Y fue así que, en aquellas ocasiones, se alejaban del Árbol de los juegos, donde alborotaban Once y los muchachos, hacia el pequeño estanque, junto al surtidor. Allí Tontina pedía que le hablase del Sur: en aquellas ocasiones, tan arrobada le escuchaba la Princesa, que él mismo revivía su extraño recuerdo, su promesa a Lisio y su incontenible y cada vez más acuciante deseo de regresar a su país natal.
Cumplido el octavo día de su guardia, Tontina le dijo:
– Predilecto, creo que ya estoy bien, y por tanto, ayudadme a ponerme en pie.
Hasta aquel momento, sólo había permanecido recostada en una litera. Predilecto la tomó de las manos y ella se levantó sin ningún esfuerzo. Y saltó tan alegremente sobre la hierba, que todos quedaron muy asombrados. Pero más que nadie, los muchachos del séquito: de improviso, habían dejado de jugar, y la miraban con las bocas un poco abiertas y los ojos muy serios, que le recordaban el pasmo de aquellos otros -si bien tan distintamente ataviados- que surgieran del abandonado pueblo de las Tierras Negras.
Un gran silencio se apoderó del jardín. Inexplicablemente, cesaron el rumor del surtidor y el piar de los pájaros y el arpa delicada que mueve los tallos mecidos por la brisa.
– ¡Princesa! -dijo Predilecto, muy asombrado-. ¡Cuánto habéis crecido!
Así era. Tontina había crecido de tal forma que casi alcanzaba su misma talla, con ser él de estatura más que mediana. Y también su cuerpo era distinto. Por vez primera, contemplando su mirada, su contorno, su misma sonrisa, Predilecto pensó que no era una chiquilla, sino que se hallaba verdaderamente ante la futura Reina de Olar.
Súbitamente, los dos quedaron muy intimidados y sin saber qué decir. Hasta que, de pronto, cesaron entre ambos todas las palabras, murieron todas las historias antiguas, presentes o futuras, y desaparecieron el desenfado y la felicidad de sus encuentros.
Predilecto hizo una muy cortesana reverencia, que ella devolvió con la misma gravedad y delicadeza. Luego, el Príncipe fue a avisar de todas aquellas novedades a la Reina; aunque su corazón parecía preso de algún frío mortal, de un infinito desánimo, de una irremediable decepción.
Ardid recibió con gran regocijo las nuevas. Y con Ardid, la Corte. Y con la Corte, todos los nobles, las ciudades, los burgos y las aldeas. Y así, anuncióse prestamente la ceremonia nupcial. Y llegado el día, jamás viose a las damas y caballeros tan bien trajeados, ni mejor adornado el Castillo, tanto por fuera como por dentro. Y el Abad Abundio también llegó, no como en tiempos pasados, a lomos de su borriquillo y envuelto en burdo sayal, sino muy ricamente vestido y en carroza.
Así que grandes fueron las fiestas y aunque el vino era muy escaso -ya que en su mayor parte se lo había llevado Gudú, y no era aún tiempo de recolectar la nueva cosecha- y no se pudo ofrecer en la Plaza la consabida fuente de rosado y blanco, sí se repartieron harina, dulces y aguamiel entre los habitantes de la ciudad. Se organizaron festejos, a los que acudieron en gran número todos los saltimbanquis, juglares, titiriteros, buhoneros y malabaristas que rondaban por los contornos con mejor o peor fortuna. Músicos, danzarines, adivinadores del porvenir, y demás gentes, inundaron las calles. Y de la Isla de Leonia llegaron dos barcos repletos de mercancías. Y un regalo de la misma Reina Leonia para la joven desposada: consistía en un traje de boda, rojo como la sangre y tan ricamente bordado con sartas de perlas, que dejó sin aliento a quienes lo contemplaron.
Vestida con aquel suntuoso vestido, muy poco antes de la ceremonia, la visitó Ardid. Y la encontró tan hermosa, tan dulce y pequeñita en el centro de su gabinete como jamás viera antes a nadie. Resplandecían sus cabellos, antes sueltos y ahora recogidos en trenzas que sabia y delicadamente enarcaban su rostro. Y sus ojos, inundados de aquella profunda seriedad, la miraban de tal forma que la Reina sintió levantarse en su ánimo un respeto que jamás experimentó antes hacia ser alguno. «En verdad -se dijo- que a pesar de todo, se trata de una Princesa auténtica: desde la punta de los cabellos hasta la punta de los pies.»
La ceremonia se llevó a cabo con la mayor pompa conocida -al menos en aquellos lugares-, y en el momento en que el Abad Abundio bendijo la unión, cincuenta palomas traídas ex profeso del Sur volaron sobre los presentes; las campanas anunciaron el gran acontecimiento y trescientas rosas blancas fueron deshojadas -con mejor o peor fortuna- sobre las cabezas, por pajes ocultos en el coro. Cosa que, a decir verdad, les regocijó mucho más que a los destinatarios de tan fragante lluvia.
Nadie reparó, sin embargo, en que el representante del Rey y la joven Princesa jamás se miraron durante la ceremonia; y que, no sólo una mirada, ni tan siquiera una palabra se cambió entre ellos: sólo los fríos anillos, tan fríos y tan brillantes que ambos a su vez se estremecieron al recibirlos y ensartarlos en sus dedos. Y únicamente el Abad, al unir sus manos, pensó que jamás había tocado otras tan heladas.
Apenas concluido el banquete, Predilecto se despidió de la Reina, y tras su distinguida reverencia, dijo:
– Señora, mucho me agradaría acompañaros en esta fiesta. Pero estimo que mi presencia es más útil junto al Rey que aquí.
– En verdad -dijo Ardid-, que me gustaría que os quedaseis. Pero comprendo que ya os he retenido demasiado. Y también os digo que mi corazón late de inquietud sabiendo a mi hijo privado de vuestra lealtad y vuestra protección. Partid, hijo mío, y decid a Gudú con cuánta ansia y gozo le esperamos.
Así diciendo, y prescindiendo de todo protocolo, le besó en la frente. Luego, mandó al Hechicero le entregara un pliego donde le explicaban la razón de que éste no le acompañara. Casi bruscamente, sin esperar a más, Predilecto se alejó. Y de nuevo revestido con sus ropas de soldado, reunió nuevamente a sus hombres, dispuesto a partir.
Iba a cruzar el patio, cuando vio sentados en las escaleras al séquito de la Princesa, con el Príncipe Once a la cabeza. Permanecían en silencio, con triste expresión, insólito en ellos. Y con ellos permanecían en el entorno cuantos animalillos y criaturas les acompañaban. Todos revelaban el mismo ánimo decaído y melancólico.
Al verle, dio Once un pequeño grito y se lanzó tras él, y con él todos los demás. Con estupor, Predilecto vio cómo le rodeaban, y lloraban, y entre aquel raro coro de voces que tanto le turbaba, le decían:
– No te vayas, Predilecto, por favor, no te vayas: ha llegado el otoño.
– ¿Qué otoño? Estamos en verano…
En vano les instaba a alejarse. Le rodeaban, y sin temor a ser pisoteados por los caballos, uno se asía de un pie y otro de la espada y otro de la capa. Y así estaba de acosado, cuando les gritó:
– ¡Soltadme, si no queréis que os aplaste!
Entonces todos volvieron la cabeza, y se apartaron de Predilecto. Y a su vez, éste la volvió también, invadido de un terror grande e inexplicable. Y vio a Tontina que corría desesperadamente hacia él, y le gritaba que no se fuera, que no les abandonara. Como de costumbre, había perdido un zapato.
Detrás de Tontina llegaba Ardid, transfigurada de indignación. Al verla, la Princesa dejó caer los brazos con inmensa desolación. Y mirándole de forma que pareció atravesarle, se calló. Cuando la Reina estuvo a su lado, Tontina bajó la cabeza y dijo:
– Perdón, Señora, os lo ruego.
– Está bien -dijo Ardid, jadeante y sofocada-. Espero que ésta sea vuestra última extravagancia.
– La última, Señora -dijo Tontina-. Os lo juro.
Y las vio regresar hacia la puerta, que las devoró, aunque tuvo tiempo de ver cómo Tontina recogía su zapato, y cómo la Reina le ayudaba a calzárselo, y luego arreglaba los pliegues de su vestido, como una madre cualquiera. Y así, las dos desaparecieron dentro de la oscuridad.
Sólo entonces, algo como un viento abrasado le llegó, invadiéndole de una furia salvaje y desconocida. Espoleó su caballo y se lanzó con tal violencia, que sintió que nuevamente se dirigía hacia la nada. Y notaba cómo se clavaba en su pecho -esta vez de forma que su dolor se hacía intolerable- la aguda piedrecilla azuclass="underline" mitad exacta de la que ahora lucía en su pecho, como joya secreta y muy preciada, la Princesa Tontina.
XIII. ALGO NACE, ALGO MUERE
Gudú empezaba a impacientarse por la tardanza de Predilecto. Según sus cálculos, si él y el Hechicero no habían perecido en el camino, ya debían estar de vuelta al campamento. Tenía a Predilecto por un ser poco menos que inmortal. Estaba tan acostumbrado a su servicio incondicional, y siempre eficaz, que no concebía pudieran apartarle de él, ni tan sólo por algo tan cotidiano y corriente como la muerte. Y de tal forma crecían su impaciencia y su indignación. Todos los días enviaba un grupo de soldados a otear el horizonte por donde suponía debía llegar su hermano. Y todos los días, las constantes negativas le sumían en una sorda, aunque contenida cólera, pues no era dado a hacer ostentación de sus sentimientos, y desde muy niño sabía que mejor era ser él su único conocedor.
La vida en el campamento, aunque en lo que a disciplina militar se trataba estaba sujeta a muy grande y estricta severidad, no se regía por las mismas formas de la que podía llamarse vida privada de los soldados y del mismo Rey. Gudú había reflexionado sobre la conveniencia de que sus hombres tuvieran en gran estima servirle no sólo por la fuerza de los beneficios obtenidos, sino porque, aun sabiendo que las empresas que se proponía llevar a cabo serían duras y temerarias, tal y como las presentaba a quienes le seguían, igual de grande era su magnanimidad en todo lo demás, y difícilmente aquellas gentes le hubieran defraudado o abandonado.
La mayor prueba la tuvo cuando, tras el botín y victoria sobre el País de los Desfiladeros, el propio Yahek y sus hombres solicitaron formar parte de su aún escaso y no bien armado ejército. Gudú sabía que para alcanzar cuanto se proponía, debía incrementar este ejército como jamás otro Rey ni señor alguno hubiera sospechado. Consideraba que la política que hacia ellos practicaba era mucho más convincente que el terror, el sentido del deber -muy escaso, ciertamente- o el hambre misma: tres cosas de las que, únicamente, se sirvió su valeroso e indudablemente emprendedor padre. Pero él era, a su vez, hijo de Ardid, y la astucia de la madre había arraigado en su ser con la misma pujanza que la ambición y el espíritu combativo, dominador y poderoso de su padre y madre unidos.