa, con su escolta, tardaría treinta días; que vendrían por los arrecifes del Mar del Norte, y navegarían por el Gran Río hasta el Reino de Gudú. Y que de allí, en fastuosa -según la descripción hecha con todo pormenor- pero alegre cabalgata, entrarían en Olar. Así mismo anunciaba que la Princesa portaba tres cofres de joyas y algunas fruslerías más, así como una considerable cantidad en oro, como dote. Y que, en fin, les deseaba fueran muy felices y tuvieran muchos hijos. Este final sorprendió a todos. «Eso lo he oído en alguna parte», rememoró Almíbar, levemente soñador. Gudú estaba muy perplejo.

– Madre -dijo-, ¿estáis segura de que es la Princesa que me conviene?

– Así lo creo, hijo -dijo la Reina-. Observad, en este otro cartucho, su retrato.

El Rey Gudú tomó el retrato en sus manos. Y Predilecto se asomó a contemplarlo, tras su hombro. Pero con tan mala fortuna, que la piedrecilla azul que la Reina le había dado, en su extremo más agudo vino a clavársele en el pecho. Y le produjo un dolor tan vivo que palideció, y entre aquel dolor contempló, maravillado, el rostro de la muchacha más particular que jamás había visto. Era muy linda, ciertamente, pero aun por encima de su belleza, resplandecía de alguna forma, y Predilecto pensó que en cierto modo se parecía a alguna lámpara, de aquellas que, en cristalino vidrio, esparcían un resplandor rosado y tenue.

– Ah, está bien -dijo Gudú-. ¿Qué edad tiene?

– Trece años -mintió su madre, pues tenía once.

– ¿Y cómo decís que se llama?

– Tontina -dijo la Reina.

– Ah, no -dijo el Rey con decisión-. Habrá que cambiar un nombre tan ridículo. No es posible una Reina que se llame Tontina.

– Pero hijo, no te preocupes por esas nimiedades -dijo Ardid-. Tontina, en su país, no significa lo mismo que en el nuestro.

El Rey dudó un poco, y, al fin, dijo:

– ¿Pero cuál es su tierra, cuál es su dinastía?

Entonces, el Hechicero intentó hacérselo comprender, pero era tan largo y complicado, tan sutil y enredado como un encaje finísimo. Al fin Gudú se impacientó, y dijo:

– Abreviad, os lo suplico, Maestro, que no entiendo nada.

– Bien -dijo el Hechicero-. Al menos entended una cosa: que por línea materna está emparentada, y es descendiente directa, de aquella Princesa del cabello negro como el ébano y la piel blanca como la nieve que fue malvadamente asesinada, y permaneció incorrupta hasta que se la rehabilitó, con un beso de amor; y por línea paterna, de aquella otra hermosísima Princesa que durmió durante cien años hasta que, también, la despertó un beso de amor.

– Oh -dijo súbitamente Almíbar-. Sí, sí, he oído o leído mucho sobre esa gente. Grandes gentes, en verdad.

Pero Gudú le miró duramente, y opinó:

– Gente de poco seso, a lo que parece.

Pero, en fin, lo hecho, hecho estaba; y tras observar el rostro de la Princesa, sus rubios cabellos y sus enormes ojos, que tenían, según se miraran, el verde profundo del mar, el azul claro de la mañana o el dorado de la tarde, opinó que no había que dar más vueltas al asunto.

– ¿Qué tienes, Predilecto? -dijo, al fin-. Estás pálido.

– No sé -dijo el Príncipe. Y desabrochando su jubón vio que la piedra se había clavado en demasía. Suavemente, el Hechicero la desprendió, y le enjugó una gota de sangre. Los colores volvieron a su rostro y sonrió. Pero el Hechicero, al quedar solo, permaneció meditativo, contemplando la sangre que había quedado en sus manos. Y, como tantas otras veces -cuando comprendía que las palabras no valían, en casos parecidos-, movió con tristeza la cabeza.

Apenas habían pasado doce días de esta escena llegaron sudorosos emisarios del Norte del país, con la noticia de que el Rey Usurpino, su hermano el Conde Tuso y los príncipes Soeces habían declarado la guerra a Olar. Y que, como era costumbre en estos casos, la primera manifestación hecha al respecto había sido arrasar e incendiar las aldeas próximas al Desfiladero, pertenecientes al Reino de Gudú. Las campanas volteaban a rebato, y despavoridos, los campesinos huían hacia el interior. De esta forma, todos supieron lo que Gudú deseaba y el resto temía: que, nuevamente, la guerra había llegado.

La Asamblea de Nobles acudió a Olar, presurosa. Y también los otros nobles: caballeros y señores que no pertenecían a tal Asamblea. Gudú reunió a sus jefes en el Patio de Armas del Castillo de Olar. Y, al tiempo, envió a Randal en busca de los mercenarios, que aguardaban impacientes en el Castillo Negro. Y aquella noche Gudú apareció ante sus nobles, y ante sus soldados, y ante gran parte de ciudadanos, que se apiñaban, aterrados, junto a las murallas del Castillo -cuyas puertas hizo abrir, y bajar los puentes levadizos, de forma que todos cuantos pudieran presenciar lo que se proponía, lo presenciaran-. Y así, vestido por vez primera con cota de malla y una muy crujiente coraza de cuero y piezas de metal, al resplandor de la gran hoguera central que había hecho prender, dijo, con gran solemnidad, desenvainando la espada -y de pronto todos comprobaron que no era su acostumbrada espada de hierro, sino la espada de su padre Volodioso: